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amante que debiera haberlo hecho, tuvieron que cubrirle la cara con un moquero de los planchados, como lo prp onaban los agudos dobleces que lo surcaban, cuadriculándolo, pues realmente el cadáver aquel, que miraba, producía cierto escalofrío de espanvo. Á media mañana llegó el médico, caballero en un fementido matalón. De mal humor y con prisas venía el hombre. La noche anterior, entre el boticario y el juez de paz le habían sacado los redaños en el tresiliO, dándole un codillo innoble y cortándole una bola de esas que no tienen escape. Además, se le había puesto enferma la yegua, que se revolcaba á puros torozón r- y, por añadidura, la señora médica había tcriido durante la noche uno de sus frecuentes patatuses, ahuyentadores del sueño y del descanso del malhumorado esposo. Para pedirle un favor venía el matasanos. Hombre piadoso era el galeno y cuatro rhanos de malilla y de tute había echado en sus mocedades con el difunto, cuando aún no lo era, Gedeón amigo, y cuando entró á ver á éste, arrodillóse algo conmovido, y le rezó un pater noster. Como ya allí nada tenía que hacer, desertó la cámara mortuoria, y sobre una mugrienta mesa extendió la papeleta de defunción del viejo amigo. Todos los circunstantes mirábanlo de reojo, como si aquel fuese el momento crítico en que el mé dico, con su pluma, daba la puntilla al pobre abuelo. Y con el consabido Salud para encomendarlo á Dios fuese el doctorcete cr- los trastos de matar á otra parte. Pobre y destai talado era el cementerio, sin nichos, sin capilla; un camposanto tan santo como campo, á fuerza de bendiciones y de abandono, verdadera necrópolis de aldea, en la que la hierba crecía alta, lozana, ocultando las torcidas cruces de las sepulturas. En un rincón, junto al muro, no muy firme, se abría la que al viejo había de ti agarse, y junto á su boca, ansiosa ya de presa, fué colocado el huerco, portador de la humilde caja de madera, pintarrajeada de negro. Ape. na- s descendió el ataúd al fondo de la fosa, tras el último responso, la familia del muerto y el séquito después, arrojaron sobre el féretro piadosos puñados de tierra que, paganamente, deseaban le fuera leve al difunto, á quien, con ella, enviaban su último beso; y la tierra, al caer, reíase gozosa, repicando con sus piedrecillas y sus arenas sobre a sonora caja, en alegre toma de posesión de aquello que suyo había sido y suyo tornaba á ser. Siguiendo la costumbre del pueblo, la familia doliente se alejó de la huesa para despedirse del cortejo á la salida del camposanto; y tras ella, al barrunto y á la husma de la propina, salió el enterrador, encargado de la tarea de acabar de dar tierra al muerto. Y cuando duelo y acompañantes hubiéronse despedido con el interminable lo mismo digo despedida de pura fórmula, pues unos y otros regresaron juntos al pueblo, volvió el enterrador junto á la hoya para dar fin á su faena, y al irse acercando parecióle oír ruido de tierra que aún sobre el ataúd caía, resonando al golpetear sobre éste. Empuñó la pala, hundióla en el removido montón y quedóse parado al oír claramente golpear dentro de la caja. Si; el muerto llamaba desesperadamente, golpeando con puños y pies y hasta gritando con ahogados ayes lastimeros. No se espantó el sepulturero; antes se revistió de valor, y diligente saltó al hoyo, montándose sobre el ataúd, y con el pico del azadón hizo saltar la mal clavada tapa de la caja. Aún tuvo tiempo de ver el rostro de supremo espanto del enterrado, con los ojos fuera de las órbitas, y de oir sus últimas palabras, que encerraban todos los terrores de todos los tormentos del infierno: ¡Vivo... ¡Vivo... ¡Me habéis enterrado vivo... Y entonces sí que cayó muerto el sin ventura, y muerto de veras. Cuando el juez preguntó á la familia del resucitado la verdadera hora de la defunción, la joven, muy naturalmente, contestó: -Pues verá usted, como morir, murió á eso de las diez, de la noche, pero nosotros hemos dicho que á las cuatro de la tarde. ¡Como ustedes no entierran hasta pasar las veinticuatro horas, no íbamos á quedarnos con la gaita del muerto en casa... VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibajo de Méndez Bringu