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LO IMPREVISTO ONOcí á Pepe Zarzaleda en Salamanca; fuimos muy amigos. Nuestra amistad, nacida de un modo extraño en la Atenas castellana, terminó bruscamente ea Madrid un día aciago. El 14 de Octubre del pasado año me separé de mi pobre amigo, le abandoné, mejor dicho, en la calle de Alfonso X I I quedó allí, en garras de la fatalidad, mientras yo huía cobardemente. No he vuelto á saber de él. Aún oigo en las noches de insomnio la voz acusadora de mi conciencia. ¿De qué me recrimina? Cuanto ocurre, ocurre necesariamente, pese á los que creen en el libre albedrío. Sin embargo, buscando algún alivio al malestar moral que la persistencia del recuerdo me proporciona, voy, imitando al traidor de una celebrada zarzuela, á descargar elpeso de mis remordimientos en un papel. ¡Que Dios y Zarzaleda me perdonen! Estudiaba yo en Salamanca ciencias físico- químicas. Fué una noche de Mayo, tibia y blanca. Envuelta en el esplendor de plata de la luna, la vieja ciudad dormía soñando con sus glorias pasadas. Empujado por mi corazón, ávido de la poesía de la noche, caminaba al azar por las desiertas calles. Había bebido copiosamente en celebración del venticuatro aniversario de mi nacimiento. Todo mi organismo era esclavo de la sensibilidad; el cerebro, nublado por los vapores del vino, olvidaba sus funciones reguladoras; las piernas, libres del imperio de la voluntad, flaqueaban, y mis pasos, sin mesura, eran cortos, largos, de través, en zig- zag... Me detuve bajo un farol y, elevando los ojos al cielo, recibí en el alma toda la dulzura de la noche. Intentaba enlazar mis vagorosas ideas en un pensamiento alto y noble, cuando advertí que alguien, muy cerca, se extasiaba, como yo, en la contemplación del espacio infinito. Era un muchacho rubio, de aspecto simpático. Estaba apoyado en la pared, en actitud, de necesitar absolutamente de un sostén para la perfecta estabilidad. Pasó un sereno. Mi compañero de éxtasis le siguió con los ojos hasta verle doblar la esquina, y entonces, volviéndose hacia mí, extendió el brazo señalando con noble gesto el farol agonizante sobre nuestras cabezas. Comprendí; tal fué la elocuencia de su sencillo ademán. Aquella luz mortecina destruía el encanto de la noche, intercalaba un ripio, con su parpadear triste en el poema de luz que rimaba la luna. ¡El muchacho tenía el alma de artista! Apoyando las manos en el muro, arqueó el cuerpo, ofreciéndose generosamente como pedestal, dejando para mí la gloria de realizar un acto digno de un joven heleno. Subí sobre sus hombros, y de un violento empujón arranqué el farol... Un ruido sordo; un tintinear de cristales... nada más. Al descender al suelo me encontré entre los brazos de mi nuevo amigo, que me estrechó cordialmente contra su pecho. Sobre las piedras, los vidrios rotos fulguraban con reflejos diamantinos. -Asi conocí á Pepe Zarzaleda. JSÜ- Un día Pepe me dijo con acento de cómica seriedad, mostrándome resignado su cuarto suspenso en Lógica: -Mira, chico, eso de que en Salamanca se aprueba sin estudiar, es un solemnísimo embuste. Y después de una corta pausa, añadió: Decididamente tú trasladas la matricula á Madrid? -Sí. -i Si yo pudiese... Cortó la frase con un hondo suspiro. Zarzaleda tenía en mí una confianza ciega. Su extraordinaria vivacidad de sensaciones le mantenía en un estado de constante dubitación; buscaba el apoyo de mi voluntad, aceptando mis decisiones sin una réplica, confiado en mi buen juicio, en mi previsión. Esta influencia, ejercida á mi pesar, causábame ur. gran desasosiego. ¿Quién era responsable de los actos de mi amigo, él ó yo? Cuando manifestó su deseo de trasladarse á Madrid, dudé antes de ofrecerle mi apoyo. La seguridad d 2 que en Salamanca no haría nunca nada de provecho, me decidió: -Vamos á ver, Pepito; tú no tienes gran empeño en ser abogado, ¿verdad? ¿Estudias la carrera por imposición de tu padre? -No; mi padre quería que fuese ingeniero. -i Bravo! Serás ingeniero de caminos, i Óptima profesión! ¡Brillantísimo porvenir! Es una carrera que no se puede estudiar más que en Madrid, y dada tu laboriosidad no la acabarás nunca; así tu estancia