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Nadie supo el motivo, pero lo cierto es que Olimpia se acostó una noche con calentura, y pasaron dias y más días sin que la fiebre desapareciera ni se presentara algún otro síntoma revelador. La princesa, más blanca que nunca, se hallaba en su lecho muda é inmóvil; de estatua ambulante se había convertido en estatua yacente. Su blonda cabellera se enmarañaba cada vez más abrumando la ardorosa cabeza. El desconsolado rey hizo llamar á los médicos más famosos, pero. todos se declaraban vencidos; ninguno conocía aquella eniermedad. Muchos jóvenes intrépidos hicieron excursiones á fuentes milagrosas rodeadas de pehgros; todo fué inútil. Pasaba el tiempo, desesperábase el rey, y Olimpia no se ponía buena. Su aya la cuidaba amorosamente; cuando veía llegar á algún médico nuevo hacía un mohín de incredulidad. La buena mujer tenía su idea; un dia se decidió y dijo al monarca: -Señor, está visto que la ciencia nada puede en este caso; ¿por qué no recurrimos á la magia? A setenta leguas ae aquí hay un castillo llamado el Castillo Verde, donde moran tres hadas benéficas. ¿Por qué no las consultas? El monarca se quedó perplejo, y al fin optó por seguir el consejo de la anciana. Al efecto dio las órdenes oportunas; nombró una espléndida embajada, que partió causando la admiración de las gentes. Cuando IÍJS embajadores llegaron á las puertas del Castillo Verde, éstas se abrieron por sí solas, dejando ver en el fondo de un magnífico y fantástico salón á tres celestiales doncellas vaporosamente vestidas, reclinadas en sillas de marfil. Las hadas benéficas eran tres hermanas: Temnis, la mayor, tenía algo afiladas las facciones. Los ojos de Horaida eran muy grandes, de pupilas argénteas; stis cabellos parecían hilos de plata. Criseida era la más hermosa; su cabello refulgía como el oro. Temnis, después de escuchar el mensaje, consultó brevemente á sus hermanas y respondió: -Aceptamos gustosas los presentes de vuestro señor y ahora mismo acudiremos á su presencia. En efecto, las tres hadas, dejando asombrados á los embajadores, desaparecieron por los aires, trasladándose en pocos segundos á la alcoba de Olimpia. -Aquí nos tienes, somos las hadas del Castillo Verde- -dijeron al atónito soberano. Después de examinar atentamente á la princesa, Temnis la entregó unas tijeras, Horaida un espejito con marco plateado y Criseida un pañuelo finísimo de encaje. La primera exclamó: -Hay un poder superior al nuestro: el destino contra sus decretos no podemos nada. No está en nuestras manos el curar á la princesa; pero os anuncio que únicamente se salvará cuando por haber usado las tijeras emplee el espejito y el pañuelo. El tiempo pasaba y Olimpia no se ponía buena. os médicos dijeron que era preciso cortarla los cabellos para despejarla un tanto la cabeza, pero se indignó de tal modo al oír semejante profanación, que nadie se atrevió á insistir. Olimpia, desesperada de tan larga enfermedad, sufría de cuando en cuando accesos nerviosos; al dar vueltas en el lecho enredábase su cabellera y el desenredarla era operación penosa. En vista de esto, el afligido rey se decidió á seguir el consejo de los doctores. Aprovechando una ocasión en que la princesa dormía profundamente, llamó el atribulado padre á la no menos apenada aya y la dijo entregándola las tijeras de oro: -Corta las trenzas de Olimpia. La anciana hizo un gesto de resignación; se acercó al lecho con las tijeras en la mano, y vertiendo un raudal de lágrimas cortó con respeto casi religioso aquella dorada madeja. Olimpia despertó al poco rato; llevóse maquinalmente las manos al cabello, dio un grito de angustia, cogió ansiosa el espejito de plata y clavó en él sus espantados ojos. En su faz reflejóse primero el asombro, luego la ira, después el dolor; se contempló en silencio largo espacio y verificóse entonces el más inesperado de los prodigios: sus pupilas se humedecieron y el llanto brotó de sus cristalinos ojos. Al llorar por vez primera su rostro se transfiguró por completo; los cortos cabellos formaban una aureola de graciosos rizos; parecía su cabeza la de un ángel de retablo; su expresión de escultura griega se trocó en gesto de Dolorosa cristiana. Olimpia cogió el pañuelo regalado por Criseida y se ocultó el semblante. Al derramar aquellas lágrimas sintió en su interior algo que se quebraba; el corazón latía con más blandura; por todo su cuerpo se difundía un bienestar inefable. Comprendió el error en que había vivido; maldijo su funesto orgullo y, arrepentida, lloraba, lloraba dulcemente. Se acordó de su pobre madre, recriminóse la frialdad con que la había tratado, y al evocar en su memoria el recuerdo de aquel beso glacial, lloraba, lloraba dulcemente. Presentáronse á su imaginación los crueles desprecios con que había herido á sus adoradores, y al pensar en aquel infeliz mancebo muerto de desesperación á sus pies, lloraba, lloraba dulcemente. El hielo estaba roto, la fuente congelada fluía ahora con suave murmullo. Aún seguía llorando la princesa cuando del centro de la habitación brotó una nube ae aromático incienso; al disiparse apareció la encantadora figura de Criseida. E 3 hada dijo con voz musical: -Olimpia está salvada; el llanto la ha redimido y lavado de sus culpas. Olimpia se enjugó los ojos, sonrió venturosa j exclamó con dulzura: -La princesa Sin- lágrimas ha muerto; me siento otra. Mi corazón ya puede amar y sufrir. Mi gratitud será eterna; pero dime, buen hada, ¿volverán a crecerme los cabellos... l MiLio FERRAZ REVENGA. Dibujo de Méndez Bringa. S 7 8-