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WLmi EniEí (smn K PAGINAS FEMENINAS CRÓNICA DE PARÍS MIÉRCOLES) 6 DE AGOSTO T erminada la gran saison parisienne, parecía lógico pensar que las señoras reclamarían el descanso á que todo ser viviente tiene derecho, prescindiendo de las exigencias de la moda. Si algunas personas razonables aprovechan su estancia en el campo para gozar de la Naturaleza sin ningún género de preocupaciones, otras, en cambio, se trasladan de París á cualquier balneario ó playa elegante con el solo objeto de seguir luciendo toilettes. Los telegramas de Vichy, Trouville, Aix, etc. nos cuentan que los hoteles no tienen un solo cuarto disponible, y que las comidas, conciertos y fiestas de todo género son verdaderos torneos de elegancia. i Pobres! A las molestias del tratamiento presCiipto por el médico, unen los fastidios de la vestimenta. Y, sin embargo, si se las observa detenidamente, pronto se adquiere la certidumbre de que no deben de ser calificadas de víctimas, puesto que se visten por su propio gusto y libre voluntad. Si se viesen forzadas á renunciar á la toilette constante, se aburrirían y casi serían desgraciadas. El placer de elegir vestidos y sombreros en profusión no tiene comparación con la satisfacción de lucirlos entre una multitud que sabe admirar y distinguir lo verdaderamente elegante entre lo raro ó vulgar. P a r a estas personas no hay descanso en todo el año, y con ellas van siempre innumerables baúles y cajas donde transportar las creaciones de las grandes casas, con las cuales podrán darse el gusto de brillar. Gracias á lo reducido de los vestidos encuentra compensación lo voluminoso de los sombreros. En una sombrerera pueden colocarse perfectamente un par de vestidos debajo de cada sombrero. Las mujeres prácticas consagran las horas de la mañana al cuidado de su salud, al correo, á la lectura y, sobre todo, á oxigenarse bajo los árboles, dejando volar la imaginación, que es uno de los encantos que procura el campo. P a r a esto basta con un vestido de toile ó de franela, cuanto más sencillo, mejor, y un sombrero grande que quite el sol y cuyo adorno se reduzca á un lazo de terciopelo n e g r o zapatos de tacón bajo, blancos ó color de c u e r o gran sombrilla normanda, hecha con volantes de encaje gordo, super uesto de modo que queden cubiertas las ocho puntas de que consta la armadura. E s un accesorio al alcance de todas las fortunas, pues con una a r m a d u r a antigua y un poco de habilidad se puede hacer la sombrilla de moda. P a r a almorzar es sumamente agradable ponerse un vestido fresco y sencillo, cuando la intimidad lo permite. D e muselina ó de batista, estampada como las telas de Jouy, con un gracioso fichú cruzado é incrustado de encaje. Los estilos Imperio y 1830, de línea recta, que permiten una completa libertad de movimientos, sirven de inspiración á la mayoría de estas robes d interieur, tan bonitas y á propósito para las siIhonettes esbeltas y flexibles. E n los balnearios ó playas donde la temperauíra sea demasiado fresca, conviene tener siemi re á mano un gabán largo y amplio de toile de Jouy, para echárselo sobre los hombros cada vez que se salga al jardín ó que se establezca corriente dentro de las habitaciones. I a moda, generalmente caprichosa y tiránica, tiene este año previsiones casi maternales, obligándonos á llevar con todo género de toilettes su correspondiente abrigo. Esto, sobre ser bonito, es lógico, dada la excesiva transparencia de nuestros vestidos y los cambios anormales de temperatura que padecemos este verano. L A CONDESA D ARMONVILLE. HABLEMOS DE FLORES P ste es un asunto que siempre parece nuevo, por lo mucho que interesa. P a r a nosotras, creo yo que n o hay nada tan grato como ver la casa bonita y llena de flores. P e r o el encanto mayor consiste en cultivarlas, y si esto no fuese posible, al menos cuidarlas, procurando alargar su vida y conservar su aroma. P a r a que las flores cortadas no se marchiten, conviene llenar el cacharro donde se coloquen con agua de amoníaco preparada de antemano en una proporción de cinco gramos de sales por litro de agua. Las flores sumergidas en esta preparación durarán lo menos quince días. Cuando hayan empezado á marchitarse, se las devuelve su frescura natural metiendo la tercera parte de sus tallos en agua hirviendo. A medida que el agua se va enfriando, las flores se enderezan, y cuando hayan recobrado su primitivo aspecto, se corta la parte de tallo sumergida en el agua caliente y se colocan en otra muy fresca. O t r a cosa no menos interesante es el siguientc procedimiento para conservar las rosas indefinidamente. E s preciso escoger capullos próximos á abrirse, pero no abiertos, y con un tallo lo má. largo posible. Antes se habrá hecho aricar sal común en una cacerola nueva, puesta á fuego lento hasta que se convierta en polvo muy fino y seco; después se cubren con ella los capullos, colocados en una caja que cierre herméticamente. Cuandc llegue el invierno y no sea posible encontrar rosas, bastará para obtener una que parezca recién cortada sae r de la caja un capullo. Su aspecto quitará toda ilusión de conseguir reanimarlo; per hay que tener ánimo y seguir hasta el fin. Se cortun poquito del tallo y se mete en agua fría; á lo pocos minutos empezará á recobrar su color y s convertirá en una rosa espléndida y llena de frr gancia, que admirará á cuantos la hubieran visl poco antes envuelta en sal, seca y descolorida. 3 4 5 6 7 8-