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por í sla raya. UN RASGO DE DIGKENS V J abéis leído alguna obra del famoso novelista inglés Carlos Dickens? Si no conocéii ninguna, pedid á vuestro papá quejos compre La niña Dorrit ó El hijo de la parroquia, por ejemplo, que están traducidas al castellano. Veréis como os gustan. Dickens, entre otras cosas buenas, tenía un gran amor á los niños y los pintaba admirablemente en sus novelas. Habéis de saber que este gran novelista murió pobre, lo cual no debe sorprenderos mucho, porcjue ese es el final obligado de casi todos, los escritores y artistas, articularmente de los nacidos en otrqs tiempos, en los cuales no se pagaba tanto como ahora la prodúpcíóft artística y literaria. Sin embargo, Dickens tenía dinero y liabía ganado bastante con sus. obras. Pero, como todos los grandes escritores, desconocía el valor del dinero. Siempre tuvo fama de generoso. Y esta generosidad fué, sin duda, la c; iusa principal de que muriera pobre. Entre otros rasgos suyos, se cuenta el siguiente, que le retrata de cuerpo entero. Se encontró una tarde á uno de sus mejores amigos, llaniado vFechter, el cual le dijo, con señales de abatimiento, que el director de un teatro, con quien había tenido algunos negocios, le reclamaba la cantidad dé 3.000 luises, que son 60.000 pesetas. Dickens no lamentó mucho la noticia. Dio la mano á su amigo y las büei? as noches, dejándole solo y sin las palabras de consuelo que seguramente esperaba. ¡Tal vez pensaría Fechter en aquel momento que Dickens no era unbuenainigp suyo y que tenía el corazón demasiado duro! A 14 mañana siguiente llamaron á la puerta de Fechter. Ei aí el director del teatro en cuestión, el cual le dijo, lleno de amabilidad: -r- ái querido amigo... ¡No corría tanta prisa... Le hubiera esperado utíos cuantos días. ¿De qué me habla usted? -contestó Fechter asombrado. ¡D e nuestra deuda... I Anoche estuvo Dickens en mi casa, á entregarme de parte de usted los tres mil luises... Y vengo á darle k usted las gracias. j Así hacia las cosas Carlos Dickens I- 294 LOS BURROS TERGOjS En un caminó vecinal que unía dos pueblos de importancia, un puente ya muy viejo se fué hundiendo y al cabo lo deshizo una riada. iVIientras que construían uno nuevo T qué hacía mucha falta, pues no había otro paso sobre el río hasta después de andar tres leguas largas, colocaron estacas y tablones, y por ellos pasaban con mucha precaución, porque su anchura sería escasamente de una vara. Los burros á pasar se acostumbraron cuando iban con sus cargas, y cuando andaban sueltos por el campo también el puentecillo aprovechaban. Una tarde volvía desde el prado, donde entonces pastaba, el borrico más viejo é importante que había á la sazón en la comarca. Al entrar en el puente vio á otro burro por la parte contraria, y con voz estentórea y campanuda dijo de esta manera al camarada: ¡üh, pollino inconsciente! ¿No has miradc que un señor asno pasa? Vuélvete atrás y deja el paso libre, como hacen las personas educadas. -Oiga usted, señor asno- -dijo el otro, -usted en mí no manda. Y no quiero volverme y darle paso, porque de burro á burro no va nada. -Es que los dos á un tiempo no cabemos. -Eso ya se me alcanza; mas, ¿por qué he de ser yo quien se retire? ¿Cómopor qué? Porque me da la gana. Por la misma razón sigo adelante. -A terco no me ganas. -Ni usted á mí. -Y los dos, tercos que tercos, iban adelantando por las tablas. De este modo, por no ceder ninguno, al darse un encontrón fueron al agua. -891- -CH.