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sobre el mar; luego, otra vez en tierra, vastos circos con fieras, pirámides y pagodas, mártires lapidados, bacantes ebrias, una estatua en lo florido de un parque y una cruz en lo alto de un monte... Todo vertiginosamente entrevisto, á la clara luz de una tarde que no moría nunca... Y Homo sin lograr descender; á veces casi rasaba la tierra; ya veía hombres semi- desnudos, en feraces üanuras, conduciendo rebaños nutridísimos, y percibía sus gritos ásperos, guturales, intraducibies... No supo cuanto tiempo estuvo sobre los aires. De improviso. Homo sintió que descendía rápidamente. Todos sus esfuerzos por escapar á una muerte que consideraba próxima, fueron estériles. Cayó, aturdido, de o olpe. IV Cuando abrió los ojos advirtió que una mujer, cubierta con pieles, sonreía á su lado. Homo, sintiendo agudos dolores, lanzó un gemido. i a mujer le ofreció un cuenco rebosante de aromático líquido. -Toma, y sentirás alivio. Homo, sin darse cuenta, bebió. Luego, más reanimado, pudo comprobar que se hallaba en una misérrima choza, por cuya puerta penetraba la luz del sol. Lanzas toscas y escudos pendían de la pared en- tre amuletos y útiles de extrañas formas. -Gracias. ¿Quién eres... -Me llaman Eirene. Soy hija del jefe de la tribu. -Eres hermosa y buena- -murmuró él, agradecido. Eirene sonrió dulcemente. Y en sus ojos brilló una luz de confianza y de promesa. Homo, estupefacto, sobreponiéndose á sus dolores, quiso salir de la choza. Presentía algo singular y maravilloso. Pei- o Eirene se opuso, con otra sonrisa, ofreciéndole nuevamente el cuenco. Poco después, el aviador cerraba los ojos y dormía. Pasado tiempo, Homo no sabía si soñaba aún. ¿Qué vuelo larguísimo, fantástico, había realizado coií su aeronave al través de los siglos... Estaba en plena ciudad lacustre, entre gentes sin civilizar, precursoras de aquellas que le cíespidieron- -j cuándo F- -al remontarse hacia lo azul. Trocó sus vestidos por unas pieles y se hizo gran amigo de Eirene. Con ella recogía hierbas y flores; con los de la tribu, perseguía rebecos por lo más fragoso de las montañas. Y, ¡cosa rara! Mirándose en los ojos de la muchacha, en quien halló bondades iii- finitas, sentíase simple, efusivo, feliz. Sumido en dichosa inconsciencia, no advertía ni el paso astuto, paso que no perdona y abate cuanto halla, del tiempo. Poco á poco, como en paradójico deshojamiento de una primavera de maravilla. Homo comenzó á advertir que de su corazón iban desprendiéndose atavismos, preocupaciones, asombros y recelos. Sentíase tan primitivo como aquellas gentes de carnes nial cubiertas y sentimientos rudimentarios. El recuerdo de su patria, de sus costumbres y de su época, palidecía en el policromo tapiz que las hadas de la Nostalgia tejen dentro del corazón de todo desterrado. Cuando evocaba su soledad, sus afanes de. luchador, su vida obscura, sin afectos, enfilada como una proa hacia el ilusorio horizonte de la gloria. Homo hallaba los ojos de Eirene brindándole confusa consolanza, suavísimo bálsamo. ¿Es que iba enamorándose... Nunca había visto en ojos de mujer lumbre tan confortadora como aquella. Un día encontró su aeroplano junto á la choza donde le habían acogido, al borde del lago, que resplandecía bajo el sol. Pensó emprender el vuelo. ¿Hacia dónde... Mas viendo enfrente los ojos de Eirene, dóciles, sin malicia, suplicantes. Homo no tuvo fuerzas para marcharse. Azules eran también como otro cielo. E! hombre del siglo xxi, delante de la mujer de un sirfo sin fecha, sonrió como no había sonreído nunca, a lo largo de su vida de paria. Y Homo, igual que Segismundo, quería seguir soñando... Y nomo se quedó allí para siempre. E. RAMÍREZ ÁNGEL.