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Córtese por ex a raya. LAPICEROS NUEVOS o i á cualquiera de vosotfos os Ilevarati á una tienda de objetos de escritorio y os pusieran delante de los ojos todos los lapiceros que hay allí de venta para que escogierais Uno, seguramente pasaríais un largo rato sin saber cuál elegir. ¡Los hay de tantas clases, y todas tan bonitas! Sobre todo los modernos, cuyas barritas están escondidas y aparecen de la manera mecánica más sencilla, son preciosos; Pefo no se ti- ata de hácet ún reclamo, á los fabricantes, rli siquiera de habláí de ÍOs lapiceros que podríamos llamar de lujo. Éstos lapi cefos, tan bonitos y tan eleganteSj pueden considerarse como obje tos de adornO; Claro es que sit- ven para el uso indicado; pero el mismo esmero de sü construcción invita á usarlos en contadas ocasiones. ¿Quién usa estos lapiceros en su casa, sobre todo si tiene que emplearlos en trabajos continuados? Nadie. Se llevan, generalmente, en el bolsillo, para lucirlos en la calle, cuando hay que tomar las señas de un amigo ó hacer una apuntación cualquiera. Quiere decirse que, á pesar de todas las competencias indiistriales, siguen usándose los lapiceros económicos, aunque, naturalmente, se usan más los qUe son mejores, es decir, los que dan mejor resultado. La enormidad de este consumo ha originado una cosa que era dé esperar. Los buenos lapiceros estaban construidos con madera de cedro, y ya va siendo difícil procurársela... ¡Bosques inmensos han desaparecido para servirnos esta necesidad! ¿Verdad que parece increíble? Y como también es difícil encontrar una buena madera que ofrezca cierta resistencia al cortaplumas, los industriales se han dedicado á buscar una materia equivalente. Parece que la han encontrado. Por lo pronto, en Berlín se ha constituido uña sociedad para fabricar lapiceros... ¿de qué diréis... De patata... Claro es que no se emplea la patata tal como sale de ia tierra, sino que es preciso someterla á ciertos procedimientos quí- micos; pero el caso es que los lapiceros nuevos son de patata... ¡Ya ¡o saben los chicos que se meten el lápiz en la boca! Ahora sólo falta que hagan de carne la barrita, para que un lapicero resulte... i un biftec con patatas! snii- LA MARIPOSA Y LA CIGARRA Una mariposa de preciosas alas, cor bellas labores azulea y blancas, se hizo presumida al verse alabada, y pensaba sólo en lucir sus galas. Desde que en Oriente despuntaba el alba hasta que en Ocaso el sol se ocultaba, por valles y montes volaba, encantada de que la mirasen, de que la elogiaran. Una vez, á tiempo que tras las montaña; el sol se ponía, ella regresaba á pasar la noche en florida mata, y por el camino halló á una cigarra, que era su vecina de alcoba en la planta. -Dime, vecinita- la dijo muy lánguida. ¿No te da á ti pena cuando el día acaba? -Pues, mariposilla, sí te he de ser franca, no me causa pena ni me importa nada. Me paso los días canta que te canta, y al caer la tarde me siento cansada; por eso, al contrario de lo que te pasa, me da mucho gusto -899- pensar en la cama. -Bien dice la gente que pasa por sabia que sobre los gustos no hay escrito nada. A mí me revienta lo que á ti te encanta. ¡La noche! j Qué cosa tan sosa y tan mala! ¿TÚ no ves que á obscu no sirve de nada ser bella, pues nadie la beldad repara? i Dime, francamente, si no es una lástima! -Lástima sería si cuando llegara quedaran del todo perdidas tus galas; pero al otro día brilla la mañana, i y vuelves á hallarte lo mismo de guapa I- -Como se conoce que eres de otra raza, y que la hermosura no te dio sus gracias. -Pues, fea ó bonita, vivo resignada. -Pues yo no si nadie me mira y me alaba. ¡Ay, luz! Allí brilla, en aquella casa; la luz me enamora y voy á buscarla. Allí todo el mundo alabó sus galas, y ella, por lucirlas, se acercó á la llama, y la vanidosa pereció abrasada. CH.