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ees ven sus ojos, á través de los oculares, cuanto allí es visible, y sus oídos escuchan en los receptores telefónicos del aparato cuarítos sonidos se producen en aquel lugar. Por este medio, que era el año 2143 completamente desconocido, pudó el Heraldo de Cosmópolis sostener su Información verídica durante tres meses, en medio del asombro universal. Pasado este plazo, impuesto por el sabio ingeniero Wiseman, inventor del procedimiento, fué la patente conocida por todos, aunque explotada solamente por una poderosa Compañía en toda la extensión del planeta. El manejo de los rayos W se ha perfeccionado mucho desde entonces. Gracias á estos rayos se ha explorado el globo terráqueo en todo su volumen y han quedado deshechas las antiguas leyendas referentes á la existencia del fuego central en la actual época geológica. Una masa compacta de rocas diversas, estratificadas por el orden de sus densidades respectivas, ocupa lo interior de nuestro globo: arriba, los metales ligeros, como el magnesio y el aluminio; en lo más profundo, hacia el centro del esferoide terrestre, el oro, el iridio, el platino, los grandes tesoros que el planeta esconde, avaro y receloso de la codicia humana. Los órganos de los seres vivientes se observan con los rayos W en la plenitud de sus funciones. Asi han quedado deshechos muchos errores de la antigua fisiología y explicados muchos misterios de los fenómenos vitales. Para el estudio de las máquinas en movimiento son de innegable utilidad los rayos W, que muestran, funcionando, los órganos internos á través de los exteriores; en la transformación de los productos industriales permiten seguir paso á paso el cambio de las masas que reaccionan. Pero donde su aparición ha producido una revolución verdadera es, sin duda, en las costumbres sociales, en la moral al uso por aquellos días, en la legislación, que desde tiempos remotísimos pretende encauzar y dirigir los hábitos de la sociedad, cuando realmente sólo alcanza á ser su reflejo. Apenas dados á conocer los rayos W, advirtió con asombro la gente que las mayores intimidades de la vida privada estaban á la merced de cualquier indiscreto. Ni muros ni cortinajes son obs- táculo para el paso de las maravillosas radíacíoñeá, que, independientes de la luz, arrancan también sus secretos á las tinieblas protectoras del amor y del crimen. ¿Quién no recuerda las apasionadas discusiones á que dio origen el sensacional descubrimiento? Los partidarios de su apHcación sin limitaciones legales adujeron poderosas razones para pedir la abolición de la vida privada, que á tanto equivale el uso libre de los rayos W; los enemigos de esta libertad defendieron, á su vez, la inviolabilidad, nunca hollada hasta entonces, del hogar doméstico. Inútil parece advertir que ambos partidos dieron en lamentables exageraciones, como ocurre siempre que libran descomunal batalla el cinismo y la hipocresía. Por fin, los Consejos Supremos de las grandes Confederaciones asociadas resolvieron el asunto dictando una ley que obligaba á toda la humanidad. Por esta ley se declaraban confiscados los rayos W para los altos fines de la ciencia, del arte y del Gobierno. ¿Por qué renunciar á un medio tan poderoso de investigación científica? ¿Por qué negar al arte, nobilísimo enamorado de la belleza, la contemplación posible de la escultura humana, no en modelos asalariados, sino en criaturas de pureza inmaculada, ajenas á la mirada del artista? i Por qué no reservar á la autoridad, encargada de velar por el buen orden y concierto de les seres humanos, tan útil instrumento de vigilancia? Y, en cambio, ¿por qué consentir, que la curiosidad malsana del vicioso profane con mirada impura las dulces intimidades del hogar? ¿Por qué permitir que el criminal de profesión disponga sus crímenes y se prepare la impunidad con tan preciados recursos de la ciencia? ¿Por qué exponer ideas en embrión á una crítica prematura que las haga abortar sin que den sus naturales frutos? Los grandes descubrimientos científicos forman el patrimonio intelectual de la raza humana y no deben usarse nuncí. con torcidos fines. La humanidad, ya organizada en una sola Confederación mundial, debe cuidar este precioso patrimonio y administrarlo sabiamente, para que el destino de las grandes concepciones intelectuales sea siempre digno de las excelsas inteligencias donde brotaron. VGUSTIN A L F A R O Dibujo de Méndez Brítiga. 12 3 t 7 8