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Y el muñequillo parecía fuerte, á prueba de caídas... Serviría también como pelota para una porción de juegos, i Y todo por una perra gorda... ¡Por diez céntimos, Instintivamente, su mano, blanca y descarnada, palpó sus ropas, cautelosas encubridoras de su bolsillo... Y quedóse inmóvil de nuevo, embelesada en la contemplación del juguete... sumida en profundísimas meditaciones crematísticas, en enrevesados cálculos económicos. ¡Diez céntimos! -leía yo en sus ojos, encandilados por la ambición. -Diez céntimos; la pasta para la sopa, el panecillo para el almuerzo, dos jicaras de chocolate, el petróleo para la velada, los cordones para las. botitas del niño... ¡Diez céntimos! Y aparecíase ante mí, extendiendo sus manecitas ansiosas hacia el juguete soíiado, un demacrado angelito rubio, pando por falta de sol y de aire, triste por la ausencia de los besos de la madre muerta, depauperado por carencia de alimentos sanos y nutritivos... Yo lo veía en un rincón de un cuartito atiborrado de ropas hilvanadas, ante una máquina insaciable; yo lo veía jugando con carretes vacíos y con cajas de cerillas mugrientas; yo lo veía extender sus manecitas hacia la abuelita, perpleja, engolfada en terrible lucha entre la escasez y el amor, entre la espiga que nutre al cuerpo y el alabol que alegra el alma... Tras un hondo suspiro, no menor que el de Guzmán al arrojar su parricida puñal al fiero alarbe, retiróse la anciana huyendo de la tentación, y comenzó á andar, dejando en su caja al muñeco, sobre el cual aún descansaban sus miradas, volviendo hacia él su cabeza. Detúvose volvió pie atrás. Resuelta, decidida, levantó pulcramente su faldilla de merino, introdujo su mano en su oculta faltriquera, y de ella, entre un rosario, un dedal y varios botones, salieron á luz tres ó cuatro monedas viles: perras chicas, perras gordas, centimitos... Tomó una de ellas, acercóse al vendedor y escogió detenida y reposadamente el Toribio que le pareció más hermoso, más picaro, más fuerte... ¡entre todos los Toribios de á tres ríales! -Póngamelo usted en un papelito... No se rompen, ¿verdad... La pintura no e venenosa, ¿eh... No despintan, ¿no es cierto... -No, señora, j Estos no se rompen, éstos no so despintan, éstos no envenenan... -voceó estentóreamente el chulapo, haciendo la apología del muñeco. -i Esto es canela fina, señores! -continuó, mientras envolvía el Toribio en un prospecto recogido en la calle. ¡Este es el Toribio que saca la lengua; c ue la saca! Pero ¿c ué me da usted aquí, señora? -preguntó, interrumpiéndose, al ver la moneda que la enlutada anciana le alargaba. ¡Pues... diez céntimos! -contestó ésta tímidamente. ¡Amos, doña Beatifus! -exclamó el zagalón. Usté los quiere con música, y con cuerda pa too el año... Arrebató groseramente el envoltorio de manos de la pobre abuela, y tirándole la perra al suelo, continuó: -i Guárdese usté eso p aceite, so lechuza... Estos son á tres ríales; ¡á tres ríales... ¡Y entavía pregunta si se despintan y si envenenan! ¡Esto es cosa de cine: Toribio, venenoso... Recogió la pobre señora su moneda y huyó afrentada, avergonzada, corrida, calle abaje; y aún la persiguieron las burlas y los denuestos del zángano cruel, que avisaba á un compañero: -i Tú, Meterlo: Ahí te va esa condesa, que nesecita una partida de Poribios. Arréglaselos, que son p América... ¡Eh, doña Capuchina! ¡quie usté uno utomático... Cuando pasó ante mí la infeliz señora, llorando amargamente, sentí nublárseme la vista... Tomé el Toribio, entregúeselo para consuelo propio y para encanto del niñito rubio, enfermito y triste... y me lié á bofetadas con aquel sinvergüenza... Es decir, esto es lo que yo debí haber hecho; pero no lo hice... ¡No lo hice... ¿Por qué, ruin corazón mío, no lo hice? VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujo de Méndez Bringf 4 5 6 7 3