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í í fs LAS CONCLUSIONES DEL DOCTOR ZIMMERMANN f ü D o s vosotros conocéis al doctor Zimmermann, miembro del Imperial Instituto de Ciencias de Berlín, socio honorario de la Academia Imperial de Viena, caballero del Cristo de Portugal, de Carlos III de España, oficial de la Legión de Honor de Erancia, etc. etc. Filólogo, poeta, jurisconsulto, psicólogo, el doctor Zimmermann es también un respetable hombre práctico. Imperialista en Alemania, repubKcano en Francia, liberal en Inglaterra, el buen doctor lo mismo inclina su espinazo ante las testas coronadas de la vieja Europa como ante las levitas republicanas de la joven América. Hegeliano en su juventud, el doctor Zimmermann conserva en su edad madura las huellas del filósofo que, metido á revolver los chirimbolos de la filosofía, fué, sin embargo, respetuoso para su Emperador. Receloso como Shopenhauer, juerguista como Comte, algo ti- astornado como Nietzsche, el doctor Zimniermann vive de Congreso en Congreso, de agasajo en agasajo, de conferencia en conferencia. Este año ha perorado en Heidelberg, en Maguncia, en Ginebra, en Bolonia y, aprovechando un kilométrico que comprara en Barcelona hace tres meses, ha visitado Sevilla en Semana Santa y hace pocos días Madrid. El doctor Zimmermann ha venido á visitarme. Me encontraba en la cama cuando llegó el buen doctor. Mi criada anunció un tipo estrafalario, algo así como un poeta incomprendido ó como un anarquista precoz. Como los sastres alemanes son muy inferiores á los españoles, el Sr. Zimmermann usa un chaquet inverosímil que le sienta bastante mal. Luego lleva una corbata negra de seminarista extremeño, un sombrero flexible como el de Unamuno, un paraguas rojo, que debió prestarle Asorín cuando se hizo diputado, y que ya está desteñido; unos zapatones yanquis, un bigote alarmante, unos ojillos de un azul sucio muy filosófico, unas correas cruzadas cotí una cartera, que cualquiera diría que contiene unos gemelos, pero que yo sé que lleva un frasquito de coñac. El doctor me saludó ceremoniosamente. Quería que yo le sirviera de cicerone. Un amigo común de ambos, Henry Cortot, francés, me rogaba este favor. Zimmermann venía á estudiarnos. El doctor no viaja por el simple placer estético de viajar, sino para documentarse y rellenar con nuevos y abundosos alimentos la provista alacena de su cerebro. Procediendo lógicamente, el doctor ha estudiado antes de venir á España libros franceses. Sus conocimientos geográficos son bastante exactos; en un diccionario francés ha leído que Albacete es la capital de la Mancha; en L Echo de Perpignan, que D. Antonio Maura ha sido fraile franciscano; en Le Journal, que Bombita es secretario del Rey. Andalucía ha sido su fuerte. Pero como no han asaltado el tren los bandoleros, ni ha podido saludar á M. Vivillo, ni ha visto al arzobispo en la plaza de toros, ni le han enseñado las ligas las sevillanas, Zimmermann estaba desorientado y triste. -Créame e! amigo- -confesaba, -como en Berlín. No hay nada pintoresco. En Madrid ya es otra cosa, ¿no? Me vestí en un santiamén y salí con el doctor á la calle. Pasamos por la de Sevilla á las doce. Infinidad de muchachas bonitas alegraban el cuadro; dos señores con sombrero de copa- -que parecían senadores- -hablaban de Canalejas; una orquesta de ciegos atacó las primeras notas de Cavallería. Zimmermann comenzó á impacientarse. ¡Oh, oh! Las muchachas visten como en París. Pero ¿y los toreros de la calle? Bajamos á la Puerta del Sol. En la acera del ministerio, Zimmermann recordó una anécdota profunda. En esa acera los ministros han dado muchas veces lumbre á los franceses para encender el cigarrillo. ¿Y el ministro? -preguntó. -Én el despacho ó en la cama.