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Y la linterna mortecina del jefe y el farol agónico de la estación, ¡con cuan íntimo y reconcentrado brillo fulgen! H a s t a el reloj de estas estaciones da la sensación de haberse detenido, suspenso ante la maravilla del infinito cjue representan la llanura, el cielo y los rieles; sí, el reloj 3 arece parado en la noche, á pesar de que sabemos con cuan enfadosa y cronométrica exactitud, conforme al meridiano, señala las horas y los minutos. E n t r ó la avalancha de gente en la estación como una horda de Ijárbaros qnc hubiera saqueado un templo griego. E r a n curiales, politicastros, muñidores electorales, aves de rapiña que acompañaban, como bandada de buitres que le royesen el corazón y la honra y la vida, á un P r o meteo encadenado á la dura roca de la política, á un gran artista de la palabra que se había hecho parlamentario por ccjuivocación y bullía en el Congreso, y en la Prensa, y en los mitines, y en las tertulias de antiguo régimen, donde se derri ban ininisteríos. Venían de un mitin, propedéutica de unas próximas elecciones, c ue acababa de celebrarse en aquel muy noble y muy hidalgo y muy destartalado poblachón castellano. Almenas de San Rosendo, ciue había elegido ya en cuatro legislatiu- as diversas al artífice de la palabra, al soberano artista, evocador de los tiempos de Grecia y de i- v- oma, c ue todc el mundo proclamaba como el máximo orador de la Península. Como lapas agarradas á la peña, como enredaderas tejidas en un balcón, pegábanse á él, agarrándole adulonamente de los faldones de la americana, los trescientos parásitos de la política local que vegetaban absurdamente en aquel hórrido pueblo, consumiendo su vacua vida en 1 Casino, entre jugadas de dominó, bostezos de fastidio y comentarios al ultimo gesto del jefe del partido. Allí le sobaban, le zarandeaban, le lisonjeaban, sin perjuicio de quitarle después el pellejo y de chirigotear sobre sus bigotes lacios, su faz de barbero de pueblo, sus cursis chalecos blancos y sus altivos desplantes inmotivados. Bien reza un sabio refrán, seco y sencillo como todos los de esa sencilla y seca Castilla: Detrás del rey, tifias para é l Cuando llegaron á la estación los merodeadores de la pohtíca, su algazara hizo callar á una plañidera y agria guitarra que, muy inarmónicamente, tañía un mozo en la reducida y solitaria sala de espera. De la guitarra habían brotado fatigosas soleares cjue en el desierto andén dejaban la impresión de un prolongado quejido de enfermo. i Guitarra dura y doliente sonando bajo las claras estrellas! ¿E r a s quizá, un símbolo de un pueblo árido, pardo y dolorido, que se queja de su penuria física y moral... Si así fues. la ronda de alborotadores no quiso entenderlo, porque hizo cesar el plañido del andaluz instrumento, cjue calló avergonzado ante aquel señorío. A lo largo del andén fuéronse apostando los cómítres y acólitos del pedricador como decían los labriegos de las cercanías que acudieron al mitin, obligados por sus señores, dueños de vastas heredades, poderosísimos terratenientes, que aún conservaban casi feudales prestigios. E n vueltos en sus capas pardas, algunos con bufandas de paño enrolladas al cuello, los pobres labriegos resignados quedáronse en un rincón del andén, donde la zona de penumbra era más completa, aplanados, sin fuerzas para hablar ante aquel monstruo de la elocuencia. Parecían una bandada negra de hormigas laboriosas frente á la cigarra holgazana y estridente. L a noche era benigna y apacibk, á pesar de ser mediado Febrero, época de grandes ventarrones en acjuellas latitudes. Iba viniendo de i ato en rato gente que había de tomar el tren de las doce y media, que es el descendente de i í a d r i d Se viaja mucho por estas estepas, como si e! hombre quisiera huir de la tierra uniformemente parda que le anonada. Silbó, llegando al disco, un tren largo, negro y horrísono, de mercancías, rjuc pasó lentamente, pero sin detenerse ante la estación. A poco, se oyó otro silbido estridente, desgarrador como el llanto de un niño. L a gente se apretujó y se dispuso á asaltar los vagones porque se creía que fuese el descendente. E r a n ya las doce y cuarto. Las siete cabrillas fulgían con un trémulo y húmedo parpadeo. H u b o ima decepción entre los expectantes. Aciuel tren que silbaba era el ascendente. Detúvose un minuto en la estación y siguió jadeante, con resuellos fatigosos de la locomotora- -vieja asmática- -y movimiento rudo de rodajes. T r a s las ventanillas se divisaban vagamente semblantes adormilados, c ue mal boscjuejaba la mortecina lámpara de gas. Los trenes correos, al marcharse de estas solitarias estaciones, dan la sensación de cjue se deshacen en la primera revuelta de la vía férrea; diríase que se desmigajan, que terminan con un fracaso de rodajes, yendo á caer en el vacío. I a línea obscura y larga, sólo iluminada á cierta distancia por el disco rojo y azul, parece perderse, acabar allí... Se oyó otro silbido, i Ahora sí C ue era el tren c ue todos esperaban... Abalanzáronse á él los satélites del orador, disputándose todos el privilegio de abrirle la portezuela. Aquella nube de parásitos trepaba por los estribos y se arrastraba por los suelos, avezada ya á esa labor rastrera. Silbó enérgicamente la locomotora. Se oyeron aclamaciones persistentes. ¡V i v a nuestro diputado ¡Viva el gran orador español... Mientras el tren arrancaba, cinco ó seis muchachas, acompailadas de sus respectivos pollastres, vestidas de claro, con claveles rojos y petunias en el seno, como volviendo de una jira campestre, montai on en un departamento de segunda, contiguo al de primera en que viajaba el diputado. Quedaron allá, en el andén, las nubes de hombres vocingleros que todavía agitaban los pañuelos frenéticamente en el aire, con el mismo fervor que si agitaran papeletas electorales. La greguería de las muchachas en el vagón contiguo era greguería de pájaros en un jardín al alborear el día... Canturreaban frivolos aires de zarzuela, cancioncillas picantes de cupletistas, ásperas y soñolientas coplas andaluzas... Entonces el hombre público, que estaba hastiado de la vida ajetreada de la política, á solas con su alma, en la quietud del departamento que él solo ocupaba y donde la lámpara parpadeaba sombríamente, recordó un episodio triste de su juventud, que había sido una juventud aperreada, de luchador, de stniggle- for- lifer. También en una noche como aquélla, una noche clara v benigna del invierno castellano, había