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-Señorita- -dijo él pesaroso y como implorando perdón. -Yo sabía que los chiquillos del pueblo andan cogiendo nidos y pensaban trepar por el álamo al menor descuido mío y arrebatarme el del rcyecito. Temí amanecer cualquier día y no encontrarlo. Ellos, los chiquillos mal educados, tienen la culpa. Pensé que usted, que es tan buena y caritativa, que tanto admiró la labor de mi pajarito, era la única digna poseedora del nido admirable, y por esto, antes que los muchachos, indignado con la idea de que ellos me lo quitaran seguramente, lo cogí y se lo mand á usted, señora. ¡Un re cuerdo de la alameda... ¡Los dos estábamos tristes! El quedó sentado a l a puerta de su casa, y yo, habiéndome despedido ha. sta otro año, regresé al pueblo con pena sin mirar á la alameda. En seguida, como consuelo instintivo ante lo irremediable, recogí en cuartillas esta lección del natural para referirla á los niños en forma de cuento. Cuando regresé á Madrid, mis deberes literarios me esperaban pidiéndome cuenta del descanso que me había permitido y empecé á esparcir cuartillas sobre mi mesa de despacho, con propósito de ordenar y corregir aquellos trabajos que fuesen más urgentes. Entre ellos se encontraban los aptmtes de la alameda. Y al ponerlos en limpio, contemplé nuevamente el célebre nido sin cuya presencia me parecía imposible inspirarme. Y... ¡oh gran asombro! En su interior encuentro á la madre muerta de dolor, completamente disecada... ¡Amor incomparable! ¡No hay otro igual! ¿Cómo encontró su nido? Lo ignoro. Sólo puedo afirmaros que, cuando á mí me lo regalaron, no estaban dentro más c ue cuatro huevecillos. Supongo que en el pueblo, durante los días que yo lo tuve con la caja descubierta porque lo contemplaba muchas veces, entraría por el balcón, que, casi siempre abierto, le brindó el paso sin enterarnos nadie... Fuera como fuese, allí estaba muerta la pobre madre, que no quiso separarse de su hogar en la muerte. Yo, queridos niños, acostumbro á obtener de mis lectores el premio que pido por cada cuento. ¿Sabéis cual deseo por éste? Que en adelante améis todos la Naturaleza con los encantos que Dios tiene esparcidos y que los lectores de GENTE MENUDA deis ejemplo, siendo los más compasivos, para evitar estas tragedias, pensando en cuanto sufriría para morirse de pena el reyecito. MELCHORA H E R R E R O EL NAUFRAGO CONCLUSIÓN Un pescador de Marsella pesca un día una botella. Se enteran por tal resorte rlc aquel naufragio del Norte. Sin descan. so allí llegaron y una masa divisaron. En aquel monstruo marinó clavan el arpón con tino. La. ballena remolcada es en el acto trinchada. Y de su vientre, ¡oh, portento 1, sale el náufrago coateato. 318- 314-