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vicio, y poco después una siiia áe postas voiaoa coii su preciosa car a hasta internarse en un espeso bosque. Ya era tiempo; las ouertas. rotas á golpes de hacha, franquearon la entrada, y la masa, arrollando brutalmente los cuerpos aún palpitantes de los guardianes, penetró con. ímpetu de avalancha, entregándose á esos salvajes destrozos que siempre es el impulso inconsciente de eso que llaman voluntad soberana, que grita cuando se lo mandan y mata cuando se lo ordenan; que, con idéntica fuerza y razón, arrastra por el cieno un cadáver, que lleva en hombros un ídolo. Todas las pesquisas fueron inútiles; ni la reina ni el príncipe parecían por ninguna parte, nadie les vio salir, nadie pudo dar razón de su camino; algún tiempo después, no había quien se acordara de ellos... Pasaron los años; otro movimiento político, probablemente hecho con la misma lógica que el que derrocó la Monarquía, hundió el régimen que la sucedió, y los viejos leales, los que vivieron acariciando el sueño de verla restaurada, proclamaron al niño principe rey de sus estados, pero... ¿y el príncipe? Mandaron emisarios por todas las ciudades, villas y aldeas, y, cuando desesperaban hallarle, una campesina se presentó al anciano mag ¡st: ado que provisionalmente regentaba el país. Aquella aldeana era la camarista que en la terrible noche de la huida condujo en sus brazos al príncipe; contó cómo se refttgiaron en la espesura del bosque, en la choza de unos leñadores, donde de todos ignorados, hasta de los mismos que les brindaron hospitalidad, pudieron salvar la vida del niño... La pobre madre, aquella hermosa dama que fué el sol de la corte, agostada por las lágrimas, minada su exquisita naturaleza por tanto sufrir, como una flor que dobla su tallo, palideció... Una tarde se cerraron para siempre sus hermosos ojos... y en el rústico y poético camposanto de la vecina aldea halló su cuerpo cristiana sepultura, piadoso abrigo en la madre tierra... Menos insensible, menos dura que el corazón de los hombres, á quienes la ambición convierte en la fiera más cruel del universo. El niño fué creciendo en completa ignorancia de su origen, siendo á la sazón un precioso muñeco de seis años, gran cazador de grillos, ágil como un gamo, robusto, fuerte, pero sin que su cabecita entendiese más de lo que sus ojos le mostraban; creyendo que el mundo era lo que alcanzaba á ver desde la copa de un castaño, comenzando por donde el sol salía, para terminar en la cruz de piedra donde rezaba por su mamaíta. Iluminaciones, bailes, retretas, espléndidas limosnas, brillantes desfiles, cuantos festejos pueda soñar la fantasía rodearon el adveContinuará. -362- VIEJA LEYENDA CONCLUSIÓN i D ES G lli (7 9 ll í- i Y i l iHt v! í 3 Mi. i TTt TM 13. Realizada tal proeza, parte, arrastrando la pieza. 14. Entre tanto, el prisionero prepara un golpe certero. 15. Y levantando la tapa, de aquella prisión se escapa. 16. Antes de salir por pies- le metió un gato montes. 17. Y ante el Rey, Señor, le dijo os presento á vuestro hijo. 18. Y al destapar el cajón. fué menuda la impresión. 367-