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Algo vanidosa, pero franca, es la confesión. No importa. Antes bien, parece una frase de algún personaje de sus novelas. Conozco todas ellas. De los novelistas que ahora hablan de la mujer, os usted tal vez el único que nos comprende, porque tiene la delicadeza de no ruborizarnos nunca, como dicen los hombres ruborizan otros autores que suenan mucho y cuyas obras leemos las mujeres bastante menos de lo que ellos se imaginan. Su última obra Lejos... acierta de tal modo en lo que debe ser el amor, que casi hace llorar. Sinceramente su admiradora, Matilde Gracia. j De él á ella. l o de Abril. P o r este correo le envío deflicadas las dos novelas Lejos... y La madre indiferencia. N o vea el menor asomo de vanidad en ello, como yo tampoco he visto en sus des tarjetas anteriores nada molesto para su sensibilidad. Tengo el presentimiento de que seremos buenos amigos. Ni 3 0 pienso hacerla el amor, ni usted debía a: eptarlo. Creo muy oportuna esta advertencia para que siga adelante nuestra amistad. H o y en Madrid llueve. Causa una gran melancolía acercarse á los cristales de! balcón y ver que la noche ilega sin crepúsculo, caminando por el cielo gris como una mendiga, no como una reina después de la batalla donde su rey enemigo perdió la sangre y el oro. Buenas noches, amiga mía. -Pablo Subirana. De ella á él. 17 de Abril. Buenos días, amigo mío. Su tarjeta me ha hecho mucha gracia. Palabra de honor. Efectivamente. A pesar de que no piensa hacerme el amor, ha acertado usted. Seremos dos buenos amigos; pero nada más. Tengo novio y piensa casarse conmigo. Le molesta la literatura y tiene ei instinto del hogar y de la fidelidad. H e creído un deber mJo enseñarle nuestras tarjetas y pedirle permiso para seguir escribiéndolas. Se ha encogido de hombros sonriendo. N o crea usted por esto que soy rica y á él no le interese otra cosa cj ue aumentar su hacienda. E s que él es así, con una gran confianza en el porvenir, porque se eacontró el presente como un regalo magnífico. Al nacer no hubo más que buenas hadas en su cabecera. Gracias por las dos novelas. I as pienso volver á leer. L a vida de provincia es muy propicia á la lectura. Mi padre, además, es hombre que no se cuida de en qué gasto el dinero cjue me da para alfileres, y mi madre es la única que frunce el ceño cuando ve c ue en las cuentas del librero de la plaza Mayor importan casi tanto los libros de texto de mi hermano como los míos d e vaga y amena literatura No sé si entenderá esta tarjeta, aunque me he esforzado en hacer la letra muy chiquita y en cruzar lo menos posible. -Matilde Gracia. II CARTAS De él á ella. 21 de Abril, x -miga m í a Perdone que busque más amplio campo á nuestro epistolario. Si usted quiere, puede seguir- escribiéndome en postales; pero yo se- guiré haciéndolo en cartas, á menos que usted... ó su novio se opongan. Me interesa usted mucho, amiga mía. N o me había engañado al juzgarla una mujer distinta de las anteriores. Juega usted con su corazón como una juglaresa con puñales; pero me voy á i) ermitir darla un consejo: Hábleme de su novio cuanto guste, pero no vuelva á hablarle á él de mí. Esto, suponiendo que en ese amor tenga usted empeñada una gran parte de su vida. Porque si á su novio no le importa que usted se escriba con otro hombre, es que no es digno de su cariño: ó por robradamente bueno ó por irremediablemente malo. Y ninguna de las dos cosas puede convenirla. Los hombres, y más los hombres españoles, no concebimos el amor sin los celos. Además, Matilde, cuando una mujer ensena a! novio las cartas de otro hombre, ó es que le quiere mucho y pretende avivar por este peligroso medio el cariño que empezaba á apagarse, ó es c (ue... N o perdone que me calle la segunda suposición. Volvería á juzgarme vanidoso. Siempre suyo, Pablo Subirana. De él á ella. 30 de A b r i l Amiga m í a ¿P o r qué n o me ha contestado usted? ¿Acaso mi carta anterior pudo llevar alguna involuntaria ofensa? L o sentiría, porque esta amistad ha llegado á ser una de mis más gratas preocupaciones cotidianas. H o y el día ha sido claro y envuelto todo él en una luz de verano. Sol de oro y sombra azul, l or las calles han pasado trajes blancos y bocas rojas. Los árboles tienen ya su pleno verdor, y las sillas y los veladores de los cafés se han desbordado sobre las aceras. Y ahora que es de noche, una noche plácida, con bruma de calor y cielo luminoso, he pensado en tierras del Sur y he pensado en usted. T e n d r á usted una frente ancha y azulina, con opulencia de oro ó negrura de ébano; sus ojos, que tal vez sean azules por amor de mar, que tal tal vez sean negros por lógica de su sangre española, sabrán de miradas largas y de brillos de alegría. Será usted alta, ondulante, y ahora, en estos días en que el sol gusta más que nunca de la tierra, vestirá un vestido blanco, y entre los encajes se asomará castamente la rosa de su carne. Sus manos las sueño pulidas y con hoyuelos, con uñas curvadas que raspen sin ruido las teclas en los val ses frivolos, y su blancura na de hacer bien en la roja encuademación de un libro, en la negrura del devocionario y en la policromía de un ramo de flores. Tal vez su novio la llame loca en sus silencios, en alguno de sus llantos silenciosos y sin motivo ó en una risa inmotivada y -orprendcnte para ocultar un rubor ó agradecer un gozo. Vivirá usted en una casa blanca, de poca altura, con azotea florecida de tiestos y desde la cjue se verá el mar y los incendios del sol en las horas benditas del crepúsculo. Una tarde- -el sol encobrece con reflejos rojos las torres de las iglesias, pone un temblor de oro en las últimas ramas de los árboles, empurpura las puntas de las velas latinas y separa los dos azules del cielo y del mar como una rasgadura ígnea y sangrienta- -la llega la visita de mi carta. L a costura tiene blancor de nieve en los cestos.