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-Puís, cnn franquíza, maestro: yo creo qne sted do de verdad. Y cnmo mí afecto lia cia el ilustre pinhace mal. tor iba creciendo, juntamente con la confianza que- -No lo crea usted. Me, conozco. Si lograse una mediaba entre nosotros, un día me decidí á abordar el peligroso tema con toda clase de miramientos, te- apoteosis, ya no trabajaría. Y, mal que bien, cien obras de las de ahora son preferibles á una, la del miendo herir su suspicacia. Sonrió, encogiéndose de triunfo, por magna que fuese. hombros. -Aquéllas y ésta pudieran ser compatibles. ¡Oh i Sí; conozco todo eso que de mí dicen; pero Dejó de sonreír. Agarrándome con fuerza amba. s no me importa. Mi conciencia artística está tranquila, manos, exclamó en voz baja: y eso es lo interesante. ¿Quiere usted saber por qué- -Eso mismo pienso yo algunas veces... Para deno concurro á las Exposiciones? Por miedo... mostrárselo, voy á confiarle mi secreto... ¿Miedo á qué? ¿A no llevarse el premio? -inMe condujo á un estudio supletorio, siempre cerraquirí vivamente. do á miradas profanas. En uno de los testeros había- -Al contrario. Miedo á triunfar, á conseguir el un, caballete tapado con un lienzo. Vivísima luz ilugalardón supremo, una de esas, medallas de honor que minaba la estancia. consolidan definitivamente la reputación de un artista. -Nadie sabe lo que usted va á saber- -dijo el arQuedé perplejo, sin saber qué responder. Zarzal tista. -A pesar de esos temores, mi culto por la glosonreía siempre. -i No me comprende usted, por lo visto? ¡Oh! ria no decae. Desde hace diez años, á la par que los cuadros de venta, preparo un lienzo grande cada año, No me extraña. Y, sin embargo, es muy sencillo... en el que pongo todos mis amores. Estos cuadros, Hubo una breve pausa, durante! a cual los ojos del que he pintado sin más móvil que el arte, me han samaestro, con fijeza extática, parecían no ver. Súbito tisfecho plenamente. Y lo que es el último... i Oh, rompió á hablar con un ímpetu extraño en él, tan el último... Vea usted, vea usted. frío, tan circunspecto siempre. Descorrió el cendal que cubría el caballete. Quedé- -Mire usted... Todo artista, desde que comienza maravillado ante aquella obra prodigiosa. ¿Quién haá trabajar, no tiene más que un ansia suprema, la del éxito definitivo. ¡La consagración! Con este afán vi- bló de. impotencia, de decaimiento? Honorio Zarzal era un artistazo, un fenómeno, un elegido. Lleno de vimos olvidados de todo, incluso de nosotros mismos. i Qué importa, si nuestros sufrimientos son pasos que gozo contemplaba el efecto que me producía su obra. ¡Oh, maestro! Esto es insuperable. El mundo ennos aproximan al triunfo... Yo, como todos, he sentero proclamará su gloria. tido ese anhelo. Pero hubo un día- -tal vez el día que- -Tal vez tenga usted razón... Y no crea usted; más cerca me creí del ideal- -en que se m ocurrió los nueve cuadros anteriores acaso no fuesen infehacerme una pregunta desoladora: ¿Y después... riores á éste... Y esta pregunta, al parecer tan sencilla, dio al traste con todas mis ilusiones. ¿No comprende usted el ne- ¿Dónde están? ¡Quiero verlos! Diez obras maesgro poema contenido en esas dos palabras? i Y destras de la misma mano... pués... Después del triunfo supremo, ¿á gué aspiHonorio Zarzal se encogió de hombros. rar? ¿Para qué vivir? ¿Qué norte ha de guiar nues- Verlos... Imposible. tros pasos? ¿En qué estímulo han de inspirarse nues- ¿Por qué? ¿Qué ha necho usted con ellos? tras obras? Después de triunfar, sólo cabe morir... -Lo mismo que con éste... V. -í f t O, por lo menos, romper los pinceles, cruzarse de brazos, vivir de recuerdos. Me permití objetarle tímidamente: -Bien, sí; pero yo creo que la gloria bien merece... -i Oh, la gloria, la gloria... El templo de la gloria sólo tiene fachada. Una escalinata espléndida, un peristilo maravilloso, una puerta incomparablemente bella... Pero, traspuestos los umbrales, nada. El vacío. La obscuridad del caos. ¡Oh! Yo quiero conservarme las ilusiones del que lucha. Quiero ver la fachada del templo, sin convencerme de la vacuidad del interior... Moví la cabeza dubitativamente. No pude evitarlo. Cuando quise acudir, ya era tarde. El artista, con una cuchilla que empuñaba su diestra, rasgó de alto abajo la pintura, que crujió con chasquido de entrañas desgarradas... -i Que hace usted, desgraciado! -Evitar la tentación. Conservarme ante los ojos el espejismo de la gloria, ese bello engaño que nos ilusiona sin poseerlo, y cuya proximidad nos desencanta... Honorio Zarzal murió loco años más tarde. Genio y locura, según Lombroso, marchan de bracero... AUGUSTO MARTÍNEZ OLMEDILLA. Dibujos de Regidor.