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agonía. P a r a las gentes del mas (masada) morir así era mor -repentinamente. El día anterior, sin ir más lejos, había pasado por allí el facultativo, sin encontrar en el enfermo nada alarmante, y éste, sin duda por dejar mal al doctor, había dado en la tecla de morirse. Son tozudos estos viejos, tercos como muías de la Sagra, y como á ellos se les ponga una cosa entre ceja y ceja no liay quien de ella los apee, ni aun pidiéndoselo por las ánimas. F. l había dicho que se moría y se había muerto de una vez, sin volverse atrás y por salirse con la suya. Dios Nuestro Señor lo haya perdonado y allá nos espere muchos años en santa paz. E n la alquería- -sin contar con los crios, porque no se puede contar con ellos, -cuando ocurrió la defunción del viejo, no había más gente cjue el hijo del difunto, reventado de trabajar y que ya dormía á pierna suelta, y la nuera, la joven, que aún trajinaba por la casa antes de recogerse. Al ir á hacerlo, ocurriósele á la mujer dar una vuelta por el cuchitril del abuelo para descolgar un. ristra de cebollas y hallóse al cuitado muerto ya caliente aún. Esto de llamjr la joven á la nuera que en la casa del suegro reside, quiere decir que la tragicomedia se desarrolla en Cataluña, y si me permitís que en un breve paréntesis os diga algo acerca de esto, ábrolo aquí, para cerrarlo poco más allá, diciendo: ¡lámase la joven- -elidiendo la palabra mujer- -á la nuera que pasa á convivir con los suegros, para distíngu. rla de la vieja, la otra mujer que en la casa ordena y m a n d a la suegra. Y con esta explicación se quedan estas gentes tan satisfechas, porc ue no saben otra, que da la casualidad de ser la verdadera. Jove viene del latín juvare, ayudar, cj ue es, precisamente, á lo c ue va la nuera á la casa pairal de su marido. Y la prestación personal, la ayuda mutua, se llama en la provincia de I érida jova, y jova se llama también al camino vecinal abierto por este común esfuerzo. Y ya está cerrado el paréntesis, antes de que me cerréis vuestros indulgentes oídos. Llamó la joven á su esposo, comunicándole la noticia del inesperado tránsito del abuelo, y el hombre se levantó á regañadientes, malhumorado, como ac uel á quien cortan el primer sueño sin endulzárselo con algo que merezca albricias; y entre uno y otro ataudaron al anciano, antes de que se les congelase con los hielos de la muerte, realizando la operación con la misma naturalidad que si se tratase de meter en el horno el pan ya leudo, que no admite espera. L a ropa buena, aunque estrenada diez años había (para la boda de ellos) no se la pusieron, que aún estaba romo recién comprada, y con el otro traje podría pasar tan ricamente, y calzándole las alpargatas, manchadas de barro, y estirándole bien brazos y piernas, dieron la tarea por terminada, rezando un padrenuestro, que ya se les volyía hacia adentrOj creyéndose olvidado Como ya era tarde- -las diez de la noche, -dejaron para mañana lo de avisar á deudos y amigos, tornando- e! hijo á su camastro á dormir otra vez, y la mujer, después de colocar una mariposa junto á la yaci; a del muerto, tieso ya, se acostó vestida, junto á su marido, que roncaba su orfandad desesperadamente. Comprende éis esta frialdad de afectos cuando os diga que el muerto no tenía ya nada ue dar. Hereu (mayorazgo) había sido él de su casa, y Iteren c- a de la de é- l el durmiente. Por derecho propio, cuanto la masía encerraba era suyo y aun la propia masía, con sus rados, bosque, tierra y ganados. Un pequeño dote entregado á sus liermanos al casarse cada cual de ellos y el sostenimiento del padre viejo- -y viudo ya- -era toda su obligación, aunque el tal no trabajase, (pie sí ue trabajaba, y l) uenos duros recogía descorcliando alcornoques. Y como esta obligación había sido cum lida, el hereu estaba al cal; o de la calle. El viejo, que no estorbaba, porque aún producía tal cual coseja, era tnuy dueño de morirse cuando le viniere en gana el hacerlo. ¡Un día ú otro, ello había de ser! Muy de mañanita llamó la joven á sus hijos, nietos del difunto, y enviólos con la novedad al pueblo y á las masías cercanas para avisar á los demás hijos del finado y, de camino, al médico, no sólo para cjue supiesen lo ocurrido, sino para cjue fueran dando los pasos. Cuando salieron los chicos amanecía apenas Octubre mediaba ya, con sus tardías alboradas y sus adelantados anocheceres. Poco á poco fueron acudiendo á la casa mortuoria los huérfanos casados, con sus mujeres y sus c ías; después llegarían los parientes, todos los cuales compensarían el jornal perdido comiendo abundantemente en la masía, y á la liora del entierro comparecerían los vecinos y los amigos. Recibíalos á todos la joven, llorosa y apenada, con las misma: lágrimas para cada uno de los concurrentes, y apoj ándosc en la imjmnidad que brinda la inconsciencia, hija del desvarío del dolor, se las soltaba como puños á cuñados y concuñadas, echándoles en cara el despego hacia el padre muerto, de quien estaban todos distanciados por cuestión de intereses; la cuestión eterna: la única cuestión. I loriqueaban las mujeres husmeando la cocina y rebufaban los homljres recordando el viejo vino de la casa, no gustado desde sus mocedades, y los chiquillos, envidiando á sus primos la importancia de ser de la casa del muerto, acompañaban á los mayores, con los ojos agrandados por la curiosidad y por el miedo, á ver el difunto, que había quedado muy bien, cual si durmiera, con las manos descansando sobre el vientre, como si tratase de sujetar el plato con sal que en él le habían colocado para que n o se hinchase. Como el muerto insistía en abrir los ojos; quizá por no habérselos cerrado á tiempo la mano