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repulsión si el afecto piadoso que todos la profesábamos no acudiera con sus cendales caritativos a velar la fealdad extrema de aquella cara, en la que no fueron las lágrimas las que menos arañaron y royeron, contribuyendo á desfigurarla... oraz, la viruela había arrugado, mordido, corcusido ferinamente su carita de niña, sin piedac; para las rosas de las mejillas ni para las fresas de los labios, borrando los delicados arcos de las cejas, podando las negras pestañas, profanando el puro lirio de la frente, la rect nariz marfileña, ia armónica serenidad de todo el rostro, convertido en carátula grotesca... Sí, era fea; fea, fea de r e m a t e pero era b u e n a como el pan de flor, dulce como el panal de la colmena y cariñosa como el corderillo con que jugábamos... No he dicho su nombre. Petra, Petruca para nosotros, y ahora caigo en que también he omitido decir que Petruca era la costurera de mi casa. La teníamos con nosotros sólo un día por semana los miércoles invariablemente; ¡oh, cómo lo recuerdo! -costumbres rígidas de mi m a d r e lunes, la colada; martes, el secado; miércoles, repasado y costura... -y el miércoles, cuando nos aesayunábamos para ir á la escuela, ya estaba Petruca en casa, tirando de la aguja, y á mediodía, cuando del colegio regresábamos, ya nos esperaba cosiendo, cosiendo siempre, y cosiendo, cosiendo, nos regalaba con uno de sus cuentos adorables, cuentos ingenuos, sencillos, cuentos de aldea, en los que las tres hijas de un rey celoso disputábanse el amor de su padre... Aquel de como la sal en el a g u a ¿podré yo olvidarlo nunca... Comía con nosotros, en nuestra mesa, y cuando nosotros nos relamíamos aún con las golosinas de los postres, ya Petruca había desertado los manteles y ya estaba engolfada de nuevo en sus tareas... -i Petra, por Dios! -decíale mi madre. -Que no es puñalada de picaro que no admite espera... Descanse, repose la comida... H a y día para t o d o ¡Ay, ay! -contestaba ella riendo, con aquella su risa graciosa, que nos dejaba ver sus hermos o s dientecitos blancos. ¡Ya reposará ella si quiere... Es mi costumbre; n o sabría estar con los brazos cruzados... Y comía poco; un pajarito comería más que ella, y en la mesa, lejos de su campo de operaciones, callaba, enmudecía, privándonos de su charla dulce y agradable de muchacha ingenua, satisfecha, contenta de la vida... Vestía con los regalitos que de las señoras recibía, reformados, recosidos, pulcros, y comía en las casas en que trabajaba, con lo cual quedábale intacto su jornalito, jornal exiguo, mísero, con el que iba lentamente amasando su pellita para cuando llegasen los malos tiempos, tiempos de ceguera, tiempos de vejez... -S e los robarán un día, Petruca- -decíale mi madre. -Le robarán esos cuartitos... -Sí, sí; que los busquen, á ver si dan con ellos... ¡Trabajo les m a n d o Petruca no vivía en el pueblo, en nuestro pueblo, sino en una aldea cercana, próxima, á u n tiro de fusil... de un fusil que presintiera el M a ü s ser, y esto por el camino real, que por el atajo, trepando por los vericuetos que la carretera había asqueado por estar verdes, la distancia de un poblado á otro era mucho menor aún. Con el alba salía Petruca de su casa diariamente, de su casita humilde, heredada de sus padres, muertos, y al anochecer, de noche ciego ya algunas veces, regresaba á su hogar, sin temor alguno, conocedora palmo á palmo del terreno y convencida de la seguridad absoluta de los caminos... ¿L a d r o n e s Las patatas, el maíz... no digo yo que no debieran temerlos; pero ¿las personas? ¡En jamás de la vida! Llegó el invierno, invierno montañés, invierno de aquellas verdes tierras en que, según fama, entra el día de Santa Ana y sale el de Santiago, huraño y fosco, rezongador, enfadado con el verano, que le ha robado todo un día, y los campos y los montes y los pueblos cubriéronse de nieve, del blanco sudario en que se envuelven lo más del año, abrigándose con él como el esquimal en su choza de hielo. Llegó el invierno, al cual nunca se lo come el l o b o y comenzóse á hablar de ellos, como yo de ellos comienzo á hablar ahora... Rondaban yz, bajaban del puerto, oíaseles ulular por las noches, ya se habían atrevido con algún cercado, algún aprisco había recibido ya su cruenta visita... I Sus huellas quedaban ya marcadas en la nieve... Tasio, el mozo de casa, contaba de los lobos cosas estupendas. Si el hombre ve al lobo, nada, no pasa nada. Basta para ahuyentarlo un recio garrote, unas chispas arrancadas por el pedernal al eslabón de encender la yesca, el choque violento y repetido de los clavos de las albarcas, golpeadas una contra otra... El lobo huye, huye siempre... Como huye del carro si el carretero deja arrastrar por la nieve un largo cabo de cuerda... Pero si el lobo ve al hombre, si lo mira con sus ojos d; fuego antes de que el hombre lo haya visto á él, entonces, oh, entonces, el hombre es hombre perdido... 1 terror paralizará sus miembros, ahogará la voz en su garganta, apagará la luz de sus ojos... y el pelo se le pondrá de punta, como púas de acero, tan reciamente, tan violentamente, que á su impulso la vieja gorra de zalea, la mugrienta boina de estambre, se desprenderá de la cabeza y rodará sobre la nieve... El lobo no tendrá más que acercarse y saltar sobre el hombre p a r a hacer presa en su cuello y refocilarse con el caliente caño de sangre que manará de la desgarrada gorja... Tasio había visto muchos lobos, ¡m u c h o s Gracias al Morito, al recio mastín, el manso, el fiero, el de la oreja inquieta y el ojo encarnizado, el del carnoso pescuezo armado de erizadas carlancas, podía contarlo... Más de una vez á él debióle la vida... U n a noche venía Tasio de una aldea cercana de cortejar con su novia y regresaba á su pueblo. E r a noche de luna, clara, despejada, serena. El campo parecía de cristal, de plata, nevado todo, con nieve dura, apretada por la helada... A un lado de la carretera, en la cuneta, á lo lejos, Tasio divisó un bulto negro, algo inmóvil, obscuro, entre lo cual relucían dos ascuas ardientes... E r a el lobo... i Bien lo sabía él, que entendía de ello! El lobo era, sí, que se plantó en medio del camino, acechando, esperando, no muy seguro de su poder por hallarse solo... Retroceder era m o r i r no tardaría el lobo en alcanzarlo; había que avanzar, avanzar temerariamente, fingiendo un valor y una serenidad sin límites... Y Tasio avanzó, y el lobo.