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1 LA MOSCA SUICIDA L famoso Granes soiia contar- en- ÍUS momentos fie cómica indignación, y con ai) uel inmiitable gracejo que será eternamente recordado, el episodio de la mosca suicida, cuya exactitud habrá podido comprobar el que más y el qtie menos en uno de los minutos trágicos de la vida veraniega. -Vamos á cenar á cualquier parte- -decía- -v nos encontramos con una mosca que vuela, se posa aquí y allá, vuelve á volar, vuelve á pararse para reponer sus fuerzas, y zumba constantemente con el deseo de fastidiar todo lo que pueda. Como ya está uno acostumbrado á estas molestias desde su más tierna infancia, apenas se fija en el inmundo bicho, y sólo procura espantarle con la mano cuando se excede un poco en sus vuelos amenazando nuestra integridad personal ó la del alimento... De este desprecio se aprovechan todos los de su especie para liacer lo que se les antoja, desde tiempo inmemorial... Pero, ¿cómo sospechar que la mosca acaricia entonces una idea terrible, no sólo para ella, sino taml) ién para tí infeliz que le ha tocado en suerte disfrutarla. Si La mosca piensa suicidarse, y j. ara cumplir hasta su ultima hora la ley que le obliga á fastidiarnos, quiere morir matando, ó poco menos. Por eso va y viene de un lado para otro, más nerviosa que nunca, v sus zumbidos son verdaderamente furiosos... Sin descubrir estes propósitos, va uno acabando los diferentes platos que le pide su apetito, que no suelen ser excesivos porque en verano faltan las ganas de comer. Y llegada la hora del postre, se entera de que hay arroz con leche, por ejemplo, v lo pide en seguida, muy contento por haber cnco ntrado algo que le gusta de veras y que se pasa sin sentir... lii fuese conocido el lenguaje de las moscas, en tal momento quedaría enterado de que la suva se ha puesto mucho más alegre... ¡También ella há encontrado lo que buscaba! ¡Arroz con leche... ¡Va á tener una muerte dulce! i Va á morir matando, como se lo proponía... 1 Efectivamente. Cuando uno se dispone á atacar el agradable plato, en la primera cucharada... ¡zas! aparece la mosca, que se ha arrojado con violencia desde la mayor altura, y patalea en el estertor de la agonía... ¿Quién es el mortal que sigue adelante... Aunque tire, aquella cucnarada; aunaue separa con cuidado toda la zona que supone contaminada; aunque pida otro plato y otra cucharilla, el recuerdo de la mosca le perseguirá con insistencia tal, que llegará á verladentro de la nueva cucharada, pataleando, con las ansias de la muerte... Total: que hay que renunciar al arroz con leche... La mosca ha realizado su idea. Se ha suicidado y le amargó á uno la cena, envenenándole el único momento de satisfacción que se le preparaba... ¿No es verdad que el que más y el que menos ha podido comprobar la exactitud de esc relato... Kn el plato que se va á comer con más gusto, en el vaso c ue se va á vaciar con más íatisfacción, ¡zas! la mosca suicida... ¡Parece que siempre hay una preparada, y en espera del momento propició para darnos ese di. sgusto! ¡Y menos mal cuando se trata de una mosca... Porque yo recuerdo haber leído con espanto, no hace muchos años, la bromita que les colocó cierto desventurado á unos amigos suyos un martes de Carnaval. El hombre se presentó en la casa con propósito de hacerles una visita, y en un descuido abrió el balcón y se arrojó á la calle, estrellándose. Al leer el suceso, como siempre que lo he recordado, mi primer pensamiento fué para los amigos del suicida... ¡Seguramente tendrán delante de sus ojos la terrible escena, sobre todo, en los martes de CaVnaval í Hay también sujetos que se complacen en colocarnos todos sus dolores, ó sus miserias, ó sus conflictos, y escogen para esa colocación el momento en que estamos más alegres... Igualmente el pauperismo callejero busca el instante en que va uno á tomar algo para exhibir sus lacras y sus lamentaciones... Siempre que me toca sufrir á los unos ó á los otros, me acuerdo de la mosca suicida. GIL P A R R A D O Dibujo de Medina Ver