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fvT- 9 SS! 9 EL GESTO DE LOS BURÓCRATAS T iRECCiON de l a M u í es. Entro en un ancho por talón, en el que galoneado portero, las manos atrás, la apagada colilla entre los labios, pasea despaciosamente setenta inviernos su desteñido casacón y i.i humor propio de la edad y del oficio. ¿Es ésta la Dirección de... -preguntóle algo aturullado. ¿No lo ve usted allá arriba? ¿O es usted ciego? -Sí, pero... -tartajeo atrevidamente; -es que, en muchas partes, no siempre el rótulo hace á la cosa. -Ta, ta, ta; bien- -me ataja. -Mire usted: allí está el Registro. Y al tiempo que me encamino al designado sitio, pienso (ya nadie se sustrae á la manía de pensar) pienso que en este momento son directamente proporcionales la irritabilidad del pobre empleado y mi pazguata ignorancia. Hacia un ángulo del musgoso patio, por el que reciben luz todas las dependencias de esta capilla del Estado, obsérvase amplia puerta que da entrada al Registro En él, tras vetusta mesa, tintosa y polvorienta, adivínase entre la semiobscuridad del fondo la figura sedente de un señor al parecer cincuentón, cómodamente enchaquetado, que plumea sobre colosal libróte. A mi proximidad, la figura yergue la cabeza de sobre el infolio, y, aprovechando el instante, espetóle un suave ¿tiene la bondad? mostrándole un escrito, una instancia en solicitud de copia de documentos que necesito y que obran en aquella Dirección. La figura que escribe contéstame automáticamente, como usando una fórmula muy repetida: -Siéntese, si quiere, y espere turno. ¿Sabría decirme- -replico cautelosamente- -si el señor Covarrubias... -Décima sección- -me interrumpe, maquina Registrado mi escrito, soy autorizado por el diligente covachuelista á pasarlo á manos, al tiempo que mi carta, del Sr. Covarrubias, el mismo jefe del negociado que ha de entender en el asunto que allí me lleva. Después de recorrer altos, estrechos, atufados corredores empapelados ó blanqueados (aún no lo sé) aboco ante una verde mampara que ostenta el letrero de la sección que yo busco: Décima sección. -Viudedades. Empujo suavemente y penetro en una reducida oficina de paredes semiaculotadas por mareante atmósfera de tabaco. En cinco mesas despachan otros tantos señores, calvos relucientes unos; pelicanos los otros. Juzgando por el más selecto menaje escribientil de la mesa de la izquierda (ministra, claro es) presumo que á su ocupante corresponderá allí la más alta jerarquía. ¿El señor Covarrubias? -preguntóle, inclinándome cortésmente. -El mismo. ¿Qué se le ofrece? -Esta carta... -Tome asiento- -me dice, y quita un rimero de papeles de sobre una silla próxima para ofrecérmela. Leída la carta: -Perfectamente- -añade, gustoso de la presentación que en la epístola se hace. -Usted dirá en qué puedo serle íitil. -Deseo obtener los datos que en este escrito se piden, con objeto de... El Sr. Covarrubias lo toma de mis manos. Aferra con su diestra la dorada armadura de sus gafas sobre el corcovo caballete de su afilada nariz; repantigase, orondo, en su sillón de vaqueta, y en un santiamén, acercándose el escrito á flor de pestañas, devóralo con sus ojos miopes, lanzando, brusca, sobre él, su mirada