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aparte) que lo extraordinario del suceso fué que ella me miraba también con los mismos transportes é iguales vehemencias; que al cabo de un rato me pareció que me sonreía, y mis ojos reflejaron en varias ocasiones el brillo de los suyos. Transcurrió media hora; transcurrió una; toqué el timbre é interrogué al criado que vino á mi llamada; aquel estúpido no sabia más que alemán y no hubo forma de entendernos; le llevé á la ventana para que la mímica reemplazase al idioma; pero cuando nos asomamos mi vecina había desaiDarecido. -La encontraré en el comedor- -pensé. Y almorcé muy despacio, examiné las mesas, contemplé veinte rostros de mujeres sin conseguir hallar el de la mía, y, por un extraño fenómeno, qtte los que lean este cuento habrán sentido alguna vez, me consideré desgraciado y me puse muy triste. No salí de mi cuarto en toda la tarde; de coGos en mi ventana, contemplaba la otra, y allá, á la hora del crepúsculo, apareció mi amiga, que me miró de nuevo, diciéndome á distancia, con sus ojos sombríos, una porción de cosas que no quise creer... por miedo á creerlas y engañarme. La volví á ver de noche en el hall del hotel; la acompañaba un hombre bien portado, de edad indefinible: ¿Su padre? ¿Su marido? ¿Su hermano. Podía ser cualquiera de esas cosas; podía no ser ninguna; y el temor al ridículo, el temor de provocar un incidente desagradable, mitigó mi ardimiento y echó sobre mis entusiasmos un jarro de agua fría. Recuerdo muy bien que me fijé en sus manos; no llevaba aHanza, y por eso, sin duda, la reputé soltera; pero su acompañante la habló al oído como sólo se habla á la mujer amada; y crecieron mis dudas, que el libro de viajeros del hotel no supo disipar, porque sólo decía: Herr Leithmann y familia. Ese amor inquietante y misterioso, el platónico amor que á todos les es dado gustar, batió sus alas de ilusión, voló muy alto durante tres días, tiempo más que sobrado para amar en viaje; fieles á una muda consigna, ella y yo acudimos puntualmente á una serie de citas qvie no nos habíamos dado, y nos dijimos sin hablar una porción de cosas qu sentíamos, y nos juramos sin mentir multitud de promesas que no habremos cumplido, y el mismo cielo azul cobijó nuestras frentes, y en las aguas azules del mismo lago se estremecieron á distancia las indecisas sombras de nuestras siluetas, encuadradas en los marcos iguales de nuestras ventanas... Un día, una tarde, habló la esfinge; es decir, no habló, pero sí rae hizo un gesto, y ese gesto fué de adiós, fué de despedida. La vi subir á un coche que debía llevarla á la estación; su blanca manecita osciló en los aires; sus ojos me brindaron el regalo de una última mirada, y, un instante después, desapareció para siempre. Me quedé anonadado, sintiendo un gran vacío que destrozaba mi alma, y aún no me había repuesto de mi primera impresión de soledad y de tristeza cuando el gerente del hotel me entregó una carta. La carta era lacónica, pero expresiva: una línea de puntos entre dos interrogaciones y, al pie, la firma: Emmy. Emtny. La de veces que he contemplado ese par de renglones, que me lo dicen todo, no diciéndome nada... En dios he leído un acerbo reproche á mi cobardía, que no fué capaz de hablar á tiempo; en ellos me hacen preguntas que yo debi hacer, teniendo como tuve descontadas las respuestas; ante esos dos renglones he palidecido de rabia; ante ellos también he enrojecido de vergüenza... Y durante muchos, muchos años, he llorado en silencio la amargura punzante de una tristeza que debió ser alegría; y he aspirado el aroma purísimo de un amor sobrehumano que murió, por desgracia, antes de haber nacido... Además, he recordado un incidente de mi niñez que es todo un símbolo. Yo me detuve ante un rosal, ornato y gala de nuestro jardín canipesino; alcancé afanoso aquella flor tan alta que se mecía á impulsos de la brisa; era una rosa que compendiaba todos los primores. Quise cogerla y la cogí; pero al ir á cortarla, se deshizo la rosa entre mis manos, y sus pétalos blancos y amarillos llovieron sobre el suelo en lluvia perfumada, y alfombraron el césped con el fausto polícromo de un tapiz oriental, que fué por mi torpeza un tapiz funerario... ¡Así también, mucho antes de cortarla, se des- hojó la flor de mis amores... MANUEL DE M E N D I V I L Dibujo de Méndez Bringa. -4 5 5 7 8-