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endere- ándese, comenzó á caminar ante él, torcido, ladeado, con la cabeza vuelta hacia el hombre... Subió Tasio á lo alto del talud, y el lobo trepó también á lo alto, sin cesar de andar, sin dejar de volver la cabeza, aquella mancha en la que relucían los ojos, de los cuales la luna arrancaba dos haces de fuego, dos llamaradas verdosas... Descendió Tasio á la carretera, y á la carretera saltó el lobo... Vuelta el hombre á intentar alejarse por lo alto del camino, y vuelta el lobo á cortarle el camino por lo alto... y siempre caminando ante él, y siempre mirando hacia atrás... ¡y siempre acortando el paso el lobo para achicar la distancia que lo separaba del hombre! Tasio comenzó á tener miedo, á espantarse, y el lobo, conociéndolo quizá, empezó á arrufar, entrechocando los dientes, aumentando el terror del mozo. De pronto, el lobo paróse en seco... El pueblo staba cercano ya, la presa podría escapársele... Clavando su gfupa en la nieve, sentóse de cara al iiombre, azotando el suelo con el peludo hopo, aullando apagadamente, mostrando los afilados dientes de su enorme boca... Echóse Tasio rápido á la carretera, y á ella descendió también el lobo, y volviendo al mozo la espalda, comenzó á escarbar en la nieve, arrojándola con fuerza, con sus patas traseras, cual si con ella quisiera cegar al muchacho. Tasio se vio perdido: conocía lo inmediato de la acometida... Oxeó al lobo amenazándolo con su recio garrote herrado con tachuelas, voceó, se agachó, fingiendo buscar algún canto, como si de asustar á un perro se tratase, y el lobo, por todo hacer, apartóse á un lado cauteloso y empezó á caminar hacia el hombre sesgadamente, rastreramente, rodeándolo con intención de ganarle la espalda... Tasio vio la muerte encima. No era él cobarde, por fortuna, y decidió defenderse hasta no poder más. Requirió su cachiporra, y sin dejar de mirar al lobo, cambió con él los terrenos y caminó hacia atrás, de espalda, con dirección al pueblo, que ya se tocaba con las manos... Bien lo comprendió su enemigo- ¡latín saben los muy ladinos! -y en franca acometida ya, avanzó hacia el mozo... Instintivamente ocurriósele á éste lanzar un prolongado y agudo silbido, bien conocido de su perro, y la fiera respondió á él con un aullido espantoso, saltando ante el muchacho rápidamente, desordenadamente, de un lado á otro, cual si quisiera aturdirlo mareándolo, sin atreverse á lanzarse sobre él, sobre el pobre mozo espantado, cuyo garrote, sujeto á su m. uñeca por una correa, agitábase amenazador en el aire... Y se abalanzó sobre él el lobo, se arrojó al Hn sobre él, arrancándole una manga de la dentellada primera, que llegó á las carnes, que ensangrentó las ropas... Sobre la cabeza de la fiera cayó el garrote, sonando á hueco, y la bestia, herida, retrocedió, disponiéndose á embestir de nuevo... Saltó, y ya en el aire, en contorsión violenta, rectificó el lobo su camino, cayó de lado y huyó á campo atraviesa... Tras él, como una exhalación, ladrando enardecido, partió heroico el Morito, obediente al silbido de su amo... ¡A Dios y á él debió Tasio la vida... Algo parecido á esto habíale sucedido en la montaña á todo el mundo y de ello se hablaba en todas las casas, en el seguro asilo de las cocinas, cabe el fuego generoso, para lucimiento de héroes y espanto de chiquillos... y de ello Sé habló también en la nuestra, á propósito de Petra, de la costurera Petruca, por aquello de regresar sola á su casa todas las tardes. Nunca permitió mi madre que lo hiciese sin la compañía de Tasio cuando de entre nosotros salía, y por lo menos hasta la entrada de su pueblo de ella, Tasio y el Morito dábanle escolta, no sin que la chica protestase agradecida por lo innecesario del cortejo... Pero en otras casas no eran tan considerados, no eran tan previsores... ¡Qué horror si á Petruca le saHera el lobo una noche en las revueltas del camino... -Pero no tenga cuidado, señora- -decía ella á mi madre. ¿No ve que por acá no bajan... ¡Si es sólo un paso... -Petra, me da miedo... La rinconada del cementerio, con tanta arboleda, me da temor. ¡Dios mío! ¡Por nada del mundo me aventuraba yo á cruzarla sola! -No tema, señora, no tema. Yo haré como San Froilán: si me sale el lobo, le haré que me acompañe hasta mi casa. ¡Usted sí que lo acompañará á él á su cubil dentro de su barriga! ¡Qué cosas tiene la señora! ¡Dios nos libre de una hora menguada! Y Tasio acompañaba á Petra, y al salir de casa, decía la costurerílla á mi madre: -Diga la señora á Tasio que antes de saHr me mire bien á la cara, no caiga en la tentación de cortejarme por el camino... Reíanse todos, reíamos todos la agudeza, que rezumaba lágrimas, de la moza, y mí madre, tranquila ya por el día aquel, murmuraba viéndola partir: -No sé... no sé... ¡Quiera Dios que no nos dé que sentir esta chica el día menos pensado... Y llegó- ¡Dios mío de mi vida! -Llegó aquel día menos pensado en el que mí madre pensaba siempre... Petruca había cosido el día anterior en casa de la jueza, y de allí salió sola hacia la suya. A la mañana siguiente, en la arboleda del cementerio, la, hallaron muerta las lecheras que iban al mercado. Tendida la hallaron sobre la nieve ensangrentada, agarrotada por el frío, en desorden las destrozadas ropas, suelto el cabello... Violentísima debió de haber sido la defensa de la moza, en cuya garganta la fiera había dejado huellas de las zarpadas de sus uñas, quizá de sus dientes... La nieve, pisoteada en torno del cadáver, pregonaba lo épico de la lucha, lucha desigual, horrenda, desesperada... que acabó cuando las fuerzas de la moza se agotaron, ¡acaso cuando se extinguió su vida... ¡Oh, pobrejr dulce Petruca, tan hacendosa, tan humilde, tan buena! ¡Petruca inolvidable... 9 e No; los lobos no la devoraron. Robáronla tan sólo... ¡Robáronle la bolsa, la bolsita de cuero que ella ocultaba en su, seno virgen, la bolsita en que guardaba los centenes para tiempos de vejez, para tiempos de ceguera... VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujo de Méndez Bringa. -6 5 7 8-