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¡re mis muchos amigos por un hombre juicioso y iquilibrado, ¡t o n t e r í a! bastó que una mañana ropezaran mis ojos con una muchacha, que si no era la diosa Venus, tenía su cara hecha con espumas del mar y rayos de sol, para que perdiese el juicio, el equilibrio y todo lo perdible, menos el imperdible de la corbata. i Q u é criatura tan r e m o n a! Paseaba con su madre por una de las frondosas avenidas que conducen en el Retiro al ángel caído. U n a galguita, nerviosa y fina, las seguía corriendo y jugueteando á su alrededor. Yo las seguií. también á honesta distancia, si no como una perra, como un perro, que para el caso es lo mismo. E n una de sus capiñchosas órbitas perrunas, el gracioso animalito se acercó á mí meneando su inquieta cola con amistosa intención. Yo la acaricié y le di un terrón de azúcar que llevaba por feliz casualidad en uno de mis bolsillos, y aquí fué Troya: un vértigo de simpática alegría se apoderó del can, que se relamía de gusto y empezó á describir rapidísimos círculos á mi alrededor con unos ladridos tan alegres y graciosos, que movían á risa. De vez en cuando nre esperaba sentada sobre sus patitas traseras, inmóvil, con las orejas muy derechas, como si la hubieran cincelado allí mismo, y cuando me acercaba más salía huyendo de nuevo con estrepitosa algarabía. J as distancias se iban estrechando insensiblemente, y en una de sus carreras se vino hacia mí la perrilla, se levantó de manos y las ai) oyó sobre mis augit. iis piernas, manchándome e! pantalón. -Leüa, estáte quieta, que molestas á ese caballero- -dijo una voz suave y dulce que se metió de rondón dentro del alma. -Déjela usted, señorita- -repliqué 3 0, -es un animalito muy mono y muy simpático. Se rió la mamá, que era una mujer hermosa y elegante, se rió también la muchacha y yo tanrbién m e reí. Me acerqué más todavía y entablamos conversación priniero, sobre temas perrunos, y desIjués, de todo lo charlable. Resultado: las acompañe toda la m a ñ a n a eran de unas parientas m í a s quedamos amigos, y yo, preso, esclavo y sin sentido común. L a muchacha se llama María de la Gloria Valor, y yo visito con mucha frecuencia la casa en que vive con su madre, y estamos en relaciones formales. Ella es buena, toca el arpa de un modo prodigioso, y sus dedos, ágiles y finos, hacen brotar de las cuerdas maravillosas armonías; en fin, ego SHin chiflaius que lo digo, al parecer, en latín, para menor vergüenza mía. María es muy resuelta para todo y aficionada á los deportes: dice que los hombres deben saber la esgrima y montar bien á caballo. De lo primero estoy bastante regular, pero de equitación, rematadamente mal. l ara mí, el caballo es el peor enemigo del hombre. PWA ílió en el eiUDeño de verme algún día cabíi g a r yo presenté mis excusas razonables, y entonces dos lágrimas furtivas corrieron por sus frescas mejillas. No me las pude beber, pero juré hacerme jinete y quedó satisfecha. U n amigo mío, al que referí mis cuitas, me proporcionó un dependiente de un picadero de la corte, que se llamaba Esteban, el cual, mediante una módica retribución, se comprometió á desasnarme, que era lo que yo merecía. Esteban era muy redicho para hablar, y lo primero que me enseñó fué la nomenclatura del caba- llo y el modo de poner los arreos, usando p a r a ello frases muy pintorescas. -E s t a cadenilla de barbada me la pone usted muy prieta y me molesta; ¡canastos! y lo mismo me hace usted con la baticola- -decía Esteban con tono magistral. Luego empezamos ya las lecciones prácticas i caballo, y como yo me llamo- -con perdón de ustedes- Federico Costaladas, ya comprenderán mis temores de no salir con bien de mi atrevida empresa. Al cabo de quince días pregunté á mi profesor -C o n franqueza, Esteban, ¿qué tal voy? -M i r e usted, don Federico, es usted muy aplicado, pero... sin que tenga usted mala figura á caballo, le diré que no tiene el centro de gravedad bien colocado, ¡canastos! Aquellas palabras me produjeron un horrible desencanto. ¿Dónde diablos tendré yo mal colocado ese centro de gravedad? me preguntaba. Y que lo tenía mal colocado era una cosa evidente, porque al menor movimiento brusco del caballo ya estaba yo abrazado á su cuello. ¡Canastos! don Federico, que se va usted á lastimar los belfos- -me decía siempre Esteban. A las cuarenta lecciones ya me consideré capaz de salir á caballo por derecho. Hice dos ó tres probaturas afortunadas y le dije á mi novia que ya estaba en disposición de ponerme á vistas. ¡Q u é alegría la suya! Con ocasiém de una gran revista militar, que tendría efecto en la Fuente Castellana, dispuso mi novia que iría con su madre en un coche aíjierto y que me esperarían cerca del Hipódromo. Mi amigo Rasqueti, comandante de Caballería, mr; ofreció p a r a ese día el caballo del sargento González, del 4. escuadrón de su regimiento, y yo estaba loco de alegría, y mi novia me mirab: como á un dios. ¡Llegó para mí la tan temida hora! Con sombrero flexible, polainas de cuero color avellana, espuelas, látigo y una gardenia en el ojal izquierdo de la americana, es) eré la llegada de mi corcel. Vjino por fin; bajé las escaleras y vi del diestro de un ordenanza un precioso caballo alazán de inquieto mirar que piafaba imi) aciente sobre los adoquines de la calle. Se llamaba Rolando. ¿E s noble? -pregunté afectando una gran indiferencia. -M u y noble, señorito; pero no le toepie usted con las espuelas ni le tire muclK de las riendas, porque tiene mucha sangre. Además, señorito, es muy frío de grupa. Pero, Dios mío- -pensaba yo, -si tiene mucha sangre, ¿por que no le hacen una sangría? Si es frío de grupa, ¿por qué no le arropan la grupa con una m a n t a? Igualé por fin las riendas, i) use el pie en el estribo y caí sobre la silla con desenvoltura. -Oiga usted, muchacho, me parece que el estribo derecho está un poco más largo (lo acortó un poco) Ahora está más largo el izquierdo (lo acortó también) -y, resultado: c ue nunca quedaron iguales y me tuve que conformar con que los dejaran como vinieron. Salí tranqueando al paso y por el camino más corto hasta llegar al Flipódromo, sin detrimento de mi humilde persona ni echar de menos la mala colocación de mi centro de gravedad. Mi novia y su madre me esperaban ya en su coche abierto María estaba radiante de hermosura y