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caiio; más que ladrido es un canto épico de la vicrescas y ocultan furtivas sonrisas tras los abanicos. toria próxima. Pero todo ha sido una falsa alarma entre gallitos y Pero, ¡ay! que en la tercera parte el jabalí ha desafinaciones; nos tranquilizamos al oir que el buen embestido á un lebrel; un chillido estridente nos da párroco la bendice, la saluda y la manda á paseo; la impresión de que la fiera ha clavado en. nuestra lamentamos no poder hacer otro tanto con la artista; carne sus agudos colmillos; entre dos gritos aún pero respetuosos con lo extranjero nos limitamos á más agudos nos dice que el herido es el perro. La imponer silencio á la claque que inicia un tímido voz de Mlle. Gerard se vela, se desangra, se baña aplauso. en llanto, mientras nos cuenta que el perro expira Mademoiselle Gerard está visiblemente disgustada; lamiendo la mano de su amo. para el tercer cuplé no se muda el traje ni haceLos ladridos finales son de agonía, elegiacos, dodiscurso; se conforma con dar el nombre de la canlorosos; no se sabe si es un can que aulla ó una ción y advertir que es picaresca; la música de canportera que acaba de enviudar; nos explicamos que cán lo confirma, y entre guiños, contracciones, sona la Foutanges la costase llorar. risas y estremecimientos, ensarta unas cuantas tonCae el telón y el jefe de la claque ca. e en la cuenterías verde. s y sin pizca de gracia que acaban en ta de que le ha llegado su vez; hace signo á sus el consabido bebé. huestes, que cumplen su misión un poco reacias. Mientras canta, el público va desfilando silencioso; La gente chic considera de mal tono aplaudir y los pocos que quedan, cuando concluye, sisean conse abstiene; los de la colonia se huelen q ue la comforme van saliendo. patriota está poniéndose un poco en ridiculo y caMademoiselle Gerard se despide del empresario inllan; los burgueses murmuran. dignadísima; dejando á un lado el escogido repertorio El sexteto ejecuta un vals mientras la divette camde canciones antiguas, echa mano del de insultos, bia de vestido en menos de media hora. que aunque no moderno, no es menos escogido: CoSube el telón nuevamente; ahora luce un traje chino de público. Es esto lo que yo podía esperar de Luis XVI, cuyo deterioro garantiza la autenticidad; este pueblo salvaje; es mi falta de venir á un país de no es posible dudar quo lleva muchos años de uso. brigantes y de inquisidores. No volveré más. El emLos rubios cabellos desaparecen bajo una montaña presario piensa lo mismo- -al menos por cuenta de de niveos bucles; un lunar del tamaño de una peseta él; -pero, correctísimo, lamenta que no la hayan comcontrasta con el carmín de la mejilla izquierda; otro prendido y la cumplimenta por su labor admirable. más pequeño campea en la derecha, muy abajo, cerca Ocho días más tarde debuta en un teatro de segundel lóbulo de la oreja; la boca, grande y roja, amenado orden en Marsella; á París hace años que no v a za tragárselo en una sonrisa. la admiran, pero no la contratan. El segundo cuplé se llama La leyenda del molino; C nta las mismas canciones que en Madrid; es también tiene su correspondiente prólogo: Candecir, las mismas no, porque el público que silbó, pación del siglo XVIII, favorita de Mlle. de Lamballe, teó y ladró con ella en el primer cuplé no la deja la rubia princesa que gustaba coronarse de rosas. concluir el segundo obligáncfola á retirarse entre una La música recuerda los infantiles canticios del co- lluvia de objetos arrojadizos de todas clases. El empresario la espera entre bastidores para desrro; parece aquello de Me casó mi madre, me casó pedirla con esta cortes indirecta: Recoja usted sus mi madre... y para que la semejanza sea mayor, pingos inmediatamente y no vuelva á poner aquí los todos ío ¡5 versos se repiten dos veces. pies. Ella, llorosa, responde: Sí, me iré, me iré, so- A vuelta de muchas insulseces nos enteramos de que la molinera se ha enamorado del señor cura, ¡así! bre la marcha, vuelvo á la España donde vengo de obtener un grueso éxito. ¡Oh, noble, fiero país! allí Las mamas de los palcos empiezan á inquietarse; es que comprenden á los artistas; allí, que era yo las niñas fingen distraerse, cambian miraditas picaacompañada por las noches con antorchas y músicas de guitarras cuando regresaba al hotel, ante cuyos balcones venía á darme serenatas un joven hidalgo bien gentil, que quiso robarme sobre su caballo cubierto de madroños y cascabeles. JÓSE DÍAZ LEYDA. De nuestro concurso de cuentos. Lema: Paciencia. S 11 EN