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pronto unas pesetillas en coche. Cuídese usted, cuídese usted, don Trinitario. Otros no dejan pasar nada que se refiera á la indumentaria de sus amigos. -i Caracoles! ¡Vaya un chaleco, Ciríaco! ¿Te gusta? -Tenía que volver á nacer para llevar semejante adefesio, ¿Cuánto te ha costado; con hechura y todo, dos pesetas? No tanto, hombre! -Pues no habrá sido mucho más, aunque tú eso el precio te importa poco, ¿verdad? -No sé por qué. -Ciríaco, ya me conoces; si te ofendes, como si íc alegras. Yo le digo la verdad al gran turco. Tú no pagas á nadie, esto lo saben hasta en Marruecos; y si no, dime: ¿qué sueldo ó renta tienes? Hay también muchos que atacan directamente al físico; y á las primeras palabras que se cruzan con alguno, le sacan á relucir cuantos defectos tenga. -i Vaya usted con Dios, don Indalecio! -i Adiós, Fanegas! Voy muy de prisa á la oficina; me espera el jefe. -Pues como abra usted el compás, ya está allí. Menudas piernas gasta usted; se parecen á los palos del telégrafo. La verdad, don Indalecio, usted ya me conoce de sobra, soy incapaz de mentir. Cada, vez que le contemplo me admiro de que haya habido mujer capaz de unirse á usted. Yo seré feo y raro; pero me gana usted, don Indalecio. ¡Qué pesuñas i Pojiía usted prestarlas á la marina de guerra para el tráns- porte dé materiales á Ceuta. Sus ojos son doS huevos pasados por agua; la cabeza, un bote de pirñientos riojanos; en fin, que es usted un bicho, don Indalecio. Lo cierto es que estos ingenuos abundan y mortifican. Todos conocemos algún ejemplar, y su duro meollo les dicta constantemente esa serie de brutalidades, sin darse cuenta de que se les huye como á mulo coceador, tolerándoles tamañas groserías por la unanimidad de concepto que tenemos formado acerca de su persona cuantos les conocemos. Todos están marcados física y moralmente como, brutos que pertenecen á la misma ganadería. Suelenser de buena estatura, de burda presencia, gruesos, r i color no hace al caso, mas por lo regular son m o renos. Como complemento de su indumentaria llevan esado garrote, con puño de asta de ciervo, y con él suelen á modo de pisón golpear fuertemente el suelo, árboles, fachadas de los edificios y, en general, cuanto está al alcance de su ariete. Sus aficiones suelen ser la caza y los toros; detestan la música y todas ¡as bellas artes; sus platos favoritos: el arroz con pollo y los callos y caracoles. Sin estar afiliados á ningún partido, piensan siempre mal de las clases pudientes y elevadas, siendo receptáculos donde se almacenan las más extravagantes y absurdas calumnias. Dotados de excesivo amor propio, carecen de la más elemental cultura, y hablan de todo: de lo divino y de lo Innuano, insultando desde el primer momento que notan la menor nniestra de disconformidad en el que ha tenido a prudencia de escucharles. ¿No conocéis á ninguno? Hay ingenuos que sablean, pero sin salirse jamás íel molde, sin dejar ni un instante de ser sinceros. -Don Epifanio, estoy sin un céntimo, y pensando n quién me podría prestar cinco duros, me acordé de usted. Yo bier. sé que es usted hombre de puño en rostro; pero ¡caracoles! tiene usted bien cubierto el riñon y carece de hijos, por lo menos que yo sepa; ¡ja! ¡j a! -Usted me perdonará esta franqueza; pobre soy, pero digo lo que siento aunque después me ahorquen, lí- adelantarme usted cinco duros es lo mismo que si yo diera esta colilla al trapero; sobre todo, don Epifanio, la verdad es siempre la verdad, y jamás salió íie mi boca otra cosa. Usted, en uno de ésos chancliullos de ladrillos ó cal, gana más dinero que tiene el i! anco... y -Jv r 1 ri 1 J í algo parecido á lo que un amigo mío dijo hace poco? días á uno que le pedía unas pesetas, al mismo tienipí. que le zahería abusando de su llaneza y poca dobleí. -A franqueza, franqueza. La sinceridad obliga. No le presto á usted esos cinco duros porque no me Claro es que á estos ingenuos se les suele contestar da la gana. R. VELASCO PAJARES. Píbujos de Medina Vera, De uuestro Concuriío. r. o- raa: -Paiarota.