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fir i t t i, 1 FILOSOFÍA RARATA EL DOLOR lERTA vez tuve necesidad de acudir á una esta ción de ferrocarril para cumplir una triste misión; un amigo muy íntimo acababa de perder á su madre, y, avisado á última hora, llegaba tarde p a r a ver por la vez postrera el rostro de la que le dio- e l ser. La familia- -fiando demasiado en mis dotes diplomáticas- -me había comisionado para recibir al viajero y dar la noticia de la muerte al que esperaba hallar aún el lento acabamiento de una vida. P o r el camino iba yo devanándome los sesos. ¿Qué le digo á este hombre... N o se me ocurría n a d a y fué lo peor que, minutos después, cuando el tren se detuvo y mi amigo se arrojó al andén, mi cerebro seguía sin producir una sola ocurrencia que valiera la pena. El fué quien habló: -Q u é ¿ha muerto? Sí, hombre, sí; me lo figuraba: llego tarde. -Te diré. i o me dirás más que alguna tontería para consolarme. M á s v a l e que calles. Aquel hombre era un psicólogo que leía per: fectamente en mi inter i o r pero el psicólogo echó á llorar como una Magdalena, y yo me creí obligado á intervenir: -Vamos, vamos, cálmate lo has adivinado t o d o pero no llores. Tu llanto es una cosa completamente inútil; ni tu pobre madre, ni tú... ni nadie vais á ganar nada con tus lágrimas. Dije aquello á conciencía de que profería una e s t u l t i c i a quizá una crueldad- -casi todas las estulticias son crueldades -pero j a m á s una itería ha producido efecto s fulminante. Mi amigo se ó en seco, limpió sus ojos, j jr miró con fuerza, y dijo recito ¿Tú crees que mis lágris son inútiles? -Por completo. rees que con llorar no voy á r la vida á mi pobre madre? iro que lo creo. que si continúo llorando, lo más que conseguiré será... Una afección á la vista, una conjuntivitis alánica, que es la fatal consecuencia de todos estos desastres morales. El amigo serenó su rostro por completo; ni en aquellos días, tristes y evocadores de recuerdos, ni espués, he visto asomar una sola lágrima á sus mejillas; mis palabras produjeron el efecto de un admirable papel secante para el llanto. N u n c a imaginé que poseyeran tan vahosa cualidad; pero es lo cierto que mi amigo- -á pesar de ser hombre de vida turbulenta y desgraciada- -no ha vuelto á dej a r correr el llanto por sus mejillas hasta la noche que se estrenó en el teatro Cómico Gente Menuda. Desde aquel día tengo yo opiniones propias sobre el dolor; este distinguido sentimiento es la cosa más inútil que hay en la tierra, y además de inútil es completamente falaz T a n falaz, que no existe. Verlaine decía, en sus ratos de intimidad, que el dolor físico, el corporal, no es más que un espejismo de nuestros sentidos. Claro es que irle con esta afirmación á una persona que está rabiando con un furioso dolor de muelas, es empresa peligrosa, pues se expone uno á salir por el balcón; pero nosotros vamos más lejos que Verlaine- -que, hoy por hoy, ya no va á ninguna parte, -y no sólo negamos la existencia del dolor físico, sino también la del moral. E s t a teoría es subversiva, pero, ¿acaso no estaños en pleno reinado de lo subversivo? Claro que en el mundo hay cosas que tienen la perfecta apariencia de un dolor; por ejemplo, la mayor parte de los discursos parlamentarios, la muerte de u n ser querido, ciertas poesías de Juegos florales y