Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
misteriosa angustia, suspiraba muy quedo sus extraños afanes; el tic tac de un reloj que para mi martirio pende junto á mi cama, descomponía mi sistema nervioso, y los minutos y las horas se deslizaban raudos, escapándose intangibles, como una mujer i Vibia que nos hizo traición y se fué para siempre... El sueño huía; conté desde uno hasta tres mil; recité de memoria plegarias y oraciones; oprimiendo un botón, di luz á la lámpara eléctrica que alumbra mi mesilla; fumé siete cigarros, declamé como un loco ítna larga tirada de octavas reales (metro- -ya lo sabéis- -fastidioso y pesado) me enfrasqué en la lectura de un libro aburridísimo, medité con despacio en los arduos problemas de la colonización australiana... Inútil, completamente inútil mi trabajo; el sueño no venía. Salté del lecho, me calcé unas pantuflas, esas pantuflas prosaicas que los seres poéticos (yo soy algo romántico) usamos para andar por casa, y silbando de mal humor el estribillo alegre de un cviplé conocido, di un centenar de vueltas por mi alcoba, con el aire furioso de un león africano que pasea su jaula. Me cansé, claro está; penetré en mi despacho, encendí manirroto las diez ó doce luces que lo alumbran (sin reparar, magnánimo, que el contador corría) y me senté en mi mesa, y tirando con brío de un cajón lo abrí de golpe. El cajón encerraba (y encierra aún) todo un arsenal de recuerdos; mis manos febriles revolvieron, desordenaron implacables los abanicos japoneses, los abanicos de gasa, los carnets de bailes celebrados en países exóticos, los memís de banquetes digeridos hace ya muchos años, los albos pañízuelos bordeados de encajes, las postales sin firma, iniciadoras de aventuras risueñas; los grupos fotográficos que os hablan de instantes venturosos, muchas flores marchitas, y muchas, muchas cartas, que aun siendo de diversas procedencias, glosan un mismo amor, olvidado y marchito como las flores... Y al var los abanicos, las flores y las cartas, surgió de nuevo ante mí- ¡ha surgido ya tantas veces. -la- magen dulce y coquetona de aquella lindísima mujer cj ue alumbró mi camino, poetizó mi espíritu y perfumó mí vida. Leed, leed su historia, y no me digáis luego que el suceso es trivial y la cosa corriente; trivial, quizá lo sea; pero no olvidéis que las vidas humanas no son sino compendio de aventuras triviales, ni dejéis de reconocer que la trivialidad no radica en las cosas, sino en nosotros mismos... Yo había caído en Hamburgo (caer es la palabra) en viaje repentino, porque si é impensadamente; mi barco reposaba las fatigas de su largo crucero en un puerto militar del Norte de Alemania y en aquel puerto (ya he hablado del caso antes de ahora) nos aburríamos de muerte; nos abu- rríamos tanto, que un día tomé el tren y el tren me dejó en la estación de Hamburgo. ¿Describiros ce por be la ciudad anseática, No, no temáis; nada voy ganando con veros boL tezar, y para no aburriros haré punto. Pero conste que á la sazón corría la primavera, que llovía á mares y que me instalé en un hotel situado en las orillas del lago Amstel. ¡El lago Amstel... ¡Qué cosas os diría de sus aguas azules, de sus bordes floridos, de sus frágiles barcas y de sus blancos cisnes, si me prometierais no demostrar el más ligero asomo de impaciencia... Me sacudí el polvo del viaje, me vestí con esmero, flaneé por las calles, comí en un restaurant resplandeciente, acopié, por hacer algo, fútiles baratijas; me solacé en el circo, bebí después veinte bocks de cerveza en otros tantos bars y dije cien piropos á cuantas rubias me deparó la suerte (que, á Dios gracias, fueron numerosas) ellas no entendían ni por asomo mis galantes conceptos, dichos en castellano del más puro; pero se reían encantadas, y yo, riéndome también, bendije la existencia, y alegre, muy alegre, no regresé al hotel sino á las altas horas, y me metí en la cama orondo y satisfecho, y dormí como un ángel... Las once y media serian por ñlo cuando volví á la vida; yo no madrugo aunque me juren que han de darme dinero, porque ¿para qué quiero yo el dinero á las ocho de la mañana? Así, me levanté mu -tarde, hice mis abluciones con el fervor de un buen mahometano, y en seguida, asomándome á la ventana, contemplé una vez más el lago Amstel, que despedía fuego reflejando en sus aguas la luz abrasadora del sol, próximo á culmmar en un cielo sin nubes. El espectáculo del lago era (ya os lo hice constar) maravilloso; y, sin embargo, me dejó frío en aquella ocasión, porque dos ventanas más allá de la mía se asomó una mujer que me quitó las ganas de contemplar el lago. Tengo muy vaga idea del color de su pelo; quizá fuera castaño claro; quizá fuera de un rubio ceniciento. Lo que no he olvidado, ni olvidaré nunca, es aquel óvalo exquisito de la cara ni aquellos ojos grandes, sombríos como el mar, ni aquellos dientes blancos, deslumbradores, que asomaban como una tentación tras la herida inflamada de los labios bermejos. Mi vecina apoyaba las manos en el alféizar; las manos eran largas, pálidas y sutiles como las de una imagen... ¿Que sí la miré... La miré con los ojos y con el alma, con todas mis potencias y todas mis facultades, pensando en si el magnetismo existiría de verdad y me sería dable atraerla, fascinarla, hacerla mía con la mirada. Y como en ello nada hay que pueda extrañar á mis lectores, me apresuro á decir (modestia