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mmí ERiEíGm PAGINAS FEMENINAS CRÓNICA DE PARÍS SEPJJEMBRE MIÉRCOLES a O DE A iinque el calor no quiere abandonarnos, pri vándonos con su obstinada insistencia de las delicias que el campo proporciona en Septiembre, las verdaderamente aficionadas á la caza no desisten de su distracción favorita, cultivando el fatigoso deporte heroicamente. Yo las aconsejaría que no se impusieran la terrible penitencia de soportar durante tantas horas el peso del fusil y que dejasen vivir en paz á los l) obres animalitos; pero como no me harían el menor caso, á pesar de sentir verdadera antipatía hacia la mencionada afición, voy á darles algunas noticias sobre su traje. L a característica de éstos debe de ser la comodidad y libertad absoluta de movimientos. Los modelos que he visto reúnen todos los detalles necesarios, excepto el de ser frescos; sin duda, las casas que los han lanzado al público esperaban que para el 15 de Septiembre estaríamos sufriendo los rigores de una temperatura, por lo menos, de tres ó cuatro grados bajo cero. Están confeccionados con paño de los Pirineos, que es muy suave, no pesa y se adapta como algodón en rama. U n a delicia para hacer una excursión á la Siberia. Uno es gris obscuro; la falda, muy corta, tiene cinco tablas en la espalda, pespunteadas hasta la mitad y luego sueltas. El gabancito, también corto, hace juego con la falda; pero las tablas, en vez de pespunteadas, sólo están planchadas y sujetas en la cintura con una trabilla, para que los brazos no encuentren nada que dificulte sus movimientos y puedan manejar la escopeta fácilmente, cosa para mí imposible. Recuerdo como una pesadilla terrible que una de mis amigas, artista muy notable, estaba haciendo el retrato de un niño vestido como el príncipe Fernando de Austria en el retrato que pintó Velázquez, que se conserva en el Museo de M a d r i d el chico se negaba á poser mucho tiempo y yo me ofrecí á servir de modelo para q. ie hiciese las manos enguantadas y la escopeta. ¡N o se me olvidará! P o r vergüenza no la tiré mil veces; aquello pesaba enormemente, se me dormían las manos, me dolían los brazos y no pude menos de pensar que es más fácil manejar la pluma que la escopeta, y en mis manos más inofensiva, porque aunque muchas veces haga bostezar, n o priva á ningún ser de la vida que el Creador le ha dado. P e r o volvamos á la toilette de caza. El segundo modelo es del mismo género, en tono marrón, con una mezclilla n e g r a falda corta, con tabla detrás, pespunteada hasta cierta altura y luego suelta. E n ambos costados se abrocha con botones de arriba á abajo, dejando los tres últimos desabrochados sobre varios pliegues de gamuza, con objeto de darle más amplitud para subir y bajar por el monte. El gabán, muy flojo, tiene el cuello, las carteras y el cinturór de gamuza. Debajo es conveniente llevar una blusa- camisa de franela, con col- cravate de piqué blanco. El gabán tiene varios bolsillos de distintos tamaños para guardar todas las provisiones de toilette que puedan ser necesarias, incluso el espejo, del cual no prescinde nunca la mujer francesa. El sombrero es sencillamente de fieltro flexible y ala ancha, con una cinta alrededor de la copa. Las botas indicadas como complemento, son de gamuza, lo mismo que las polainas. Si alguna de ustedes siente despertarse la afición á cazar, primero tenga un rato la escopeta entre las manos antes de lanzarse al campo. CONDESA D ARMONVILLE. EL SALÓN MODERNO p 1 desarrollo del confort ha suprimido aquel sa lón frío y ceremonioso, que nuestros antepasados abrían únicamente los días solemnes ó cuando era preciso recibir á alguien de mucho cumplido. Las pesadas cortinas de brocatel, el monumental retrato de un señor con peluca blanca y corbatín hasta las orejas, la sillería militarmente alineada y la semiobscuridad indispensable, imprimían al cuarto un sello de tristeza y malestar que oprimía el corazón y helaba las sonrisas. El salón moderno, por el contrario, es alegre y confortable, tapizado de telas claras, muebles cómodos, colocados de modo que sea fácil formar grupos, para que la conversación pueda tener el encanto de la intimidad, imposible de obtener cuando se hace una visita sentada en severo estrado, ante la rígida figura de un señor con corbatín. El salón moderno, no modernista, reúne todos los atractivos soñados; es una habitación donde se está siempre, y en la cual se escribe, se lee, se juega, se hace labor y se charla. Sus dimensiones y la disposición de los muebles permiten que cada uno cultive sus aficiones sin molestar á los demás. H e visto uno precioso, sin suntuosidades ni alardes de lujo, pero con innumerables detalles del más exquisito gusto. Cubiertas las paredes de papel blanco y celeste, con coronitas de rosas, igual á la cretona que tapiza los muebles, de laca blanca, todos ellos de diferentes tamaños y forma. E n un saliente, á modo de mirador, tiene la rotonda de cristales convertida en gabinete, ó, mejor dicho, en rinconcito de lectura y labor, sin duda unidas, por ser dos ocupaciones que requieren silencio, la primera, para apreciar y disfrutar de lo que se lea. y la segunda, por ser, si no siempre, con frecuencia, un pretexto para dar rienda suelta al pensamiento y dejarle recorrer sin interrupciones fastidiosas el pasado, el presente y algunas veces hasta el enigmático campo del porvenir. Su decorado es sencillísimo: visillos de batista blanca moteada, un diván semicircular, muy blando, con muchos, muchos almohadones de batista bordada é incrustada