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giendo á sus pies y con el rayo silbando sobre su cabeza Mouchard, el primero que de un solo vuelo fué de París á Pau; Brulard, el que vio el escorzo de los Alpes suizos y pasmóse de estujior y de miedo al contemplar los fantasmas de los picachos gigantescos emergiendo de los abismos y coronándose con diademas de traidoras nieblas, y, finalmente, la afamada por intrépida y hermosa Leopoldine Raymond, que puso el honor de su sexo á gran altura, á una altura de más de mil metros que alcanzó en el aeródromo de Buc. El público comenzaba ya á impacientarse porque hacía tres horas que esperaba en vano. Como de antig uo se sabe que los duelos con pan son menos, veíase por todas partes á los buenos ciudadanos acometiendo á mandíbula batiente sabrosos y suculentos manjares que hacían más tolerable la e spera. Para los sesudos filósofos hubiera sido motivo de tristes especulaciones ver cómo los mortales se alimentaban tranquilamente mientras uno de sus prójimos acaso chocaba contra las rocas ó descendía en vertiginosa caída hacia el suelo con las alas i otas; pero ¿qué hemos de hacerle... La humanidad se ha blindado el corazón) en cada cerebro habla, más ó menos solapadamente, un Zaratustra. ¿La compasión... ¡Pst... ¡Una baratija! ¡Lástima que no sea cosa tangible para colocarla en un museo arqueológico... ¡Eh! ¡Mirad, mirad! Allí viene uno... Un hombre alto y huesudo, de vivaces y pardos OJO. S, tendió su índice hacia las lejanas montañas que azuleaban en su serenidad granítica; según sus indicaciones, hubo que dirigir las miradas hacia el cementerio del cercano poblado, que coronaba un alcor; en lo más alto dos ciprescs recortaban y cimbreaban gallardamente sus fúnebres frondas. Precisamente sobre ellos se divisaba un puntito negro. Contra él se asestaron lentes y gemelos. Todos lo vieron, todos temblaron de gozo y de temor; sonó en el silencio una palmada, y en seguida surgió vibrante un aplauso ensordecedor, mientras millares de A oces clamaban: ¡El primero... ¡Viva! ¡Ahí viene... Pasaron los minutos y el puntito negro no se agrandó, sino que continuaba como clavado en el espacio. Su inmovilidad alarmó á las gentes. En la aviación no avanzar es perder terreno, precisamente lo mismo que en la mística, donde detenerse es retroceder. Pronto vino del aeródromo vma desconsoladora decepción. ¡Era una cometa... La distancia enmascara los objetos. Sin ella ¡cuántas ilusiones morirían en su cuna! Una honda tristeza invadió á la muchedumbre, y como está demostrado que la tristeza malogra las digestiones, he aquí por cuan extrañas vías una cometa que vaga en el aire influye en el enriquecimiento de médicos y boticarios. Todavía transcurrieron dos horas sin que se advirtiera nada de particular, cuando, repentinamente y rasgando en dos una nubecilla que parecía una gran pluma de cisne, se divisó un aeroplano. Entonces no cabía duda. Se veía el puntito negro como antes, pero á los lados se extendían dos protuberancias que pronto se alargaron: eran las alas. Además no se estaba quieto. Avanzaba á extraordinaria velocidad y se agrandaba por momentos. Ya se distin 5; uían sus varillas metálicas, ya se oía el trepidar del poderoso motor, ya la hélice relumbraba al sol agitando sus aspas, ya llegaba al campo de aviación, ya se distinguían el piloto y su compañero de viaje, ya viraba reptando gallardamente en semicírculo, ya descendía á ras de tierra, ya las ruedas tocaban el suelo de la meta... i Y, al fin, aterrizó... ¡Viva, viva, viva... -gritaban de todos lados hasta enronquecer. Cuando el aviador saltó á tierra vióse que era la gentilísima Leopoldine Raymond. Se bebió en cinceladas copas el Champagne de honor; se discurseó de lo lindo: el alcalde, en un explicable rapto de entusiasmo, ia apretujó contra su corazón; por supuesto, en nombre del ptieblo; y todos convinieron en que la corona de la gloria caería muy bien sobre aquel rostro amasado con rosas y claveles, sobre aquellos buclesrubios que ponían una ensortijada greca en la pañosa caperuza con que Leopoldine se cubría la cabeza. El compañero de viaje, que era su marido, compartió los saludos de todos. Sin embargo, hubo de quedarse sin el abrazo del alcalde, cosa que algunos comentaron sabrosamente. Los fotógrafos híciéronles tornar al aeroplano para retratarlos en una pose conveniente, y los periodistas privilegiados movieron sin cesar los lápices para apuntar sus menores gestos y sus más insignificantes frases. La gloria llegaba detrás de los intrépidos voladores. Bajo el plácido sol, en medio de los campos que callaban asombrados, -Leopoldine, clavando en su esposo sus ojos azules como el cielo y misteriosos come grutas sibilinas, le dijo amorosamente: ¡I.o uis, vencimos... ÍI Pasados varios uias, en los que el venturoso matrimonio tuvo tiempo de holgar y de saborear su triunfo, tanto mayor cuanto que ningún otro aviador había alcanzado la mota del raid, Leopoldine y Louis asistían á una garden- party que en su honor celebraba, una vieja marquesa, muy rica en pergaminos nobiliarios y físicos y riquísima en rentas y caudales. El gran mundo llenaba los amplios ja- dines que, con la primavera, estaban llenos de flores, frondas y perfumes. Al son de valses soñadores y de polcas beatíficas y de rigodones extáticos, las horas se deslizaban benditas, mil veces benditas. La reina de la fiesta era Leopoldine, al menos para los hombres, pues las mujeres difícilmente aceptan diademas cuando adornan testas femeninas. La dueña de la casa, orgullcsa como nunca de su papel, la llevaba siempre colgada del brazo, y todos se admiraban de que aquella muñequita frágil y tentadora se atreviera á luchar con las tempestades, con los huracanes y con las nieblas. Un grupo de ancianas la rodeó, y por labios, ya que no por dientes, de una duquesa fuéle suplicando que contara algunos episodios de sus viajes. ¡Ah, señoras mías... Si nada tengo que contar... He subido á grandes alturas; he visto las llanuras y los valles desplegar en lo hondo sus verdes alfombras; en ellos he divisado los pueblos, tan pequeños á veces que recordaban los peones en el tablero de ajedrez. Y siempre me ha rodeado una paz absoluta, un silencio por nada roto... Solamente una vez, al trasponer un picacho, hube de espantar un águila que dormía tranquilamente en su nido. Púsose á seguirme, y cuando se cansó, fuese quedando á la zaga hasta desaparecer... -Pues yo he oído hablar de luchas entre águilas y aviadores... -Tartarinadas, señora. Las aves se contentan, como los hombres, con pasmarse. Otra vez... Unas jovencillas vinieron á interrumpir á la narradora. ¡Cómo! ¿Qué hace usted aquí? -exclamó una sobrina de la rnarquesa. -La han secuestrado las ancianas. ¡Véngase con nosotras... ¡Pero si apenas la hemos disfrutado unos ins tantes! -i Egoístas! No les haga usted caso. -Atrapen ahora á su marido. -Si lo deja quien lo tiene... ¿Quién es... -Laurita Arroyo. -Laurita se muere por tratar á los hombres célebres... -Pues Sanjurjo no es una notabilidad y... -Le daría un anticipo de muerte. ¡Claro está! Todo hombre es una celebridad en canutillo. -Y una larva de fama. ¡Larva! Sanjurjo es un tubérculo. -i Vaya, vaya! No murmurar. -Entonces, tiíta. nos iremos á casn