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W -A É i -v T Mm s- y UN H EROE A CAiíA. de morir obscuramente, olvidado y pobre, Juan Rosado Martí, más conocido entre sus correligionarios por Bras de ferro, nombre que fué famoso en Valencia en tiempos de la Gloriosa, que llegó á la cúspide de la fama en Madrid años más tarde, y que se pronunció después con veneración durante mucho tiempo, hasta que fué extinguiéndose, extinguiéndose al punto de no ser hoy recordado sino por unos cuantos. ¡Quién sospecharía un final tan desastroso para la gloria y para la persona de Juan Rosado Martí! De Bras de ferro contábanse diversas hazañas, que cele 1) raron mucho los valencianos; pero todas ellas vinieron á tierra, vencidas y arrolladas por la que realizó en Madrid, merced á la cual fué procla- irado héroe con verdadera sinceridad y no menor justicia. Bras de ferro se había trasladado á la villa y corte, y aquí vivía honradamente de su profesión de esterero, empapando sus horas libres en el dorado vinillo de la ilusión. Quiere decirse que no bebía por beber, vaso tras vaso, sino que en todos ello ponía sus comentarios, sus planes y sus esperanzas en, por, sobre el ideal de su existencia. El era republicano, pero no platónico, aunque le obligaran á serlo las circunstancias. El soñaba con la revolución, y en espera del ansiado momento iba y venía con los correligionarios más impacientes, infundiendo el entusiasmo activo por círculos y comités á todos los que dejaban al tiempo ci cuidado de conseguir el triunfo de la idea. Se afilió á varias sociedades secretas, trabajando por la creación de una nueva cuando la antigua se disolvía, y conspiró siempre con una fe que bastaba para convencer á los reacios y aun á los escépticos. Todo ello sin dejar de colocar esteras y de hacer. colchones, no tanto por ganarse la vida como por no infundir sospechas. Bien se puede asegurar que á su- persistente- propaganda se debió en gran parte aquel movimiento revolucionario, sofocado apenas nacido, que llenó durante unas horas las calles de Madrid de ilusiones y de zozoDras. Los que le vieron acudir, convenientemente ar- pondía en aquel movimiento, buscáronle después en su casa y no le hallaron; ni tampoco su nombre en la lista de heridos ni en la de presos... Bras de j había podido escapar estuvo una temporada vagando por los pueblos, sabe Dios cómo, y al fin volvió á Madrid cuan- r do, terminada la oportuna sumaria, se castigó levemente á unos cuantos insurrectos, se indultó á otros pocos y se hizo el olvido para los demás, tratándp de borrar el recuerdo de aquel incidente. Entonces se conoció la hazo. ña de Bras de ferro, primero, entre sus íntimos; luego, entre los Correligionarios, y más tarde, por todo el mundo. Y íué proclamado héroe con verdadera sinceridad y no menor justicia... i? raí Je erro había sostenido las riendas al caballo del general que dirigió el movimiento... El relato de aquellrs instantes de angustia, aumentada por el tiroteo de las tropas y la desesperación del general al verse perdido, conmovíaii á los más enteros, que rodeaban al narrador mirándole como á un Dios que se dignara descender á la tierra. Hubo algunos envidiosos que se permitieron discutir tal cual detalle, como si dudaran de aquella acción sublime. Y hubo también- ¡cosa más rara! -unos cuantos audaces que se atribuían aquel heroísmo... i Cuatro ó seis ciudadanos nada menos dijeron, cada cual por- su cuenta, que habían sostenido las riendas del caballo al desgraciado general... De todos ellos triunfó Bras de ferro, cuyos antecedente. le proclamaban por único protagonista del suceso. Los primeros meses subsiguientes, Bras de ferro era figura obligada en todos los mítines, donde se le enseñaba á la concurrencia que le cubría de aplausos y de vivas. Luego sólo fué presentado cuando repicaban gordo, y ya menos aplaudido. -Se hizO una suscripción á su favor, pues á él mismo le parecía profanar con la aguja de coser esteras aquellas manos que sostuvieron las sagradas riendas. Y cuandc se le acabaron sus productos, fué nombrado conserje de un Casino del partido, que se cerró al poco tiempo, dejando á Bras de ferro otra vez en la miseria: Después le hicieron ordenanza de un i) eriódico revolucionario, no menos efímero que el Casino, y luego vivió... ¡cualquiera sabe cómo, ni si era vivir aquello... Lo cierto es que nadie se acordaba ya ni de su hazaña ni de su nombre, sino cuatro ó cinco de sus contemporáneos que aún viven, dos ó tres de los cuales han acompañado- el cadáver al cementerio. ¡Ni siquiera los periódicos afines dedicaron un par de líneas como saludo final al pobre Bras de ferro, perdido ya definitivamente en el abismo sin nombre de la Historia! ANTONIO PALOMERO,