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Su madre se ha tendido en la mecedora, y con los brazos enarcados hacia el respaldo piensa en inquietudes domésticas. Su hermana se ha asomado al balcón y, recostada sobre el barandal de hierro, charla y ríe con una vecina. Unas nenas cantan canciones ingenuas y antiguas en la calle. Acaso una sirena se lamenta despidiéndose del puerto. Y usted después de leer mi carta saldrá al balcón, donde está su hermana, y mirará hacia el linal de la calle, pidiéndole á la esquina la silueta (le su novio. ¿Cómo será su vida? Yo la sueño semejante á la de una muchacha á quien hice versos en no importa qué provincia. Irá usted al paseo los domingos: un paseo de palmeras, sobre cuyas hojas polvorientas resbalarán las notas ua la charanga metida dentro del quiosco. Oirá misa de doce siempre en la misma iglesia, engañando su impaciencia de salir por entre la doble fila de muchachos conocidos. Sus padres se abonarán al teatro cuando la feria, y en la baranda de la platea apoyará sus brazos enguantados y jugará con el abanico y los gemelos de concha. Y quizá en un día inolvidable, visitando un cañonero que venía ó iba á tierras presentidas, habrá sufrido una honda tristeza, un gran cansancio de los días monótonos, y aquella noche se acostaría sin poder cenar, mmtiendo dolor de cabeza, y habrá llorado pensando en los países que nunca ha de conocer, donde tal vez exista un hombre que la supiera amar. -Pablo Sitbirana. De ella á él. II de JVIayo. Amigo mío: He recibido sus dos cartas. La primera me hizo reflexionar; la segunda me entristeció. He reñido con Jacinto (Jacinto era mi novio) Ha sido un rompimiento brusco, irreflexivo, que aquí atribuyen una vez más á mis novelerías. ¡Yo novelera! Pobre de mí, que me conformo con esperar la felicidad sin ir á buscarla. Le contaré cómo fué la riña. Estábamos en el paseo- -ese paseo de palmeras y charanga militar que usted ha presentido, y J acinto me preguntó de pronto: -Oye, ¿no has vuelto á recibir ninguna postal del tipo ese de Madrid? (El tipo ese de Madrid era usted. Generalmente, los hombres, cuando hablan de otro hombre á una mujer, siempre dicen el tipo ese -No; no he vuelto á saber de él. Estoy tan poco acostumbrada á mentir, que me conoció la mentira. Insistió. Yo iasistí. Y cuando ya estaba á punto de asomar en él la grosería, tu e el valor de decirle la verdad; que me había usted escrito, no una postal, sino una carta. Se puso muy pálido; se mordió los labios, y conteniendo la rabia, dijo: -Me enseñarás esa carta. ¡No! A mí misma me asombró la firmeza con que negué. Noches anúcs, en el teatro Principal, le liabía oído decir la misma palabra, con aquella misma entonación de seguridad, á la primera actnz dé la compañía. ¡Está bien! ¡Hemos terminado! Luego he sabido que habló con mis padres. Mi madre me ha sermoneado y he tenido que enseñarle sus cartas. Me ha aconsejado que no le escriba más. Jacinto se ha ido á un cortijo que tiene en la provincia. Y yo, finalmente, me he quedado un poco intranquila pero dispuesta á obedecer á mi madre. Su segunda carta ha tenido la culpa de lo contrario. Me he entristecido. Su evocación provinciana no puede ser más exacta en todo, menos en lo que se refiere á mi belleza. Soy fea. Sinceramente, sin falsa modestia, con toda lealtad, lo juro. Soy fea. Una prueba: No tengo una sola enemiga. Todas, todas las muchachas nablan bien de mí, aunque yo no esté delante. Otra prueba: No he tenido más qué un novio. Otra: Cuando llega un forastero y alguien intenta presentármelo, empieza por decirle: Verá usted qué mujer más inteligente. Hago esta confesión porque... voy á Madrid y desearía conocerle personalmente. Todos los años por esta época mi madre y yo aprovechamos los trenes baratos para ir á Madrid y elegir los sombreros de verano. El viernes salimos de aquí; llegaremos á esa el sábado. Si tiene gusto en verme puede buscar á Julio Garcés, un poeta paisano mío y amigo de usted, según me ha dicho en repetidas ocasiones. El sabe dónde vamos á parar y puede hacer la presentación. Un apretón de manos de su buena amiga, Matilde Gracia. III TARJETAS POSTALES De ella á éi. 25 de Mayo. Amigo mío: Estoy quejosa de usted. Esperé hasta hoy impaciente su larga carta prometida en la estación. ¿Por qué no me ha escrito? La corrección me mandaba esperar en silencio; pero el temor de que algo imprevisto, el estado de su salud quizá, lo haya impedido, me decide á escribirle. Siento además una gran curiosidad (y bastante miedo) por saber lo que le he parecido á usted rengo derecho á su sinceridad. Muy afectuosamente, Matilde. De ella á éi. 26 de Mayo. Francamente: No esperaba eso de usted. Acabo de leer su cuento La piedra en el lago Un primor literario. Muy justo el símbolo de la piedra que cae en el agua tranquila, la estremece en círculo cada vez más grandes, que luego se deshacen, y el agua recobra de nuevo su tersura. Puede usted vanagloriarse de haber herido certeramente n j vanidad. ¡Está bien, señor Subirana! No creí ser tan fea que un hombre de talento no supiera perdonar esa fealdad siéndole grato- mi espíritu. Pero decirlo en público y desde una revista, de la que se venden en esta ciudad varios cientos de ejemplares, me parece una felonía. -Matilde Gracia. JOSÉ FRANCÉS. Dibujo (le Méndez Bringn