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m ti r j j. EL ÚNICO VERANEANTE C UANJJO D. Antclín decidió emprender su adoptó mm resolución verdaderamente leche. El había ido á veranear, jicro no á cí; gcr una veraneo insolación por aquel maldito camino que le separaba heroica. ¡Aquel año se dejaba de playas conocidas y frecuen- de su lugar deseado. ¡Pii! ¡Pii! El mixto que pasa; el tío Zapatones, tadas! Nada de San Sebastián ó Biarritz, donde ya demasiada gente amiga y donde hay que vestirse más que mete en el furgón sus dos cantarillas y ue luego se pone or completo á la disposición de D. Antolín, que para asistir á ima función de gala. Un pueblecito tranquilo, apacible, donde el oxígeno anduviera des- y éste, que se acomoda, lo menos incómodo posible, sobre Platero, apreciable asno, que no recibe de muy perdigado por las calles y donde no hubiera la menor noticia del smoking y denlos cuellos planchados, i Ah, buen humor la carga del forastero, el cual arroja una respetable diferencia de peso sobre los dos cántaros qué delicia... Don Antülín supo, por su criada nada menos, que de leche que Platero está acostumbrado á soiiortar. La entrada de D. Antolín en Aldeacharco es verdaAldeacharco de Arriba era una preciosidad escondida deramente triunfal. ¡Ríanse ustedes de la de Radamés en la Sierra, y allá se encaminó dispuesto á darse un en Alda! veraneo de rechupete. ¡Un forastero! ¡Un forastero! -gritan coma ¡Pobre D. Antolín! Su primera contrariedad fué dres y chicos, y todo el mundo acude á las puertas de al llegar á la estación de ferrocarril más próxima al las casas, descoso de contem 1 ar al recién llegado. pueblo donde pensaba permanecer sus buenos tres el cual despierta una curiosidad mucho mayor que si mesec- tos. Para trasladarse desde aquel punto á Alfuese un bicho raro. de? charco no había ningún servicio de diligencias, coches ó automóviles. Qué hacer? Porque en los- -Hágame el favor de llevarme á la fonda del planes del veraneante no entraba el de hacer siete pueblo. kilómetros á pie ¡lor una carretera en la uc no lia, Si le hubiera dicho al tío Zapatones que le condubía más sombra que la proyectada por los hilos del jera á la vivienda de Mahoma, ó que le presentase á telégrafo. un general indio, no le hubiera producido al propieAfortunadamente, un mozo de la estación vino á tario de Platero y guía de D. Antolín mayor estupesacarle del apuro. facción. ¡A hi fonda! ¡Rediez! ¿Y qué era eso? -No se apure usted. Al tren de las seis viene el- -Hombre de Dios, algún sitio donde yo pueda cotío Zapatones con su burro para facturar dos cánta- mer, dormir y estarme los dos ó tres meses que quiero ros de leche. De no tener encargos que recoger, en permanecer aquí. el burro del tío Zapatones puede usted ir tan cómoVuelta á rascarse la cabeza el tío Zapatones, para tlamente como en un eslipin. ver si por este sistema de frotamiento se le ocurría ¡Qué remedio le quedaba á D. Antolín más que re- alguna idea, y, por fin, romper á hablar. signarse! Dirigió una mirada al reloj, vio que falta- ¡Ya! Comprendido. Lo que usted quiere es estar ban cinco horas, completamente mortales: echó otra de huespede. ojeada á la polvorienta y humeante carretera y se- -Exacto- -contestó D. Antolín, encantado de que dejó caer sobre un banco del andén, decidido á espe- el labriego hubiese comprendido lo que queria. rar resignado al hombre d. cl burro y! n, -cántaros de- -Eso. de huespede; bueno, pus aquí no hay de eso.