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i EL E S P F J I S M O DH LA GLORIA ii excepcional interés para la historia de nuestras leyes medioevales. El polvo de los archivos- -que es polvo asaz molesto, aunque procer- -prodújome una conjuntivitis por demás desagradable, que, impidiéndome fijar la vista, me condenó á huelga forzosa. i Cómo sufrí los primeros días, viéndome inhábil para realizar la empresa que me llevó á la capital de Francia! Porque bueno será decir que yo había tomado muy en serio mi papel de investigador concienzudo, y que Ja gloria de Zeumer, de Petigny y de Gaudenzi, parecíame deleznable comparada con la que yo pretendía conseguir. Por eso, aquel entorpecimiento contrariábame en grado sumo. Pero hizo el azar que trabase conocimiento por aquel entonces con un tipo de lo más pintoresco que puede pasearse por los bulevares parisinos. Llamábase el doctor Pléctor Amílcar Babironi y decía ser ministro plenipotenciario de la República sudamericana de Guanamajate. En París, donde causa risa nuestro tradicional timo de los perdigones, se dejan timar siempre, sin necesidad de perdigones siquiera, con tal de hacerlo en grande escala y halagando el punto vulnerable de los franceses: la vanidad. Héctor Amílcar Babironi, gran psicólogo, se adueñó de París con rapidez inusitada. Por su hotel de! bulevar Montmartre desfilaba la élite, y no había ciudadano de la democrática ciudad republicana que no aspirase á decorar su ojal con el distintivo de la Gran Cruz ó, cuando menos, de la Encomienda del Cóndor Azulado, alta presea otorgada por el Gobierno de Guanamajate á los subditos de países amigos. Claro está que el perínclito Babironi cobraba por derechos de expedición de los diplomas cuatro y cinco mil francos, y aun me contaron de cierto comerciante en salazones que pagó mil luises por el collar de la Tortuga Roja, suprema distinción reservada para contadísimas personalidades. Esto es, para los contadísimos individuos capaces de invertir un dineral en tamaña majadería. Mientras llegaba la hecatombe- -porque llegó, como era de esperar, constituyendo un ruidoso affaire que atrajo la atención del público parisino lo menos durante cuarenta y ocho horas, -el doctor tiéctor Amílcar Babironi vivía á lo príncipe, y, nada egoísta, nos hacía participar de su boato en veladas inolvidables, á las que concurrieron altos políticos, linajudos personajes, artistas de reputación mundial... Así fué de escandaloso el affaire Babironi Como lUc del lodo removido alcanzaron salpicaduras á mu ha gente encopetada. En el suntuoso hotel del sedicente plenipotenciario uí presentado á Honorio Zarzal una noche de orgía Dantagruélica. Días antes se habían otorgado tres collares de la Tortuga Roja, y Babironi nos obsequió con un festín digno de su habitual esplendidez. Sea por nuestra cualidad de compatriotas, sea por afinidad de caracteres, ello es que Zarzal y yo simpatizamos desde el primer momento. Me abrió las puertas de su soberbio atelier, y yo frecuenté su trato, dejando transcurrir largas horas de mis forzados ocios sentado en un rincón del estudio, caladas las verdes antiparras, que resguardasen mi doliente vista de la radiante luz cenital, mientras él, incansable. I trabajaba. Su especialidad eran los cuadros de género tenía un exquisito gusto para la elección de asuntos y colocación de modelos, y sus obras, aparte el mérito artístico, eran muy ornamentales, lista circunstancia contribuyó indudablemente á consolidar su fama, acrecentando sus ingresos de un modo extraordinario yo recuerdo que Ugo Zopetti, el marchante de la calle de Rívoli, le pagó en mi presencia 25.000 francos por una escena versallesca- -deliciosa, eso sí, -en cuya ejecución invertiría Zarzal poco más de dos semanas. Era hombre un tanto huraño. Tenía fama de orgulloso, de endiosado, de fatuo. Nada más erróneo. Su carácter reflexivo, taciturno, reconcentrado, le hacía parecer lo que no era. Más de una vez despedíame del maestro después de dos ó tres horas de mutismo, que él invirtió en retocar la labor emprendida y yo en contemplar su obra. Al oír mi voz parecía dos pertar de un sueño. -i Ah! i Pero estaba usted aquí? -Aquí estaba, y ya me voy. Y nos estrechábamos la mano sonrientes, sin uc por mi ánimo cruzase la idea de que su abstracción era indicio d 6 grosería. I- OS detractores de Honorio Zarzal- ¿quién no tiene enemigos, sobre todo, siendo artista? -hallaban motivo para zaherirle en el desdén con que parecía mirar los Certámenes y Expusiciones. jamás se dio el caso de que un cuadro suyo apareciese en los magnos Salones parisinos. Invitado á figurar en Concursos mundiales, nunca envió sus obras para someterlas al fallo de un Jurado. Y esta circunstancia, de indiscutible exactitud, era hábilm. ente explotada por maldicientes y envidiosos. ¡Bah! ¿Honorio Zarzal? No es más que una medianía laboriosa. Le ha sonreído la suerte lo bastante para que se tome por oro de ley el talco de su numen. Sólo se ocupa de vender bien los cuadros. Su única aspiración es el marchante Y á la gloria que la parta un rayo. ¿Por qué no acude á las Exposiciones, como hacen todos? i Por miedo, nada más que por miedo á que se proclame su impotencia! Más de una vez tuve que defenderle de tamañas diatribas, creyéndolas injustas y apasionadas, aunque reconociendo ineludiblemente que tenían un fon-