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í íi- í li T ttfi ra a. PRIMERAS ALEGRÍAS DE PERSONAS CELEBRES 1 1 n periódico francés ha tenido la curiosidad de abrir una en cuesta para saber cuál fué la primera alegría que en su infancia sintieron algunas perswias célebres. No estará demás que nuestros pequeños lectores, entre los que habrá gérmenes de grandes hombres, conozcan la respuesta. Edmundo Rostand, el autor itisigne de Cyrano, ha respondido... dulcemente: Mi primera alegría- -ha dicho- -fué un terrón de azúcar Massenet, el famoso compositor, ha escrito: Mi primera alegría la tuve la primera vez que me llevaron al teatro La insigne comedianta Sarah Bernhardt demostró su primera alegría cuando la conceoTeron en el convento de GrandcJiamps, donde se educaba, que cultivase su pequeño jardín, un jardincito de tres metros de ancho y dos de largo. Se contentaba con bien poco, como veis. Me fué concedido- -escribe- -cuando tenía ocho años, y cediéndome la mitad del terreno, que pertenecía á mi compañera de colegio Amelia Brunet. Por cierto, que entramos en tratos de venta y adquirí la propiedad del jardincito de mi amiga, dándole por su parte siete plumas, dos lápices, dos pliegos de papel de cartas, tma alegoría y una caja en la que guardaba las lagartijas que cogía. Había tres, una de ellas sin cola. Y me quedé sola dueña de aquel pequeño paraíso. La célebre Réjane dipe que conoció la alegría, la verdadera alegría en toda la amplitud de la palabra, cuando su mamá la condujo un martes de Carnaval á un, baile de niños, al que asistió vestida de Carmen, la cigarrera sevillana, que había sido el sueño de toda su pequeña vida. Juan Ricard, el renombrado literato, demuestra en su respuesta haber sido ti niño más juicioso y serio de su pequeña época. A los diez años, toda su ilusión estaba en ir á visitar los jueves al poeta Laríiartine. U n día de lluvia, jugando con sus compañeros en el vestíbulo del colegio, vio que el maestro venía acompañado de un señor alto, delgado, de aspecto silencioso y triste. El maestro le hablaba con humildad y respeto, sombrero en mano. Se interrumpió el recreo, y mi emoción fué grande cuando me dijeron que Lamartine me llamaba. El honor de hablar con aquel glorioso poeta es una de las mayores satisfacciones que he tenido en la vida y vosotros, pequeños lectores, si fueseis interrogados, ¿qué res; ponderíais? Pensad, meditad un- poco la respuesta, que los momentos de alegría, ¡son tan difíciles de recordar! -368- BARTOLILLO Con una risa estúpida en los labios y entornados los ojos, holgando por el pueblo á todas horas se veía á Bartolo. Ni acucíía á la escuela de pequeño ni al campo fué de mozo, y así pasó veinte años ejerciendo la profesión de... tonto. Con aguantar las burlas de la gente y asustarse de todo, y responder á todas las preguntas encogiéndose de hombros, demostraba Bartolo su tontuna de tan completo modo, que al hablar de algo tonto se decía: i Más tonto que Bartolo! Por ocuparle en algo, el señor cura, que era un hombre piadoso, le empleaba en recados muy sencillos por ir poquito á poco. Tenía el cura un bien cuidado huerto y había junto al pozo una frondosa higuera productora de unos higos famosos, y queriendo obsequiar al juez del pueblo, escogió los más gordos y más maduros y mandó á llevarlos á Bartolillo el tonto. Al destapar la cesta del regalo el juez se quedó absorto, no pudiendo creer que el señor cura mandase im higo sólo, y le dijo: -Bartolo, séme franco: ¿Te has comido los otros? y contestó Bartolo sonriendo: ¡Sí, y estaban gustosos! -Siendo encargo del cura y dirigido á mí, que soy juez, ¿cómo has podido comértelos? y el simple, cogiendo muy gozoso el higo que (luedaba y engulléndole contestó: ¡De este modo I CH -363-