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mi ER ímismñ H ¡PAGINAS FEMENINAS CRÓNICA DE PARÍS MIKRCOLES 6 DE SEPilEMBRE P arece increíble que cada ocho días se descu bra algo nuevo en el gabinete reservado de la- grandes casas de m o d a s y digo en el gabinete reservado, porque en los salones dedicados al público en general permanecen expuestos los mismos modelos durante un mes. I. as creaciones sublimes, á veces extraordinariamente arriesgadas, se ocultan cuidadosamente en un recinto pequeño donde sólo tienen entrada las que por su reconocido buen gusto están consagradas como elegantes. P a r a ellas, y sólo pensando en ellas, se idean las más deliciosas toilettes; pero algunas veces la fantasía del modisto traspasa los límites de lo correcto, y esas señoras, quizá inconscientes, las a; eptan sin advertir sus defectos. Líe visto con verdadera satisfacción una nueva tendencia bonita y aceptable. Me refiero al estilo griego. Los dos modelos que voy á describir salieron del mismo taller y tuvieron distinto destino uno fué á poder de una de esas personas que no conciben el chic sin un exceso de transparencia, y el otro lo adquirió una dama del faubourg, de las que se visten debajo de su vestido; esto bastará 3 ara hacer comprender á mis lectoras que la moda es adoptable, y lejos de exigir el maillot de seda, reclama, y hasta impone, el uso de la enagua de batista, prenda indispensable para la mujer, aunque algunas extravagantes opinen lo contrario. L a forma de estos trajes es muy graciosa y amplia, con mucha pleguería y un galón de oro ó plata bordado en sedas de colores suaves que baja desde los hombros y se cruza sobre el pecho, rodea el talle y se anuda en el lado izquierdo de la falda. El primero es de crepé negro, con aplicaciones de guip ure sobre viso orange y galón de plata azabache y sedas de varios tonos. El segundo es buenamente ideal: de seda blanca muy flexible, casi una gasa, bordada con sedas lasa, formando guirnaldas de rosas y cubierta de tul pointillé de cristal; el galón de plata, sedas y cristal. El- cai ítulo de sombreros, siempre nuevo y siempre interesante, nos ofrece dos géneros: el sencillo de mañana ó tarde, pero compañero del taillciir, que es simplemente un fieltro flexible, más ó menos grande, susceptible de levantar á gusto de su dueña, y el de vestir, que tiene el raro capricho de unir á la paja pieles, terciopelo y flores. lis más que grande, inmenso, de paja blanca; la copa, cubierta de terciopelo negro, rodeada de rosas, y el ala con un pequeño borde de skung. Como detalle de última hora, tiene dos cintas anchas, también negras, que, desde ambos lados de la copa, vienen pasando por debajo del ala á anudarse detrás de la oreja izquierda, con caídas lue llegan hasta el borde del vestido. Los velos y gasas están en desgracia. Las m u -liachas jóvenes y bonitas piensan, sin duda, que no deben ocultarse detrás de una malla, y las que ya han traspasado el límite de la primera j u ventud, ¡salen tan poco en pleno día! Sólo se las encuentra sentadas alrededor de una mesa de bridge, pero nunca en la playa. Los abrigos crecen en suntuosidad; de crcpc de China bordada, con grandes guarniciones de pasamanería; de chantilly ó tul alourdi, con bordados de oro y plata y bordeado de pluma ó m a r a bú. Realmente, el nombre de abrigo no es el más apropiado puesto que su misión se reduce á voiler la figura. P a r a las noches frescas, la vuelta del iennix ó del golf, son muy confortables los abrigos de ratine; sobre todo, el blanco es el predilecto de las sportswamen. Esto es todo lo que he podido sorprender en los grandes baúles que hace unos días emprendieron el camino hacia Deauville. Cuando Alejandro Dumas, padre, descubrió B ronville y se deleitó con un modesto almuerzo servido por una aldeana en la más limpia de laA posadas, no sospecharía el brillante porvenir que el capricho de la moda reservaba á aquel bonito rincón de Normandía. LA CONDESA Ü ARMONVILLE LA F I E S T A DE LOS N I Ñ O S p 1 día amaneció espléndido, sin una sola n u b e al calor sofocante de la semana anterior, sucedió una dulce temperatura; la terraza del Casino, invadida por preciosas chiquillas y encantadores marineritos, me hizo pensar en el rincón del cielo predilecto de los ángeles. Sus infantiles y alegres risas semejaban gorjeos de pájaros, y sus cabecitas en constante movimiento, infinitas flores balanceadas á impulsos de la brisa. Sonó la hora señalada para el baile, y todos corrieron en dirección al salón, seguidos de varias institutrices y alguna mamá. Arriba el calor era sofocante, la atmósfera irrespirable. Aquellos niños, que momentos antes trasladaron mi imaginación á las regiones celestiales, entonces me inspiraron compasión, figurándoseme pobres víctimas de cruel tiranía. Allí ya no había niños, todos eran hombres y mujeres en miniatura, y sus corazoncitos empezaban á sentir las primeras amarguras que el mundo proporciona. Cuando el baile estaba en todo en su apogeo, sorprendí varios diálogos que me impresionaron vivamente. Dos niñas muy monas se lamentaban del poco caso que las hacían; una de ellas exclamó con tristeza. D e s e n g á ñ a t e para todo hace falta suerte en este mundo. Mira á Lili, que no es tan bonita como nosotras y siempre tiene dos ó tres alred dor, y hasta se pelean por bailar con ella. -3 4 5 8 7 8