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r FILOSOFÍA BARATA EL VERANEO p STE problema del veraneo conviene resolverle antes de que se eche encima el invierno, porque si no, su resolución será una resolución simplemente empírica. En él, como en todo problema serio, cabe formula r una porción de preguntas: ¿Por qué se veranea? ¿para qué se veranea? ¿cuándo se veranea? ¿cómo se veranea? ¿dónde se veranea? ...Claro es que todas estas preguntas se formulan para dejarlas sin contestación, pues dicho se está que si diésemos á cada una de ellas una respuesta definitiva y categórica, se había acabado el problema. Sin emí arg o, hay una de ellas que permite ciertas firmezas al contestar: ¿Cómo se veranea... Generalmente, con dinero prestado por un amigo, ó anticipado sobre las pagas del invierno; ay! el que las tenga. Muy en su lugar estaría también aquí una disquisición sobre el origen del veraneo. ¿Desde cuándo se veranea... Pero para contestar á esta pregunta tendríamos que ir á Grecia ó quizá más lejos, y correríamos el peligro de no volver á tiempo de aprovechar la baja de trenes con que en esta época nos obsequian las grandes Compañías. El veraneo se divide- -á más de en objetivo y subjetivo, que es en lo que se dividen todas las cosas humanas según nos enseñaron en la clase de Lógica- -en campestre, marítimo, minero- medicinal y ciudadano; el campestre tiene el inconveniente de la insolación; el marítimo, el de la humedad; el de balneario tiene la contra de las cuentas del hotel, suelen ser tan elevadas como la temperatura de os respectivos manantiales, y el ciudadano, es senciíj- amente insoportable, sobre todo, si os decidís á veranear en una de esas viejas ciudades del centro de Castilla, que son una página viva de la Historia: en ellas, aparte del aburrimiento, que es endémico, os encontraréis con que el Ayuntamiento, preocupado tan sólo de mantener las tradiciones locales, vive en pleno delirio medioévico. manteniendo un alcantarillado de la edad heroica, que es un atentado á la edad presente. ¡Oh, el encanto de 1 as viejas ciudades evocadoras! Para tres días y de paso, son un poema: para una temporada son un presidio. Entonces me diréis, ¿cuáles son las ventajas del veraneo... No puede concretarse en palabras lo que el entendimiento concibe acerca de esto: es algo inmaterial, alado, espiritual. El veraneo tiene sus ventajas, ¡vaya si las tiene! Procedamos por vía de ejemplo: tengo yo un amigo que desde hace seis é siete años ha decidido no pasar en Madrid ni un sol verano; en chanto llega el mes de Julio hace su; maletas, mete en ellas los libros favoritos y las corbatas predilectas, y sale por la estación del Norte bien arrellanado en una butaca del rápido de Irúii de las 8,45. ¿Adonde va mi amigo... En los primeros días ¿quién sabe do vaf Pero como su amistad es sincera, no se hace esperar mucho una carta, en la que relata sus confidencias... Chico, estoy encantado: me he convencido deque para veranear no hay nada como el campo. El año pasado fui un buey pasándome el verano en ese odioso San Sebastián, viendo siempre las mismas caras que en Madrid, tropezando á la vuelta de cada esquina coi los mismos acreedores. ¡Uf, qué asco! Este año esto en la gloria: Sólo con la Naturaleza y con las obra; completas de Pí y Margall... Pero al año siguiente mi amigo cambiaba de parecer, y su carta decía: Me he convencido de que para veranear no haj uada como un establecimiento termal. El año pasado fui un buitre pasándome el verano pe-