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or el cielo uli cendal rosáceo para que por él resbale dulcemente el adre sol. Despertad, compañeros, y unid a los nuestros vuestros trino; y supliquemos al que nos da plumas para abrigo, semillas é insectos para alimento y árboles para morada, que veamos otra vez la noche sin dolorosos contratiempos. ¡Despertad, despertad, que viene el día... Ningún rey fué recibido con tan regalada música como el sol. El cric- cric de los grillos, regular como el golpeteo de un péndulo; el tierno y sibilante piar de las golondrinas; el tosco y grave runrunear de los insectos; la estruendosa greguería de los gorriones, y el grato cantar de los jilgueros se enlazaban en un todo orquestal, libre de claves y pentagramas y desligado de la esclavitud del compás, que iba y venía sobre el ancho cátiipo, semejante á una etérea melodía que resbalara sobre las espigas, besáildo siis aristas. l3i suelta, al fiti, la heterogénea orquesta, las abejas se dedicaron á libar áorecillas; ios grillos emprendiéronla con las mielgas que circundaban sus aguj eros; las goloridriñas empezaroa á perseguir insectos, y los orripries; y los jilgueros engulleron en una era del trigo á todo sü talante y Voluntad. Cuando terminó el banquete, la banda de jilgueros, compuesta de urtos doce individuos, alzó el vuelo y fué á posarse eil las altas i- amíis de un pino que, junto Con otros compañeros, formaba un mediano bosquecillo. En su centro, y en una hondonada llena de escaramujos, había un charquito de agua, ni muy limpia ni muy abundante; pero que tenía excepcional importancia, porque toda la poca agua que había en el campo estaba bien guardada en norias. Estando, pues, uno de los jilgueros en la copa del pino, vio de pronto, allá, á lo lejos, que el sol sé reflejaba con chispazos de plata en una porcioncita de agua límpida y tentadora. Por más que alambicara mis palabras, no podría dar idea exacta de cómo debió brincar de alegría el cora oncillo del avecica, ni de cómo temió después que sus compañeros le quitaran el u. sufructo le su agua, fresquita y clara. Afortunadamente, no sucedió a. sí. Los demás jilgueros se encaminaron al charco para saciar su sed y para refocilarse entre los escaramujos. Entonces nuestro pajarillo clavó sus ojuelos en el agua lejana, y, extendiendo sus alitas, que abiertas parecían dos diminutos abanicos de oro y carbón, empezó á, volar con todas sus fuerzas. Más de cuatro veces tuvo que detenerse para cobraf aliento, y si él tratara de negarlo, ya se encargarían de desmentirlo las vides y los olivos que le ampararon con su sombra. Al fin llegó á verse junto al agua. Era una pocita pequeña, pero llena hasta los bordes; tan limpia, que convidaba á bebería, y de tan quiejta tran. sparencia, que en ella se veía copiado el pajarillo con todo lujo de detalles. Al punto quiso saciar su sed; pero su piquito se estrelló en vano contra la. luciente superficie. Por su desventura, lo que él creía pura y fresca agua no era más que un pedazo de espejo que había ido, por no sé qué extrañas vías, á clavarse allí, en medio de la sahárica llanura... É r burlado jilguerillo alzó el vuelo, y, atenazado por la sed que le hizo sufrir en el camino congojas de muerte, tornó á su charquito. Y cantó asi junto á él: ¡Dichoso aquel que no desprecia lo que posee por caminar tras el liipócrita brillo de las cosas lejanas... TosTí A. LUENGO. -íia 2- EL AMOR QUE PASA I. Conrado, al cumplir los treinta tenía una buena renta. 2. Tenía, allá en Torrejón, un c o í muy- coquetóii. i B U t N NOVIO! Jov en soltero con capital, laceres y mucKos pies de- terreao se casará cor Señora can. o Strv íorl- ana. Dirección: ConvaJt LX. n loo. 3. Y tenía... una nariz algo larga el infeliz. 4. Un día en casarse piensa y pone un suelto en la Prensa. 5. Saliéndole proporciones, como á Don Juan, á millones. 327 6. Invocando á la Fortuna, escoge, entre todas, una. Continuará.