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b ÍV- fj E N B U S C A! i r O la ropic; N en la ciuda viejos colmillos tucsas, que espacio economizaban, encaminóse á la notaría de D. Bartolomé, y así le dijo cuando en su presencia estuvo: (jüenos nos los dé Dios, siñor Bartolomé. -Hola, maño. ¿Qué te trae por aquí? -Naa; que vinía al tanto de ver si me acababa le de la herencia. -i Ah! sí, hombre. Eso es cuestión de días. En cuanto me traigas los documentos te lo despacho. Qué decumentos son? -Pues mira; tu fe de nacimiento y la de tus hermanos la de fallecimiento de tu madre y la de matrimonio de tus padres, y, por último, una certificación del registro de últimas voluntades. -Anda, anda; ¡pos no ha soltao usté poco pa que 3- 0 malcuerde! ¿No me lo podría usté dar en un papel ico? -Pero hombre, si hoy es domingo, no tengo en casa ningún escribiente, y además he de oir misa, y... -V amos, siñor Bartolomé, que con una mijica que usté se agache en el pupitrejo ese me lo apaña. Que ni corre mucha prisica, siñor Bartolomé; porque sabrá usted que me voy á casar, y tan y mientras no haiga papeles arreglaos no hay voluntad s en la suegra. hVuncía la cara el notario con muy singular disgusto, por estar más hecho á dictados que á i scrituras, y se le comía con los ojos el baturro, mientras daba sendos y forzudos hurgones á la faja que le cubría pecho, vientre y muslos, con su trama di carminoso estambre. ¡Ea, siñor Bartolomé! -dijo en última acomnida el matraco. -Ya le traeré una cestada de melocotí- ues como la niesma almíbar... Debió ser decisivo el argumento, pues el notaiio, sin abandonar el gesto agrio del contrariado, senté íe á su mesa y emborronó á buen galopar de plun a una blanca cuartilla que secó y entregó á Sind 1 mientras suavemente le empujaba hacia la puerta. Euése más contento que premiado en rifa, y i trote de jamelgo púsose en la huerta, ansioso df leer y esculpir en su memoria lo que el notario escribió. Mas llegó á ello y padeció- el rabioso dolor de correr sus ojos inquisidores una ycien veces piulas líneas tuertas y las palabras á medio hacer y las letras comidas por las prisas de su autor y el perlático pulso del escribano, sin que lograr pudiera, tras de tan intensivo trabajo, descifrar ni una sola de las desdibujadas frases. Y así hubo de vestirse el alma con toda la paciencia que á mano halló y esperar quien fuese harto sabio y talentudo para descifrar aquellos raros signos de cabalística escritura. Por el camino real, di- stante unos cien metros del bohío que cobijaba al encorajinado Sindo, cruzó el correo peatón del vecino lugar, y cuando los ojos del muchacho le columbraron, salióse de entre las parras del sombrajo, y gritóle: -i No tienes -voceaba el aludido moviendo en signo de negación su levantada mano. -i Qne vengas... -i Que no hay na pa Temió Sindo que se le escapara, y para evitarlo ocurrióle un mañoso artificio. Entró en la choza, sacó un jarro de vino y, alzándole sobre la cabeza, volvió á gritar: -i Allá voy... -contestó. j Iientras el cartero deglutía el caldo rojo con gorgoriteos de sediento, díjole el muchacho: -Mía á ver, chiquio, tú que entiendes de tanta clase de letras. Léeme esa esquelica. l rotóse los labios con la manga, cogió el papel entre las manos, y con orgulloso aire de- suficiencia, h, levantó pausado y despacioso hasta sus ojillos menudos. Y se los escarbó con los dedazos cochambrosos, y tosió y escupió dos veces, y á vueltas de dárselas a! papel, terminó por decir: ¿Sabes, maño, que no es pa do prisica? T ediez con el tío que ha escrito esto. Si paice un secante usar el papelico. Ta apuesto á que como no sea e! sifioi