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tectónicas del pórtico. Nada le importaban las piedras labradas como encdjes, ni la serie de imágenes que, en diversas posturas, denotaban la serenidad del ánimo ó la crueldad de las torturas. Para ella lo único importante era el sol que calentaba su cuerpo, el sol bendito que cae sobre las tiaras de los pontífices y sobre las coronas de los reyes, el sol que, como Dios, vierte sus gracias sobre todas las cosas y no se desdeña de besar el cuerpecillo de una mosca. Sumida en estas reflexiones estaba la nuestra, cuando se puso en el dintel un pobre impedido. Carecía de brazos y en todo su cuerpo, retorcido como una encina quemada, se adivinaba un gran dolor. El pobretón rogó á un mozalbete que le quitara la gorra y la pusiera n el suelo delante de él mostrando al aire el fondo negruzco y subsancioso de sus rasgados forros. Conseguido esto procedió á imploar la caridad, y en cuanto veía que alguien, hombre ó mujer, se aproximaba, entreabría la boca tamaña como una sima y, ahuecando los labios en forma de embudo, clamaba: ¡Acuérdense del pobrecito manco! ¡Señorito! ¡Aunque sean dos centimitos lo medio panecillo! Desde que llegara á la puerta estuvo la mosca observando todos sus movimientos y, cuando el rapaz le quitó la gorra, vio con la natural delectación la más hermosa, la más grande y la más reluciente calva que habían contemplado sus ojos en todos los días de su vida. En seguida sintió la. necesidad de saltar sobre ella. Así lo hizo. El manco, cuando lo advirtió, comenzó á mover la cabeza como si fuera un girasol agitado por el huracán; pero la taimada, que había notado mtiy bien su manquedad, se reía de su furia y decía runruneando: ¡Hermanito, no temo á vuestros manotones! Se acercaba una vieja con su rosario y su libro de oraciones: ¡Alma piadosa, acuérdeüe de este desgraciado! Acordóse la vieja y dejó caer en su gorra cinco céntimos. ¡Por caridad! -continuó el mendigo- Espantadme esta mosca que me atormenta... La vieja se metió en el templo sin escucharle y la mosca continuó sus hazañas hasta saciarse. El manco, ya en el colmó de la desesperación, miró á la plazuela. Estaba solitaria... Entonces sacó repentinamente por debajo de la chaqueta dos brazos sanos y fuertes y la mosca fué aniquilada por una mano de plomo que cayó sobre ella. Tornó el mosquicida á su manquedad y á su rezongueo, gritando: ¡Acuérdense, hermanitos, del pobre impedido! Un gorrión que había presenciado la escena desde una acacia próxima, exclamó cantando: ¡No conviene fiarse de las apariencias! JOSÉ A. LUENGO. VIEJA LEYENDA I. Oye mi canto, Francliesca; mírame, que voy de pesca. 2. Cual inocente paloma, na doncella se asoma. 3. Terminada la canción, se le ensancha el corazón. 4. Después del toque de- queda, tiende la escala de seda. 5. Por ella sube el galán, sin temor al qué dirán. 6. ¡Por fin! Gerineldo, exclamaj Logré rendir á mi dama. 846- Continuará, 351-