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¿Hablan los pájaros, mamá? -preguntó el niño ya inclinado al bien y persuadido. -Sí, hijo rnío. líablan entre ellos y se entienden en su lenguaje, como nosotros en el nuestro. Efectivamente. María y sus hijos bajaron al jardín y colocaron al protegido donde mejor les pareció, retirándose cuidadosos y subiendo á la casa para asomarse con frecuencia y observar cuanto sucediera con él. Los tres contenían su entusiasmo. A los pocos instantes se quedó solo el pajarito y piaba, piaba, mientras la madre iba. y venía. por el jardín llevando ahmento en su pico que, muy cuidadosa, depositaba en el de su hijito, y esto se. repetía de rato en rato. ¿Lo habéis visto? Bien creí yo que su madre lo estaba buscando y sufría por no encontrarle. Así como veis que cuida de él, le enseñará á saltar y correr; después irá creciendo y lo veremos volar por los árboles, y ese será un pajarito más de los que adornan nuestro jardín. ¡Qué alegría... Transcurrieron aquel día y el siguiente. El pajarito era vigilado gozosatpente por sus protectores, y ora lo veían subirse, en un montoncito de piedras, ora ocultarse entre unos tiestos de rosales y geranios; pero, apenas recorría un espacio dé tres ó cuatro metros cuadrados. Escarmentado, temía, sin duda, aventurarse. Con este acontecimiento, la niña, que érji la mayorcita y ya estudiaba, se marchaba perezosa al colegio y regí- esaba corriendo preguntando si seguía la madre solícita alimeritando á su pajarito, y su ocupación era asomarse al jardín para poderle ver. Una mañana, cuando los niños despertaron, su mamá, como de costumbre, se aproximó á sus camitas; pero aquel día con el semblante triste. ¿Y el. pajarito? -preguntó Teresa. María, retardando su contestación, dijo por fin: ¡Desgraciado! ¡Ya no vive! ¡Por qué? -interrogaron suspensos. -Manuela, Manuela, ha sido. Esa torpe muchacha, que al ir á regar y menear los tiestos, sin verle, estaba escondido entre uüos, y lo ha aplastado sin querer. ¡Que lástima! -dijo Enriquito emocionado y pensativo. -Ahora que lo había visto su madre, ahora que comía y piaba, ahora que se hubiese hecho grandecito y volaría mucho, mucho, hasta el árbol y el tejado... Y Teresita y su madre tenían los ojos humedecidos. -Sed obedientes, hijos míos- -les dijo. -No nos impaciente la ilusión que, aun encontrando la fortuna como el pajarito con nosotros y su madre, eí azar puede asaltarnos. MELCHOEA HERRERO. 338- EL AMOR QUE PASA CONCLUblCN 13. Para hablar de Vicaría salé, efi busca de su tía. 14. El exclama, ensimismado: ¡Hallé la tjué había soñado! 15. En tan crítico momento recibe un saludo atento. 16. Señora, bastan razones; acepto sus f ondiciones. 17- i Sí? i Qué instante tan dichoso! i Ven á mis brazos, esposo! 848 18. j Era, -la yiélal QM- j? ftásCo. l Dijo, y cayó müerto dé ascQ