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J X Vlíglli LAS M U J E R E S DE MI LUGAR LA TÍA M A R T I N A LA D E LA LONJA UANTAS cosas había- -cuántas cosas debe de haber aún- -en aquella lonja de la plaza chica! Recuerdo el olor penetrante del pimentón, abierto junto á los garbanzos en unos sacos grandes, chatos, ventrudos. Las bacaladas extendidas, colgadas del techo, entre tupidas redes llenas de peonzas y pelotas de baqueta. A la entrada, varas para los mozos, alpargatas y paveros; en los anaqueles, esos pañuelos chillones que alegran á las mozas y á las viejas desde la Alcarria á la Mancha y desde la Mancha á la Riojá. En el techo, unas cadenetas de papel desteñido, como si fueran festejos de verbena, para entretener á las moscas... Y las moscas en todas partes. Y la tía Martina, en todas partes también. Chiquita, arrugada, verdinegra, con el pelo blanco planchado sobre las sienes, unos ojos imperativos, una vocecita aguda y un genio de todos los demonios. Media noche. La tía Martina ha echado ya el cerrojo y las barras de hierro. Ha recorrido desde el sobrado hasta el corral. Está sola, como siempre. No para en ningún sitio, como siempre. Baja á la cueva los frascos de vino y las zafras de aceite que llenará mañana. Cubre con una gasa rosa los pilones de azúcar. Cuelga el candil que ha de velar toda la noche. Y ella sola, ¿quién va á ser sino ella? abre el cajón del mostrador 3 empieza, sosegadamente, religiosamente, á apilar en montoncitos las monedas de cobre, las de plata y quizá alguna onza de oro de las que ya no andan por el mundo. Suena arriba en el sobrado, en los cristales de la ventana, una embestida furiosa del viento que bate la persiana con estrépito. La tía Martina, sin pereza, sube á echar la falleba, y como su cuerpo es menudo y ligero, ni siquiera rechinan les peldaños de la escalera. Pasa un minuto, dos, y la tía Martina no baja. Retumba en el silencio de la tienda un golpe sordo y luego cruje el suelo. Algo se arrastra, algo cae rebotando escaleras abajo. Son dos cuerpos. Uno es la tía Martina, el otro es un ladrón. Brilla la hoja de una faca al mortecino resplandor de la candileja, j Sangre en los escalones! Sangre en las losas! Y de pronto- -nadie podrá decir cómo, -el cuerpo del hombre cae por la boca de la cueva y es la tía Martina quien se incorpora y deja caer la gruesa trampa, sin olvidarse de cerrarla bien y de correr sobre ella un cajón lleno de grandes balas de sal. i No conocéis aún la fibra de la tía Martina! Las manos, la cara, los cabellos blancos están ensangrentados. Toda ella debe de estar tundida y acribillada. Pero, al levantarse, vueh e derecha al mostrador; uno por uno va recogiendo los montones de plata y sube otra vez para guardarlos, Dios sabe dónde, en el sobrado. Luego, desde la misma ventana, grita: ¡Socorro, ladrones, aquí, en la Lonja! Cuando acuden en su auxilio, la tía Martina no se ha desmayado. Sus manos, como sarmientos, descorren barras y cerrojos y, antes de que la curen, señala la trampa de la cueva para decir al pueblo entero: ¡Ahí está ese indino! ¡Anday con él! i Brava mujer la tía Martina, la de la Lonja! Ha vivido tantos años, que al morir empezaba á rodearla una cuarta generación. Todavía recuerdo el pañuelo floreado, que sacaba los domingos por la tarde para vendernos á los chicos caramelos y altramuces, sentada en cuclillas á la puerta de la tienda. Todavía me parece verla cortando con su navajilla el bramante de un tapón é iniciándonos á los muchachos en la agridulce voluptuosidad de la primera botella de cerveza. LUIS BELLO,