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silenciosa; podría tomársela por el símbolo de la Indiferencia. Para ella, en efecto, era todo indiferente. Su corazón no latía por nadie, y, falto de ejercicio, debió petrificarse, sin duda. Olimpia no amaba á sus padres; no estimaba en nada las riquezas; los rayos del sol no la regocijaban, los sombríos nublados no la entristecían; cuantos príncipes habían acudido á solicitar su mano fueron despedidos con una mirada de desprecio. Olimpia sólo tenía un amor: se idolatraba á sí misma. Cuando veía su rostro reflejado en la luna de un espejo ó en el cristal de una fuente, una sonrisa imperceptible revelaba su satisfacción profunda. Recreábase analizando sus puras facciones; pero lo que más la enamoraba eran sus cabellos; acariciábase las sedosas y doradas trenzas, y muchas veces imprimía en ellas un beso apasionado. El nacimiento de la princesa produjo gran alegría en palacio y en el país; pero á medida que la niña fué creciendo, su carácter, orgulloso y despótico, hízola antipática á todo el mundo. Sus padres la adoraban y sufrían con resignación su despego. Decíase que OIimi) ia no había llorado nunca; por eso el j) ueblo la llamaba la princesa Sinlágrimas. i: 1 -i Os amo, princesa... por vos moría y me matan por vos... Olimpia respondió con orgullo: ¿Yo qué culpa tengo? ¿Acaso os di alguna esperanza para que tan neciamente hayáis expuesto la vida por mí? -Ninguna me disteis; pero ahora no me quitéis la última que me queda. Podéis endulzar mi muerte, hacerme feliz unos instantes; ¡por vuestra madre os lo ruego! dadme un beso, uno solo... ¡Insensato... Ya deliras, sin duda. -i Princesa, por piedad, promctedme una lá ¡I ro! El desdichado mancebo hizo una mueca de desesperación; con un esfuerzo sobrehumano logró susurrar amargamente: ¡Dichoso si consiguiera tan siquiera una lágrima por mí... Y con la canción terminó la vida. Olimpia miró el cadáver, se encogió de hombros y se alejó de aquel sitio. De sus ojos no brotó ni una lágrima. La reina estaba muy mala; los médicos habían declarado que su salvación era imposible. Con este triste motivo en palacio se hallaba todo revuelto; imperaba en él la consternación más profunda, y en sus grandiosos salones oíanse quejas y llantos. Huyendo de aquel tumulto, la princesa se refugió en sus habitaciones, aislándose por completo de las muestras de dolor que tanto la molestaban, pero que nada la conmovían. El decorado de su cámara era sencillo, elegante, fríamente correcto. No había pájaros que rompieran con- sus trinos el sepulcral silencio de la sala; echábanse de menos flores que recrearan la vista y acariciasen el olfato. Multitud de espejos colgados de las altas paredes permitían verse simultáneamente en todas direcciones. Olimpia cerró las puertas con enojo, cogió un libro y se sentó cerca de la ojival ventana en un sillón de señoril respaldo. La lectura era su mayor entretenimiento; prefería los escritos satíricos en que se ridiculiza á la humanidad; irritábanla las novelas amorosas. Cuando más engolfada se hallaba en la lectura, llamaron violentamente á la puerta: -i Abrid, princesa, por iavor! Abrió Olimpia y se halló frente á su vieja aya, agitada y temblorosa. ¿Qué ocurre? Vuestra madre se muere y os llama á su lado; quiere despedirse de vos. Olimpia dejó el libro y se encaminó á la alcoba de la reina. Alrededor de su lecho sollozaban el rey y las damas de honor. El rostro lívido de la reina asomaba por entre las sábanas finísimas. Al ver á la princesa, dijo con voz apenas perceptible -Hija mía, me muero; consuela á tu padre, procura suplir mi falta con el aumento de tu carmo... ¡Adiós... dame un beso. Olimpia se inclinó un poco y rozó con sus labios la frente de la moribunda. La reina se estremeció; aquel ósculo glacial acabó de congelar su sangre; al frío del beso sucedió el frío de la muerte. La princesa comprendió que todo había terminado y que ya no era necesaria su presencia. Silenciosa y lentamente salió de la estancia. Ni una lágrima humedeció sus mejillas. grima Acostumbraba á pasearse por los jardines de palacio. Se la veía cruzar las alamedas como una blanca aparición; caminaba lentamente, ajena á los encantos que el delicioso parque la ofrecía. A veces arrancaba una flor, y apenas aspiraba su aroma, la arrojaba al suelo, alejándose sin pensar que había truncado una existencia. Hallábase una mañana dando su cotidiano paseo. Ligera é inmaculada túnica la cubría; sobre su espalda flotaba suelta la cabellera rubia. Sofocada por el calor se sentó en un banco bajo la sombra protectora de una acacia. Tomó sus cabellos entre las manos, y después de contemplarlos amorosamente, lanzó al sol una mirada de desafío. Luego entornó los ojos. De pronto llegaron á su oído los dulces sones de un laúd; una voz varonil, y á la par delicada, entonó las siguientes estrofas: Fiera y glacial hermosura, fuente pura que al nacer se congeló; ¡ay, si me otorgara el cielo que tu hielo derretir pudiera yo! Si lograse conmoverte con mi- muerte, mi vida diera por ti. i Dichoso si consiguiera tan siquiera una lágrima por mí... El canto se interrumpió repentinamente, y Olimpia, que lo había escuchado sin enojo, pero sin agrado, oyó al través de la enramada dos voces juveniles que contendían con calor y, á poco, el choque de dos aceros. Sonó un gemido; la enramada se separó dando paso á un esbelto doncel un gesto de dolor contraía su moreno rostro; sobre su pálida frente pendían en desorden sus negros rizos; con las manos ensangrentadas se oprimía el pecho. Dio unos pasos vacilantes y fué á caer á los pies de le princesa. Al verla, exclamó con voz apagada: