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DE ALLENDE EL PlRl I A Prensa y los carteles habían anunciado estruen dosamente la función única en que iba á presentarse al público madrileño Mlle. L. Gerard, la célebre divette cuyo nombre incensaban desde hacía siete lustros los periódicos mundiales; sus retratos en postales y revistas eran conocidos de todos; los extraordinarios de las grandes publicaciones francesas nos traían todos los años su efigie entre las de otras celebridades, siempre con la misma leyenda al pie: Mademoiselle L. Gerard, la exquisita artista que dice como nadie las señoriales canciones del buen viejo tiempo. Kl elegantísimo teatro aparecía rebosante; en las alturas, dispuesta á aplaudir rabiosamente, patrióticamente á su paisana, estaba la colonia francesa mezclada con algunos buenos burgueses, que con tal de verlo todo, aunque convencidos de no entender ni jota, no se privan de asistir á estas funciones, sin reparar en precios notablemente aumentados. En palcos y butacas, la alta sociedad en masa sin ninguna baja. Suenan tres golpes misteriosos; en el escenario los artistas franceses no usan timbres para avisar el momento de levantar el telón; se anuncian como el Comendador. Alzase la cortina; en la escena se ve un piano de cola, y ante él un profesor de frac, melena y lentes. Por la puerta del fondo se presenta la estrella; la claque rompe en una espontánea salva de aplausos; el jefe es un portento preparando esta clase de manifestaciones; la divette se inclina y resbala una larga mirada sobre el público, que, al recordar los retratos experimenta una decepción: la primeraMademoiselle Gerard es una respetable señora de cuarenta y cinco á sesenta años; tiene unos ojos claros, sin apenas color; unos pómulos salientes con mucho color; una boca muy grande y muy roja; la nariz respingona, chiquita, y el pelo rubio y escaso, distribuido en ricitos con estudiado abandono. Viste un traje bastante ajado, pero que denuncia un modisto de gran corte, quizá demasiado grande por los hombros y el pecho; pero estas francesas se pueden escotar largamente sin peligro ni asomo de obscenidad ni de redondeces. Se adelanta al proscenio, dice el nombre del cuplé, y con entonación enfática de presidente de Ateneo provinciano, añade: Antigua canción del siglo XVI, que siempre acababa con lágrimas mademoiselle de Fouianges, la buena amiga del gran rey SllEHo Enrique. En el fondo de un palco un señor académico cree advertir una ligera confusión de nombres y fechas. El pianista marca unos compases; la cantante cruza las manos, pone los ojos en blanco y suelta el hilo de su voz, una voz cascada, algo como un maullido, pero un maullido fino, distinguido, de gata de Angora; el cuplé se titula La trompa de caza como pudiera haberse llamado la trompa de Eustaquio. En los primeros versos nos habla del bizarro lebrel que asiste inquieto á los preparativos de la cacería. Mlle. Gerard nos pinta la impaciencia del animal agitándose nerviosa como si tuviera hormiguillo piafa: son los caballos; con una mano en la boca finge el sonido del cuerno; dan ganas de mandarla allí. El estribillo es precioso; imita el ladrido del perro, y aquí luce la eminencia su prodigioso arte; ladra portentosamente, matizando el motivo, expresando en cada grito la fogosidad, el ansia de pelea, la alegría canina. Él público está sorprendido primero; luego, admirado, prorrumpe en exclamaciones: ¡Qué expresión! ¡Qué arte! ¡Qué mujer! ¡Qué perro! En la segunda estrota atravesamos un bosque; con las manos separa las ramas, agita el látigo; de repente, salta un jabalí; la artista sacude la melena, ruge, desentona que es un primor; pero se ve la bravura salvaje, está hecha una fiera; luego, nada; cruzamos un río; la jauría va á dar alcance á la res, la bestia se acorrala. Los ladridos del tema reflejan fielmente, primero, la fatiga de la carrera; después, el triunfo cer-