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En el viejo balcón florecido ella aparecía vestida de blanco; sus ojos azules me hicieron poeta, de tanto soñar al mirarlos. Yo la hablaba de amor con palabras que eran como estrellas, jazmines y nardos; que amor es un ciego ruiseñor que sabe la divina música de un lenguaje mago. ¡Oh, mi hora romántica del claro de luna, cómo añora el alma tu inefable ensalmo; porque ella tenía los ojos azules y yo veinte años! Como Ríargarita, la dulce hilandera, tenía el cabello dorado; en un sueño extasiados los ojos, y como la cera votiva las manos. Ante el viejo balcón de la novia era el corazón como un incensario, y al decir amores, era mi florida juventud la que estaba cantando. ¡Hora en que creía la ilusión eterna! ¡Tenía los ojos tan hondos, tan claros, cargados de sueños azules... y yo veinte años! En el viejo balcón ya no hay flores; la vida nos ha separado. Y sólo en los niagos espejos del alma podré ver sus ojos profurjdos y claros. La vida me abruma... i La vida, losa de los sueños galanos! Ya ante los balcones floridos suena mal mi viejo violin romántico. Nunca hemos de vernos. Tal vez se hundiría, al verla, mi viejo palacio de encanto; que ella ya no tiene los ojos tan puros, ni yo veinte años. EMILIO C A R R E R E