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¡No seas mala... -Ni tú misionera... ¡Calla! Un vals... ¡La orquesta preludia mi vals! i Abur, abur... Bien pronto cada una tuvo su pareja. A la aviadora cúpola en suerte un viejo académico de la Lengua. Con los mil rumores producidos por conversaciones, á veces mantenidas en alta voz, claro es que apenas se oía la música, y, por lo tanto, difícilmente podía llevarse el compás; pero la cuestión era pasar el rato y agarrar de la cintura á una mujer y tener la boca junto á su oído para verter en él esas mil frases halagüeñas, esos cientos de flores, esais enervantes y encantadoras ternezas que en muchos casos levantan en el corazón femenino verdaderas y lujuriantes primaveras donde florecen todas las ilusiones. L) e pronto trepidó la orquesta en un loco galope de notas, al que pusieron fin unos cuantos compases de exquisita dulzura. ¡El vals había terminado... Leopoldine, del brazo del académico, sintió detrás de ella la voz de su marido. ¡Oh! Es usted encantadora, verdaderamente encantadora- -decía á su compañera. Era ésta una mujer joven, morena, con el cabello de una corvina negrura y con los ojos, también negros, de mirar enérgico y enervador. Su escuálida faz reía con expresión picaresca, y bajo el elegantísimo traje su cuerpo se agitaba con un desasosiego nervioso lleno de voluptuosa euritmia. El, académico vino á poner término á sus observaciones. -Créame, señora... Bailando con usted he sentido una impresión nueva, una impresión de temor y orgullo á un tiempo; porque usted, tan joven y tan adorable, pueae morir pronto; porque usted, mecida en mis caducos brazos, ha sido mecida por el euro y el céfiro. A ratos me figuré que su boca me repetía los versos del clásico: Como los ríos, que en veloz corrida se llevan á la mar, tal soy llevado al último suspiro de mi vida... Y me puse triste, ya que es usted como un lucero envuelto entre celajes... ¡Oh! ¡Galanterías... -Un poco fúnebres, señora... -Pues no hay por qué lo sean, á fe mía. El viento no es tan traidor como lo pintan. Se deja navegar como un mar de infinita anchura. Nada en él acusa bajíos ruines, ni peligrosos acantilados, ni caribdis ó sellas ladradores. Se sube, se sube siempre. Da gusto ver á los hombres tan pigmeos, á los pueblos tan pequeños, á las cabalas humanas tan deleznables... ¡Ah, subir, subir siempre! -Sobre todo en la grata compañía del bien amado... -Es verdad, es verdad... Salieron á una avenida de gigantescos y blancos álamos. En un banco estaban sentados Louis y la morena de ojos aniquiladores. Louis la contemplaba como en éxtasis jugueteando con su abanico, y la dama deshojaba despaciosamente una rosa marchita, cuyos pétalos caían sobre su falda como lágrimas milagrosas. Al sentirlos hablar, Louis abandonó su asiento y acudió precipitadamente á saludar al académico. Después presentó su compañera á su esposa. ¡Laurita Arroyo... Las dos mujeres se contemplaron fijamente, y entre las pupilas negras y azules, ambas fosforescentes y asesinas, hubo un momentáneo duelo á muerte. El académico, no en balde de la Lengua, continuó la conversación con Louis: -Decía á su señora que es muy peligrosa la aviación. Yo, por mi parte, nunca me atrevería... Leopoldine y Laurita paseaban juntas bajo los álamos, llenos de extrañas garrulerías. Y la vecina orquesta sollozaba lentamente e n t r e las obscuras frondas... IIÍ Por la noche, en el hotel, después de haber comido, Leopoldine manifestó que estaba muy cansada. Louis, en cambio, dijo que tenía vivísimos deseos de ir al teatro. Al ponerse el abrigo para salir, unos pa- peles cayeron al suelo. Leopoldine, cuando se encontró sola, los recogió y se puso á examinarlos bajo la esmerilada lámpara, que vertía sobre su rostro una palidez opalina y crepuscular. Era una esquela que decía Luis de mi alma: Te quiero ver esta noche en el teatro. Mañana vuelas, vuelas, pajarillo mío, y justo es que goce la voluptuosidad de contemplarte acaso por última vez. Sabe que la Muerte, la Descarnada, te ronda, te persigue, te cela, te adora; pero mucho, muchísimo menos que tu L. A. Con la. esquela había un retrato. Leopoldine, al verlo, susurró tenuemente: -i Laurita Arroyo... Y una perlada lágrima ungió la fotografía de su rival... ly Ya han sacado el biplano del cobertizo. A su lado se encuentran Leopoldine y Louis sonrientes y serenos. Sus mecánicos repasan por última vez la máquina. El cielo está nublado; pero el aire duerme. En los límites del aeródromo se apiña la muchedumbre. En las tribunas hormiguean los grandes y aristocráticos penachos de los sombreros femeninos. Cuandij los aviadores ocupan sus asientos, cuando el biplano se despega del suelo, un aplauso ensordecedor se extiende por la soledad augusta de los campos. Leopoldine, ambas manos en el gobernalle, vira, con una precisión admirable. Primero da una vuelta á la pista y después comienza á elevarse majestuosamente. En pleno aire, Louis agita todavía la caperuza despidiéndose del gentío. Apenas se perciben: ya sus vivas y sus palmadas. Pasan una calva colina, y á voces dice Louis: ¡O j o! Pasamos sobre la cabeza del académico... Después atraviesan un pueblo. La torre, insignificante, se alza en medio de las casas y chozas como un índice robusto extendido hacia la perenne interrogación del Infinito. En ella suenan pausadas las campanas, y tan tenuamente se percibe su lento tañer, que parecen notas arrancadas á un tímpano infantil. Ambos guardan silencio. Comienza a llover. Leopoldine, pálida, vira para tornar al aeródromo, pero en otra dirección, pues quiere pasar sobre un bosque de pinos. El motor trepida y la hélice bufa bajo el tamborileo de la lluvia. Cuando están sobre los pinos centenarios que ennegrecen el llano, Leopoldine dice también á gritos y con los ojos llameantes fijos en Louis: -Esta negrura de los pinos, ¿no te recuerda la cabellera y los ojos de Laurita Arroyo... Louis siente un escalofrío en la medula; pero, disimulado, se contenta con ordenar riendo ¡Al hangar... La gente espera bajo la lluvia... -No te llevaré, no, á los brazos de tu amor... Muramos, muramos... La aviadora agarra el gobernalle con todas sus fuerzas; el biplano gira sobre sí mismo; percíbese un crujido horrendo y viene después la caída en el vacío hacia la inhospitalaria tierra, donde acecha 1; Muerte... Al día siguiente los periódicos publicaron la foto grafía del aeroplano hecho añicos. Estaba caído er. un claro del pinar. Lna de sus alas se apoyaba en uri centenario pino, cuya fronda había destrozado. La hélice, empotrada en la tierra bermeja; el estabilizador, desmenuzado; el cordaje metálico, retorcido y deshecho; los poderosos tensores, rotos... ¡He aquí cuanto quedaba de la soberbia máquina que cruzara el espacio... A su lado los periódicos publicaron también los retratos de Leopoldine y dé Louis rodeados de orlas negras. Invariablemente, debajo de ellos se encontraba una crónica, é invariablemente, el cronista maldecía, en estilo más ó menos ditirámbico, á las ráfagas asesinas... Y yo os suplico que no los saquéis de su error. Después de todo, si el amor los mató, ¿qué es el amor sino una loca y traidora ráfaga... JÓSE A. L U E N G O Dibujo de Méndez Brínga. 3 4 5 6 78