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C ¡1 Plaf! hizo el cuerpo de D. Antolín sobre el suelo al descender violentamente de la caballería que hasta alK le hubo llevado. ¡Vaya con Aldeacharco, y cómo contribuía á la extensión del turismo! El tío Zapatones tuvo, sin embargo, otra idea- -aquel día estaba felicísimo, -recordando que cuando estuvo un ingeniero que fué á medir unas tierras se hospedó en casa de la tía Cachaña, y que, tal vez, ésta quisiera recibir á D. Antclín. -Si es que usted piensa pagarlo- -añadió sentenciosamente el hombre. A casa de la tía Cachaña se encaminaron, y ella se mostró propicia á recibir á D. Antolín, excusándose de que no pudiese darle más comodidades. -Aquí tendrá usted limpieza y un agua muy rica. D. Antolín echó una mirada á su habitación y tembló. Era poco más grande que la despensa de su casa en Madrid; tenía por toda ventilación la puerta, y por toda ella caminaban unos bichos sospechosos. -Conforme- -dijo, resignado, -me quedo, pero la quiero sólo para mí. Sí, me sobra toda esta gente. Y al decir esto señalaba con la punta del pie á los insectos que le querían disputar la posesión del cuarto. Una vez instalado, D. Antclín se echó á la calle para recorrer el pueblo y reconocer el lugar donde iba á pasar su tranquilo y apacible veraneo. Salió con zapatillas, camisa de dormir y un ancho jipi, para librarse del sol, pensando al propio tiempo en los infelices que veraneaban en las playas del Norte. ¡Lo incómodos que andarían á aquella hora, embutidos en planchadas camisas y aprisionados sus pies por capatos y botas! ¡Ahí va! -oyó decir D. Antolín, y como en aquellos momentos no iba por allí más que él, comprendió que á él se referían. ¡Mírale! ¡Ahí va! Esto fué lo que de continuo oyó decir el veraneante durante su paseo, comprendiendo que su presencia había despertado la curiosidad de Aldeacharco entera. Y así al día siguiente y lo mismo al otro, siempre objeto de la curiosidad y de las miradas del pueblo entero. En cuanto se asomaba a la puerta, los chicos le rodeaban; si salía á la calle, las cortinas y andrajos que colgaban de las fachadas se alzaban á su paso, dejando ver indiscretas miradas. Si se. aventuraba al campo, los trabajadores le acechaban y le miraban como temerosos de que fuese á robar alguna n 1 íii Á fruta; si permanecía en su casa era interrumpido continuamente por la presencia de la tía Cachaña, su patrona, que se acercaba á él sigilosamente para vigilarle. ¡Y siempre el constante ahí va mírale de aquellos brutos! ¡Ni que fuese un bicho de lo más raro que existe en la Zoología! Respecto al trato de la tía Cachaña, no había por qué hablar. Sopa, huevos, jamón y carne de cordero. Al tercer día de estar in. stalado, la patrona vino á anunciarle la visita del alcalde. D. Antolín salió á recibirle muy satisfecho por su atención, pero se quedó estupefacto cuando le oyó decir. -La verdad, vengo, como autoridad, á enterarme de á qué ha venido usted á este pueblo. A mí no me engaña usted diciendo que ha venido á veranear. ¿Esto más? D. Antolín convenció lo mejor que pudo al alcalde y penetró en su habitación con una tremenda resolución adoptada. La de marcharse inmediatamente de un lugar donde era él el único veraneante. Despedida de la tía Cachaña, que aprovechó para cobrarle como si hubiese estado hospeclado en el mejor hotel de Ostende ó Trouville, vuelta al burro del tío Zapatones, y j ala á la estación! A los dos días, D. Antolín, embutido en una camisa planchada, un smoking y aprisionado en unos zapatos de charol, se. paseaba por la terraza del Casino de San Sebastián. Y cuando aquello estaba á gran complet, aún le parecía que había poca gente. ¡Tenía metido en los oídos el fatídico ahí va de Aldeacharco. Todo, todo, menos ser er ún ¡co veraneante A. R. BONNAT. Dibujo de Medina Vera.