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l t V iw- -TT- TOy i -1- t Wií 5 ifr w V EL BILLETE DE CIEN PESETAS eso lo decimos, es que aquel caballero no se había encontrado su billete perdido. Era el tal un alto empleado que en cierta ocasión se quedó con algunos billete de cien pesetas. Púsose á recordar dónde y con quién estuvo aquella tarde, y dedujo lógicamente que fondos, y acometido después por el remordimiento el billete se le cayó de la cartera cuando la abrió en se propuso restituirlos silenciosamente, del mismo Recoletos para apuntar las señas de un amigo que le modo que los adquiriera; y, entre gentes diversas, ya que no podía saber á quién pertenecieron los suyos. paró un instante. Esta pérdida que, aun siendo siempre sensible, no Juzgando á los demás por él mismo, nunca quiso ensignificaría gran cosa para mucha gente, para Ca- tregar cantidad alguna sino directamente á los desyetano era una catástrofe. Porque sólo tenía aquellas graciados. Al leer el anuncio de Menéndez, supuso cien pesetas, más veintitrés; en plata y sesenta cénti- que le harían verdadera falta las cien pesetas, puesto mos en calderilla, para acabar el mes, y era el día lo. que llamaba al corazón del prójimo; y como estaba Se le imponía, pues, la terrible necesidad de pedir un seguro de que no se las devolvería el que se las enanticipo en la modesta oficina donde trabajaba, cosa contrara, quiso él. ocupar su puesto con aquella ficque jamás intentó durante sus quince años de servi- ción que caía de lleno, dentro de su programa. cios inmaculados y ejemplar conducta. No habría pasado im cuarto de hora de esta visita, Sin embargo, Menéndez alimentaba la consoladora cuando. Menéndez recibía la de un joven obrero que esperanza de encontrar su billete. El era un optimis- venía á entregarle su billete. Cayetano se sintió más ta. Creía en la honradez ingénita de la humanidad, y, conmovido que antes y le gratificó con dos duros, juzgando á todos por él mismo, no suponía capaz á cantidad que al donante le pareció justa. Parecerá extraño que consignemos que tampoco ningún hombre de quedarse con lo que se. encontrara, luego de conocido su legítimo dueño. Por eso decidió era aquél el billete de Cayetano Menéndez... Mas, anunciar la pérdida en la sección económica de los así y todo, es cierto... Aquel joven se lo había enperiódicos, prometiendo la correspondiente gratifica- contrado en Recoletos, efectivamente; pero lo perdió ción á quien le entregara el billete, de tal á tal hora, un señor que ni siquiera se dio cuenta de la pérdida. Y aunque resulte mucho más extraño, hasta el en su domicilio. En efecto. Al siguiente día, y á poco de sonar la punto de parecer inverosímil, tenemos la obligación hora marcada, se le presentó un caballero y le, en- de decir que momentos antes de extinguirse el plazo tregó el billete, negándose, además, á recibir la re- marcado en el anuncio, se presentó en casa de Cayetano. una pobre vieja á entregarle su billete. ¡Y éste compensa ofrecida. -El cumplimiento del deber no merece ningún sí que era el suyo! El la dio las veintitrés pesetas y los sesenta céntimos que le quedaban sueltos, y estuvo premio- -le dijo con aire sentencioso. Cayetano Menéndez no se atrevió á- insistir, y sin- apunto de llorar, de emoció. n. y Y al salir á ia calle, -Menéndez se afianzó en su tió una alegría conmovedora, más que por recup erar su drnero, por haber comprobado la exactitud de su creencia de que la humanidad es honrada por natucreencia, raleza, sintiendo más firme que nunca su saludable Lo qué no sabía Cayetano, pero nosotros sí, y por optimismo. L llegar á su casa, Cayetano Menéndez comprobó, A con el natural sentimiento, que había perdido un ANTONIO PALOMERO.