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-de la perrita chica- -ó la curación de incurables, sistema doctor Garrido. L a cuestión, la verdadera cuestión de Roma, es acertar; y el ingenio autor del juguetillo de moda había acertado. Verdad es que el nuevo Juanelo había dado á luz el fruto de su caletre afamado (quiero decir hambriento) en esta prosaica tierra de garbanzos y de contrabandistas, donde lada está seguro, aunque Fomento lo proteja con sus papelotes caros, tardíos y casi inútiles; en este país donde al éxito de Los Sucesos (truculento semanario) responde el nacimiento, de Las Ocurrencias, el de Los Acontecimientos y el de Los Siniestros, hebdomadarios no menos truculentos, aunque bastante menos originales y un poquitín mal intencionados. Aún recuerdo un grabado en boj no de Alberto Durero precisamente, publicado en Los Acontecimientos, en que este periódico, travestido de horrenda tarasca, devoraba un manso corderillo: Los Sucesos... que era lo que- -aunciue no se consiguió- -se trataba de demostrar: la rivalidad envidiosa, el odio á quien había dado p r i m e r o no el éxito propio, la ruina ajena. Pero aunque expuesto á la rapiña de los salteadores de caminos del mundo de la Idea, el creador de la bagatela había dado dos veces para terminar el refrán; y esto, que á veces es nada, es á veces todo. No he dicho aún cjue estoy refiriéndoine al famoso Don Toribio; el rocaz y deslenguado (deslenguado, al estilo del rabón, que no tien cola) pues si éste se deslenguaba, era á puro sacar la lengua á todo el mundo. Don Jenaro saludando y Don Nicanor tocando el tambor fixeron sus predecesores; y dejo ya en la cruz de su árbol genealógico el célebre artilugio de El ratón y el gato: el gato siempre detrás del ratón, y nunca lo puede alcanzar. El mejor y el ¡lás barato juguete para ttn niño. A perrita chica, señores; á perrita chica... S í á perrita chica; la heredera de aquellos doj ciiartoj de los días de nuestra niñez. Y quien niegue esto de doj y de cuartoj, ó no tiene oído, ó no tiene luemoria, ó no tiene ¡a y! los años que yo t e n g o Toribio sacaba la lengua. Y la sacaba tirando de un cordelito sujeto á una anilla que mostraba en el colodrillo de su esférica y pintarrajeada cabeza de cartón, única manifestación de su ser, pties sólo cabeza tenía, compuesta de un cráneo embetimado de negro, fingiendo cabellos partidos en crencha, y de una cara rubicunda, inexpresiva, azareonada, de redondos ojillos, de menguada nariz y de enorme boca, abierta de par en par, por la cual disparaba el proyectil de su lengua burlona y mortificante. Y Toribio, ó Don Toribio, conoció las dulzuras del éxito por el solo hecho, viril y truhanesco, de sacar la lengua á todo bicho viviente, conocedor por infusa ciencia de que en todos nosotros existen oropeles dignos de la mueca bur- lesca y despectiva. L a r r a no tuvo tiempo para inventar esta bujería que se le olvidó fijar á Goya, el socarrón, en sus Caprichos, aderezándola con las sales áticas de su mala intención de sordo, bajo la aparente zoncería de una frase como ésta: De todos se burla. Y Toribio, el humilde Toribio, moldeado en Lavapiesstrasse, ya en alas de la Fama, pisó la escena, dio la vuelta al mundo y se nos coló de rondón en España, disfrazado de englishman y de tirolés, made in germany, bajo la apariencia de una pelotita de goma, hábilmente modelada, con su canninosa lengiia, flácida y absorbida ó enhiesta y prominente por efecto de la prt sión del aire y de nuestros dedos sobre su cabecita de caucho. Glaro está que este Don Toribio no costaba ya una perra gorda, sino tres riales, ó sea setenta y cinco ccntimarjos (i) Cerca de la Puerta del Sol, á la entrada de la angosta calle rottüada de la Montera. en rectiertlo de una hermosura que hizo un loco de un cuerdo, seglar á un cura, marido á un loco, y á un Lara, que en lo Lara pensase poco... ojo avizor á los gerifaltes del Municipio, im zagalón chidapo, de voz rasgada y penetrante, pregonaba su mercancía, el juguetillo de m o d a -A diez céntimos el Toribio; á perra gorda el Toribio; á di cito el Toribio; el que le saca la lengua al gato. Risa para toda la famíHa. Toribio, que saca la lengua; c ue la saca; á perra gorda... Y dale que le das al dedo el vendedor, y saca que te saca la lengua la carátula Sobre el cestillo de los Toribios madrileños de á perra gorda, tenía el chulapo una cajita de cartón con los rimorosos Toribios de extranjís, los aristócratas, los de á tres riales. Ante él y ante ellos se detuvo, curiosa ó distraída, una señora. Vestía raídas ropas de luto, v crdosas, maltratadas. Su rostro envejecido, más que las injurias de los años, mostraba las zarpadas de la miseria. Hasta el mechón de encanecidos cabellos que asomaba entre los pliegues ae su velo, cabellos despeinados, resecos, sin aliño, denotaba abandono, hijo del hastío, no de falta de policía, y lo uc podía ser aureola de plata, era corona de cardos. Absorta, embebecida, contemiilaba la pobre señora el prodigio. ¡Qué encanto! ¡Qué graciosa mueca la de aquella carilla redonda y a t r e v i d a (1) Puede que no sea tan así como yo lo cuento esto de la genealogía de Toribio; pues yo recuerdo que en mi niñez tuve uno de estos muñcquillos, de pcrcclana aponesa, cuya lengüccita cnti- aba y salía merced á un m e n u d o contrapeso.