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algo más que escapa ahora á nuestro recuerdo; pero nótese que decimos la apariencia; la falacia sigue siendo evidente, pues debajo de esa apariencia no hay ni veinticinco céntimos de realidad. El olvido- -esa cocaína de los dolores morales- -es el mejor argumento que puede hacerse contra la existencia del dolor; el hombre, dotado de una gran memoria, concede al dolor una importancia grande, de donde se deduce o IIP l i n o completa amnesia- -y á vec fuerte dosis de su conson; magnesia- -es el más poden tídoto del dolor. ¡Ah, si pudiéramos perd completo la memoria en ciert siones! Se dan casos felices me acude á la memoria que e piar como pocos. Salió á provincias no ha i meses una compañía cómicotica, á cuyo frente galleaba u célebre por su guardarropa; do era un Brumell, aunque i do y dialogando con la dama verdugo en ejercicio. Como cursión era de importancia tro hombre, antes de salir corte, renovó su arsenal de aprovisionó el stock de sus léeos y se hizo acompañar di verdadero harén de corbata ambos sexos; todo ello lo de deber en un conocido alm; de elegancias de la calle de ledo; su crédito autorizaba deuda coii exceso. Pero la temporada, comentada bajo los mejores auspicios, como todas las de provincias, fué un tei poral deshecho para 1 c ingresos; el elegante a tor, como todos sus cor pañeros, fué puesto á m dio sueldo desde la terce noche, y á la décima, medio quedó reducido á quinta parte. Cinco di después, el elenco llega de arribada forzosa al fr toir de la calle de Sevilla las primeras figuras tuvi ron que dedicarse á d sablazos desde el prim momento, c u a l nueve náufragos de La Medus Pero en el naufragio, el primer actor h a b í a sabido -guardar la ropa; el almacLT: sta de la calle de Toledo, sabedor del regreso de su cliente, presentóse n su domicilio con la patriótica intención de cobrar su factura. Hubo plácemes por el feliz regreso, felicitaciones por los supuestos triunfos, y toda esa serie de homenajes con que nos abruma el que pretende extraer de nuestros bolsillos unas pesetas. -Pues yo, don Atilano, aparte del placer de verle, ya se figurará usted á lo que vengo. -Mi fantasía no alcanza... -Sí, venía á ver si liquidábamos ese piquillo... -iPiquillo? ¿A qué se refiere usted? ¿Aquellas prendas... ¿No recuerda usted? ¡Ay, amigo! No invoque mis recuerdos; recordar es sufrir, y yo, para no sufrir más, he decidido olvidarlo todo. ¿Todo... ¿También las mil trescientas pesetas de mi cuenta? -I Ah! Usted las recuerda; es usted un des- j graciado. El dolor no es más que eso: recordar. El almacenista, que tenía poco de filósofo, alzó la voz varios tonos; deudor y acreedor se enredaron en palabras; surgió una disputa bochornosa, cuyo final fué un tremendo silletazo que descargó sobre los omoplatos del comediante. El dolor- -un dolor vivo y rabioso, como mordedura de can, -hizo presa en los huesos del amigo. Intentando poner en práctica su teoría, quiso olvidar; pero, ¡ay i, ¿quién es el guapo que olvida cuando los huesos, hechos sopa, bailotean por debajo de la carne? JoAQOTN BELDA.