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paña, rindiendo el tributo de sus talentos en aras de la patria española, laborando incansables por su engrandecimiento, cuando, ciertamente, no soplaban para ella vientos muy propicios, y en tan difícil empresa ayudábanlos, con el prestigio de sus nombres esclarecidos, con el atractivo de su soberana belleza y con el encanto de su trato exquisito, las linajudas damas que con ellos compartían sus amores y sus desvelos. L a d y Mac- Kleod, gran amiga de España, supo rearse hondas simpatías entre la alta colonia es añola de Tánger, y cuando esta hermosa prince: a estableció su residencia en Madrid, lo más gralado de la aristocracia madrileña apresuróse á larle la bienvenida, resellando antiguas amistades creando firmes amistades nuevas. L a d y Mac- Kleod había viajado mucho. Con su sposo recorrió las luminosas tierras del Sol Na- iente; de Tokio había pasado á Constantinopla; le la vieja Bizancio, recamada de perlas y de filigranas, saltó á El Cairo, y de la ciudad de los ciegos trasladóse á Tánger, la Perra, según el despectivo remoquete muslim, que manifiesta el disgusto con que los viejos creyentes ven la rápida transformación de la ingente ciudad morisca en revuelta Babel cristiana. ¡Tánger, la P e r r a i H u m Y la convulsa mano fanática acaricia el puño de ébano de la cincelada gumía de plata, segadora de gorjas nazarenas... Gratísima había sido para sus excelencias su estancia en la empinada ciudad marroquí, y, como tributo á tan amables recuerdos, lady Mac- Kleod ofreció obsequiar á sus amistades de la corte con un té completamente moruno, siquiera procediese la aromática planta: el cha, de chinos y portugueses; el acháir de los árabes, de la libre ciudad de Hamburgo, república de todas las latitudes. Esperábase con ansiedad el ofrecido refrigerio; entre unos, por conocido; entre otros, por ignor a d o cuya presencia despertaría ensueños de amor, visiones de harén, rumores de trovas, ecos de batallas, en los jóvenes corazones románticos... y evocaría, para saborearlos en las dulzuras de la paz, amargos recuerdos de incertidumbres, de angustias y de sonrojos, más de ira que de vergüenza, en aquellos que, en dolorosos momentos para la patria, habían paladeado, lejos de ella, la aromática infusión con que se les brindaba nuevamente. Venga ese té, adorable princesa Chakhotiuc; venga ese té, ahora c ue España muestra cicatrizadas sus heridas; ahora que no ha de venir á amargárnoslo la agencia Reuter, con sus telegramas, anunciando un nuevo triunfo de los yanquis. ¡Oh, Tánger, la Perra, ciudad de los suspiros... EÍ amplio salón árabe de la Embajada, tapizado con viejos tapetes de Rabat, adornado con bordados tapices de F iz, con cueros de Tafilete, con pintarrajeados espejos y armas incrustadas de pedrería... y de lacre, con loza de Alcázar, con mesitas de cedro maqueadas de nácar y de marfil, esperaba ya, perfumado con finísimas esencias quemadas en pebeteros de plata, á los invitados al exótico agasajo; y unos tras otros fueron invadiendo la cámara y ensalzando el buen gusto y la riqueza con que había sido alhajada por la embajadora. Sirvióse el té, aromatizado con brotes de sándalo y flores de azahar, azucarado fuertemente, en minúsculos vasitos de fino cristal esmaltado, y con él, en repujadas bandejas de plata, sobre ataifores de ébano, frutas serondes de Wazán, electuarios de flores de naranjo y de hojas de rosa de las fértiles huertas tetauníes; berenjenas en almíbar, con picante sabor á clavo, y pastelillos de zumo de naranja... manjares todos muy típicos; pero no ciertamente muy del agrado de todos los aladares, aunque por cortesía y hasta por agradecimiento fueran todos ponderados y puestos por las nubes. Como llevada en pinganitos, recayó la conversación sobre los extraños guisos, condumios y jaropes del pueblo marroquí, hablándose del almaizar, que no es, precisamente, E l albaízar que le labres ni la manga c ue le bordes... sino un comistrajo de habas remojadas; del plato nacional: el famoso alcuzcuz, con su horrenda mezcolanza de harina, pollo, cebolla y canela; de los dulces de linaza, de la leche agria; la panacea de aquellas gentes: el alcoel, semejante al caracosmos ruso, del cual nos libre Dios y no nos lo niegue en casos de extremado a p u r o pues si el alcoel, que los árabes llaman al- lebén, es, sencillamente, leche mazada, de vaca, agradabilísima al paladar y cara al estómago y á la salud, el caracosmos es el propio lácteo jugo, fermentado... pero i de j egua... ó los diccionarios mienten. De este galimatías de comistrajos y bebistrajos tan variado 3 tan extenso, pasóse á los carneros con miel y á los cerdos rellenos, de las antiguas m i n u t a s de esto, á las aletas de tiburón, á los nidos de salangana y á las manos de oso de la Pomerania, de los modernos... y de u n salto, y volviendo á anudar el hilo, co el estómago ya emborrado, cayóse en el régimen alimenticio de los infortunados presos moros, sujetos á pan y agua... no muy pura ésta, no muy sobrado aquél. ¡Dios mío! -exclamó una linda marquesita al llegar á este punto. ¿Pero eso es posible... ¡Y tan posible, amiga mía! -contestó un joven duque, seis veces grande, conocedor experto de las tierras moghrebínas. -Pan y agua, y no á discreción, ciertamente... El pobre moro preso come lo que le lleva su familia, si la tiene y le lleva algo; sí no, un pan negro y el líquido de la tinaja constituyen todo su alimento ¿Y resisten... ¿Y viven... -Viven y resisten: y lo que aún es peor: reinciden en sus delitos á los primeros besos del sol de libertad que desentumece sus miembros depauperados... ¡Qi ié h o r r o r! ¡A pan y agua... ¿Cuántos anacoretas no han resistido años y años este régimen? -Si, es cierto; perc contaban, además de con la gracia, Con el compango de la fe, del arrepentimiento, de la esperanza... -P u e s aún podría empeorarse la situación- -exclamó lady Mac- Kleod- -reduciendo la dieta á una substancia sola... ¿P a n sólo, ó sólo agua -Algo parecido... Yo recuerdo una antigua conseja que siendo yo muy niña, en Odessa, me refería una anciana sierva de mi casa, oriunda de las altas montañas del Cáucaso. Decíame la vieja creyente ciue allá en los tiempos del rey David hubo un hombre que, por mero capricho, trató de averiguar experimentalmente cuánto tiempo tardaría una hormiga en consumir un grano de trigo. Tomó, pues, uno de estos insectos y encerrólo