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en la corte será ilimitada. Escribiremos á tu padre una carta conmovedora, en la que resplandezca, sobre un fondo conceptuoso de lamentaciones tejidas en bellas frases de arrepentimiento, la vocación decidida por la nueva carrera, tu deseo de regeneración, el propósito firme de trabajar. Un domingo mi partida de ajedrez con un empicado en Hacienda fué interrumpida en el preciso momento en que daba yo un jaque doble largamente meditado. Zarzaleda entró en el Casino como una tromba, gritando: Aleluya! Ha contestado mi padre; me voy contigo. Dos días después el tren nos llevaba á Madrid. Don Pablo Zarzaleda del Llano se presentó una mañana de Octubre, fría y nubosa, en el piso tercero que en la calle de Jacometrezo habitábamos Pepe y yo. Una sacudida violenta me arrancó de la dulzura de ua sueño paradisíaco. Desperté; vi el rostro pálido de Pepe, su pelambrera revuelta y, bajo los pelos, la fruncida frente y, debajo, unos ojos sin brillo, apagados por el desaliento. -Está ahí mi padre. Ha venido sin avisar. ¿Qué hacemos? ¿Qué hemos de hacer? Acompañarle á todas partes. ¡Despierta, hombre! ¿No comprendes? No tengo libros, ni dibujos, ni compases... nada que indique que estudio para ingeniero. ¿Qué hacemos? -Tranquilízate; todo se arreglará. Lleva á tu padre á desayunar á la vaquería del Retiro; allí ma reuniré con vosotros cuando tenga preparado tod lo necesario para la farsa. Lo cierto era que la confianza que Pepe depositaba en mí, unida á la que yo tenía en mis recursos, nos habían llevado demasiado lejos. Don Pablo suponía á su hijo cursando el primer año de Escuela, cuando nosotros no sabíamos aún cuántas asignaturas componían el ingreso ni cuáles eran. El pánico de mi amigo tenía alguna justificación. Yo mismo sentí en el corazón la punzada de un triste presentimiento al estrechar la mano nervuda de don j ablo; al ver reflejada la rectitud de su espíritu en los ojos brillantes y escrutadores. Al salir del Retiro, en z calle de Alfonso X H Zarzaleda padre exclamó, mostrando con un gesto el ministerio de Fomento. -i Soberbio edihcio! ¡Lástima que esté ahí entercado! i s un M seo? -Es el ministerio de Fomento- -contesté yO ¿Y éste de la izquierda? -El Observatorio Astronómico. ¿Y aquél? Miré en la dirección indicada. Yo no lo sabía. Era un caserón de ladrillo, con muchas ventanas. Pepe, encogiéndose de hombros, dijo: -Un asilo, quizá... Un joven pálido trasponía la verja en aquel momento. Don Pabló, dirigiéndose á él, preguntó cortésmente: -Perdone usted... ¿podría decirnos qué edificio es aquél? -La Escuela de Caminos, caballero. Miré tímidamente á don Pablo. Un sudor de agonía mojó mis sienes. El padre de mi amigo tenía un aspecto terrible: congestionado, llameantes los ojos bajo las espesas cejas fruncidas. El pobre Pepe, pegado á la verja, tembloroso, lívido, clavaba en mí una mirada suplicante. Sonó un chasquido seco, espantoso; después un olpe sordo; luego un confuso rumor de pateadura. Ion Pablo Zarzaleda descargaba furiosamente bofetones, patadas, puñetazos, sobre su desventurado hijo, que aguantaba la tunda con resignación de mártir. Perdí la conciencia de todo; mi razón se nubló. Experimentaba únicamente una sensación de vacío, de vacío absoluto... r- Jr t 1 íf- ijé lí- H njr lí p k g A mi espalda tintineó el cascabel de un simón, dotado de la comodidad de las llantas de goma; me dirigí á él, tambaleándome, impulsado por una fuerza imperiosa... Agotando el resto de mis energías, grité como en las novelas de folletín. -i Cinco pesetas si me llevas volando á la Puerta del Sol! El auriga sonrió incrédulamente. Tuve que adelantar el duro. Al apurar en el café de la Montaña la cuarta copa de coñac, una lucecilla de consciencia brilló en el caos de mi psiquis. Lloré dos amargas lágrimas. i Pobre Zarzaleda! SiKüULFo DE LA F U E N T E De nuestro Ccticurpo. r. omn- Yo pé nnrlar de riuntillas Dibujo? do Regidor.